En cuanto la pesada puerta de roble del despacho de Ricardo se cerró tras de nosotros, el silencio que quedó no fue de paz, sino de una tensión que vibraba en el aire. Ricardo no se sentó en su imponente silla de cuero. En su lugar, empezó a caminar de un lado a otro frente al gran ventanal, con las manos entrelazadas con fuerza tras la espalda. Parecía un león enjaulado, y yo sabía que el rugido no tardaría en llegar.
—Esto es un desastre, Elena. Una absoluta catástrofe —estalló finalmente, girándose hacia mí. Su rostro, habitualmente sereno y controlado, estaba marcado por una vena que latía con fuerza en su sien—. ¿Lo has visto? Entra aquí como si esto fuera un club de vacaciones. Sin traje, sin respeto, burlándose de ti, de mí y de la memoria de nuestro padre en la cara de todos los empleados. ¡Es una falta de profesionalidad que no pienso tolerar!
Me quedé de pie, cerca de la puerta, manteniendo la calma que él había perdido.
—Es Julián, Ricardo. No esperábamos que llegara con un maletín y una sonrisa de empleado del mes —respondí suavemente—. Sabíamos que el primer día sería difícil. Él está probando nuestros límites, quiere ver quién de los dos cede primero.
—¡Va a arruinarlo todo! —exclamó él, golpeando suavemente la superficie de su escritorio—. La presencia de Julián en este edificio es un mensaje de inestabilidad para los accionistas. Si ven a la "oveja negra" paseándose por los pasillos con esa actitud, pensarán que el legado de Marcus se está desmoronando. No entiendo... de verdad que no entiendo por qué mi padre tomó esta decisión. ¿Por qué darle una oportunidad a alguien que desprecia todo lo que construimos?
Me acerqué un poco más a su escritorio. Yo también me hacía esa pregunta, pero conocía a Marcus mejor que casi nadie. Él no hacía nada sin un propósito mayor.
—Marcus creía en la redención, Ricardo. O quizás simplemente no quería morir sintiendo que había fallado con uno de sus hijos. Le dio esta oportunidad porque, a pesar de todo, Julián lleva su sangre. Y me dio a mí las acciones para asegurar que Julián no destruyera la empresa en el proceso. Soy el freno de emergencia, y tú eres el motor.
Ricardo se dejó caer en su silla, exhalando un suspiro que pareció vaciarlo por completo. Se frotó la cara con las manos, ocultando su frustración tras sus dedos.
—Sé que tienes razón, pero tenerlo ahí al lado, escuchando sus bromas pesadas... es superior a mis fuerzas. Siento que en cualquier momento voy a perder los estribos y le voy a dar lo que busca: una pelea que termine en los tabloides.
Ambos nos quedamos en silencio por un momento largo. El único sonido era el tic-tac de un reloj antiguo que Marcus tenía en una de las estanterías. Me quedé mirando las carpetas que aún estaban sobre la mesa de juntas pequeña del despacho. Entonces, algo hizo clic en mi mente. Marcus era un hombre de sistemas, de planes de contingencia. Jamás habría dejado algo tan abierto como "que se integre al trabajo" sin definir el cómo y el cuándo.
—Tengo una idea —dijo Ricardo de repente, rompiendo el silencio. Se enderezó en su asiento, con los ojos brillando con una chispa de inteligencia—. Mi padre dejó una lista de requerimientos muy específicos en el anexo del testamento. No puede ser solo que se siente en una oficina y espere a que pase el tiempo para cobrar. Debe haber una fecha límite, un cronograma. Papá era extremadamente organizado con eso, rayando en lo obsesivo.
Me crucé de brazos, procesando su sugerencia. Tenía sentido. Marcus Sosa no dejaba nada al azar.
—Tienes razón. El documento principal que leyó el abogado mencionaba un "anexo de cumplimiento" que solo los albaceas y los accionistas mayoritarios —nosotros dos— podíamos consultar en detalle.
—Búscalo, Elena. Por favor —me pidió Ricardo con una urgencia casi desesperada—. Busquemos en ese documento qué es lo que realmente esperaba mi padre de él. Necesitamos saber cuánto tiempo tenemos que soportar esta situación y cuáles son los objetivos reales que Julián debe alcanzar para que su herencia se haga efectiva... o para que podamos dar por terminada esta farsa si falla.
—Lo haré ahora mismo —asentí, sintiendo una mezcla de alivio y renovada preocupación.
Salí del despacho de Ricardo sintiendo su mirada de esperanza puesta en mí. Al volver a mi área, pasé frente a la oficina de Julián. A través del cristal, lo vi. Ya no tenía los pies sobre la mesa. Estaba hojeando la carpeta de contratos que le había dado, pero su mirada estaba perdida, fija en un punto inexistente. Por un segundo, ya no parecía el hombre arrogante y cínico que se burlaba de todo. Parecía... cansado. Atrapado.
Sacudí la cabeza para alejar esos pensamientos. No podía permitirme sentir lástima por él, no cuando tenía la responsabilidad de proteger el imperio Sosa.
Entré en mi despacho y cerré la puerta con llave. Fui directo a mi caja fuerte personal y saqué la copia certificada del testamento y sus anexos que el abogado me había entregado esa misma mañana. Mis dedos recorrieron las hojas de papel bond de alto gramaje hasta llegar a la sección sellada que decía: “Protocolo de Integración y Evaluación: Julián Sosa”.
Empecé a leer, y lo que encontré me hizo contener el aliento. Marcus no solo quería que Julián trabajara. Había diseñado una serie de hitos empresariales que Julián debía liderar, proyectos de alto riesgo que requerían una disciplina que él no poseía. Pero lo más impactante no era el trabajo.
Al final de la página, en negrita y con la firma manuscrita de Marcus al lado, había una cláusula que no se había mencionado en la lectura pública:
"Dado que la disciplina de Julián es volátil, su progreso será evaluado mensualmente por Elena. Si al cabo de seis meses Julián no ha logrado los objetivos o demuestra falta de compromiso, su porcentaje será revocado. Sin embargo, para asegurar su arraigo, se sugiere que ambos convivan en un entorno que fomente la responsabilidad familiar..."