El primer día de la "Nueva Era Sosa" comenzó con un nudo en mi estómago que ni el café más cargado pudo deshacer. Me puse mi traje más profesional, un conjunto de chaqueta y falda lápiz en color azul cobalto que gritaba autoridad, y me aseguré de que mi cabello estuviera perfectamente recogido. Sabía que hoy cada par de ojos en el edificio estaría puesto en mí, analizando si la "secretaria suertuda" era capaz de sostener el peso del cuarenta por ciento de las acciones.
Llegué a la oficina a las siete de la mañana, como siempre. Ricardo ya estaba allí, encerrado en su despacho, probablemente revisando balances para evitar pensar en el vacío que había dejado su padre. Le envié un mensaje corto de apoyo, pero no quise interrumpirlo. Mi verdadera batalla no estaba en la presidencia, sino en el cubículo que se le había asignado a la oveja negra de la familia.
A las nueve, la oficina estaba en plena ebullición. El murmullo de las conversaciones se detuvo en seco cuando las puertas del ascensor se abrieron. No necesité mirar para saber quién era. El aroma de la rebelión y un perfume amaderado muy costoso inundaron el pasillo.
Julián Sosa entró caminando como si fuera el dueño del edificio, a pesar de que técnicamente, yo tenía tanto poder como él. No llevaba traje. Vestía unos jeans oscuros de marca, una camiseta negra que se ajustaba a su pecho y su inseparable chaqueta de cuero al hombro. Parecía un modelo de pasarela que se había equivocado de dirección, y todas las empleadas —incluyendo a mi querida Sofía— se quedaron estáticas, viéndolo pasar con una mezcla de fascinación y miedo.
—Buenos días, jefa —dijo al llegar a mi escritorio, con una sonrisa perezosa que no llegaba a sus ojos—. Espero que mi oficina tenga buenas vistas, porque no pienso pasar mucho tiempo encerrado.
Me levanté con calma, sosteniendo su mirada desafiante. —Llegas una hora tarde, Julián. Y el código de vestimenta de esta empresa exige traje y corbata para los miembros de la junta.
Él soltó una carcajada que atrajo aún más atención. Se inclinó sobre mi escritorio, invadiendo mi espacio con esa confianza irritante que lo caracterizaba. —El testamento decía que debía integrarme al trabajo, no que debía disfrazarme de pingüino como mi hermano. Si quieres que me quede aquí sentado, será bajo mis propias reglas. ¿O vas a llamar a seguridad para echar al dueño del veinte por ciento de la empresa?
—No —respondí, bajando la voz para que solo él pudiera escucharme—, pero puedo informar a la junta que no estás cumpliendo con los términos de "supervisión". Y sabes lo que eso significa para tu herencia.
Su sonrisa flaqueó por un segundo, reemplazada por un destello de furia contenida. —Eres buena, Elena. Muy buena. Pero vamos a ver cuánto dura esa rectitud cuando las cosas se pongan difíciles.
Lo guié hacia su nuevo despacho, una oficina amplia pero que, por órdenes de Ricardo, estaba situada justo al lado de la mía para que yo pudiera "vigilarlo". En cuanto entramos, Julián lanzó su chaqueta sobre el sofá de cuero y se dejó caer en la silla presidencial, subiendo los pies sobre el escritorio de caoba.
—Bien, aquí estoy. ¿Cuál es mi primera tarea? ¿Contar clips? ¿Llevarte el café? —preguntó con sarcasmo.
—Tu primera tarea es revisar los contratos de la constructora que tu padre dejó pendientes. Son más de trescientas páginas. Necesito un informe detallado para la reunión de las dos de tarde —le dije, dejando caer una pesada carpeta sobre sus piernas.
Él miró la carpeta como si fuera un bicho asqueroso. —¿Y si me niego?
—Entonces yo entraré a esa reunión y diré que el señor Julián Sosa no tiene interés en el legado de su familia. Y créeme, los accionistas estarán encantados de quedarse con tu parte para obras benéficas.
Julián se quedó en silencio, mirándome con una intensidad que me hizo removerme incómoda. Por un momento, el juego de poder desapareció y solo quedamos nosotros dos, atrapados en una habitación que se sentía demasiado pequeña.
—¿Por qué lo haces, Elena? —preguntó de repente, con una voz desprovista de burla—. Podrías haberme dado la mano anoche. Podrías haber sido mi aliada. ¿Tan poco te importo que prefieres tenerme aquí como un prisionero?
—No eres un prisionero, Julián. Eres un hombre que huye de todo lo que vale la pena. Tu padre me dio este poder para que te obligara a ver lo que eres capaz de hacer. Y no voy a fallarle.
Me di la vuelta para salir, pero antes de llegar a la puerta, escuché su voz de nuevo. —Sabes que esto no va a terminar bien, ¿verdad? Estás intentando domar a un lobo poniéndole una corbata. Tarde o temprano, alguien va a salir herido. Y por la forma en que me miras, sospecho que no seré yo.
Cerré la puerta tras de mí, con el corazón martilleando contra mis costillas. Fui directo al baño y me mojé la cara con agua fría. Mis manos temblaban. Julián tenía razón en algo: esto era una guerra, y aunque yo tuviera las acciones y la ley de mi lado, él tenía un arma mucho más peligrosa: la capacidad de hacerme dudar de todo lo que creía saber sobre el deber y el deseo.
Salí del baño y me encontré con Sofía, que me esperaba con una expresión de pánico y emoción. —Elena... ¿qué acaba de pasar? El hermano de Ricardo es... es... —no encontraba las palabras.
—Es un problema, Sofía. Un problema muy grande que tengo que resolver.
El resto de la mañana fue un campo de minas. Julián no se quedó en su oficina. Salía cada veinte minutos para coquetear con las secretarias, pedir cafés ridículamente complicados o simplemente para pararse en la puerta de mi despacho y observarme trabajar en silencio, solo para ponerme nerviosa.
A mediodía, cuando pensaba que nada podía ir a peor, Ricardo salió de su oficina. Se detuvo frente al despacho de Julián, lo vio con los pies sobre la mesa y luego me miró a mí. —¿Cómo va el informe, Elena? —preguntó Ricardo con voz gélida.
Antes de que yo pudiera responder, Julián habló desde adentro. —Va de maravilla, hermanito. Tu secretaria es una capataz excelente. Creo que me estoy enamorando de su látigo.