Contrato de Rebeldia

9

Había pasado el resto de la tarde en un estado de entumecimiento mental. El peso de los documentos firmados en la oficina del abogado todavía se sentía real en mis manos, aunque los hubiera dejado bajo llave en mi escritorio. Decidí quedarme un par de horas más en la empresa; el silencio de las oficinas vacías siempre me había ayudado a pensar, pero esa noche, el silencio era mi enemigo. Cada sombra en el pasillo parecía el fantasma de Marcus recordándome mi nueva responsabilidad.

Cuando finalmente decidí marcharme, el estacionamiento subterráneo estaba casi desierto. Mis pasos resonaban con un eco seco contra el cemento. Estaba a punto de sacar las llaves de mi bolso cuando el rugido metálico de una motocicleta rompió la calma. Una luz cegadora me obligó a cubrirme los ojos por un segundo.

La moto se detuvo a escasos metros de mi coche, bloqueándome el paso. Julián se bajó con movimientos fluidos, quitándose el casco y sacudiendo su cabello oscuro. En la penumbra del estacionamiento, sus ojos parecían dos pozos de petróleo, brillantes y peligrosos.

—Vaya, vaya... la nueva reina del imperio Sosa trabajando hasta tarde —dijo con esa voz arrastrada que siempre parecía llevar una carga de sarcasmo—. ¿Ya empezaste a contar tus millones o estás practicando tu discurso para la junta directiva?

—Julián, no tengo humor para tus juegos —respondí, tratando de mantener la voz firme a pesar de que mi corazón había empezado a latir con fuerza—. Ha sido un día agotador para todos. Si vienes a pelear por el testamento, ve a hablar con el abogado o con tu hermano. Yo no pedí esto.

Él dio un paso hacia mí, invadiendo mi espacio personal con esa confianza que solo los hombres que lo han tenido todo —y lo han rechazado todo— poseen.

—Ahí es donde te equivocas, Elena. Tú eres exactamente con quien tengo que hablar —dijo, deteniéndose a solo unos centímetros. Podía oler el cuero de su chaqueta y el aroma frío de la noche—. Mi hermano es un soldado que sigue órdenes de un muerto. Pero tú... tú eres razonable. O al menos lo eras antes de que el viejo te comprara con un cuarenta por ciento de las acciones.

—A mí nadie me ha comprado, Julián —le espeté, sintiendo que la indignación me devolvía el calor—. Tu padre me dejó eso porque sabía que yo no iba a malgastar el patrimonio de la familia en viajes y caprichos, como otros.

Julián soltó una carcajada amarga y se apoyó contra el capó de mi coche, atrapándome entre su cuerpo y el vehículo.

—Escúchame bien. Ese testamento es una jaula. Mi padre me dejó ese veinte por ciento bajo "supervisión" porque sabía que eso me mantendría atado aquí, humillándome, pidiéndole permiso a Ricardo para respirar. Y lo peor de todo, me quitó el acceso al jet y al barco. Me ha cortado las alas, Elena. Y todo porque quiere que sea un "buen Sosa".

—Quizás sea lo que necesitas —murmuré, aunque mi determinación flaqueaba ante la intensidad de su mirada.

—Lo que necesito es mi libertad —sentenció él, y por un momento la burla desapareció de su rostro, dejando ver una desesperación genuina—. Y tú tienes el poder para dármela. Con tu cuarenta por ciento y mi veinte, tenemos la mayoría absoluta. Podríamos cambiar las cláusulas. Podrías votar para que mi herencia sea liberada sin condiciones. A cambio, yo te daría lo que quisieras. Dinero, apoyo... o simplemente mi ausencia definitiva.

Me quedé mirándolo, procesando su propuesta. Me estaba pidiendo que traicionara la última voluntad de Marcus, el hombre que me había dado una vida, solo para que él pudiera seguir huyendo de sus responsabilidades.

—Me estás pidiendo que mienta —dije con voz queda—. Marcus puso esas condiciones porque quería salvarte de ti mismo, Julián. Quería que volvieras a casa.

—¡Marcus quería un títere! —exclamó él, golpeando el metal del coche con la palma de la mano, lo que me hizo dar un respingo—. Él no me amaba, Elena. Él amaba la idea de lo que yo debería ser. Y ahora tú estás jugando a ser su mano ejecutora.

Se acercó más, bajando la voz hasta convertirla en un susurro peligroso y seductor.

—Piénsalo. Si me ayudas a liberar mi parte, me iré y no tendrás que volver a lidiar conmigo. No habrá más tensiones en la oficina, no habrá más coqueteos incómodos, no habrá más "oveja negra". Serás libre de gobernar con Ricardo sin que yo estorbe. ¿No es eso lo que quieres? ¿Mantener el orden perfecto de los Sosa?

Lo miré fijamente, sintiendo la tentación de la paz que me ofrecía, pero la imagen de Marcus en la cena, llamándome "hija", se interpuso entre nosotros.

—No lo voy a hacer —respondí con una claridad que me sorprendió a mí misma—. No voy a traicionar la confianza de un hombre que me dio un lugar en el mundo cuando no tenía nada. Si quieres ese veinte por ciento, tendrás que ganártelo, Julián. Tendrás que trabajar, tendrás que quedarte y tendrás que demostrar que eres digno de llevar ese apellido.

Julián se separó bruscamente, como si mis palabras lo hubieran quemado. Sus ojos se oscurecieron aún más, y una sonrisa fría y calculadora se dibujó en sus labios.

—Vaya... así que la secretaria perfecta tiene espina dorsal. Me gusta —dijo, recuperando su tono burlón pero con una nota de amenaza—. Pero te advierto una cosa, Elena. Mi padre te puso en medio de este fuego pensando que serías el agua que lo apagaría. Pero lo único que vas a lograr es quemarte conmigo.

Se puso el casco y subió a su moto con una agilidad felina. Antes de arrancar, se giró hacia mí una última vez.

—Disfruta de tu trono mientras puedas, jefa. Porque a partir de mañana, voy a hacer que cada minuto en esa oficina sea un infierno para ti. Y tarde o temprano, vendrás a rogarme que firme lo que sea con tal de que desaparezca.

El rugido del motor inundó el estacionamiento y Julián salió disparado hacia la salida, dejando un rastro de humo y una sensación de vacío en mi estómago. Me quedé allí, apoyada en mi coche, temblando ligeramente. Sabía que esto era solo el comienzo. Julián no se rendiría, y yo acababa de declararle la guerra al hombre más peligroso y fascinante que había conocido en mi vida.




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