Todavía no había terminado de procesar la última línea del anexo cuando la puerta de mi despacho se abrió sin previo aviso. No fue un golpe suave, fue la entrada de alguien que se siente dueño del aire que respira. Julián entró antes de que pudiera cerrar la carpeta, con esa sonrisa ladeada que ahora me parecía una señal de peligro inminente.
—Sabes, Elena, para ser una mujer tan inteligente, eres pésima ocultando cosas —dijo, cerrando la puerta tras de sí con un clic sonoro que me hizo saltar en el asiento.
—Julián, sal de aquí. Estoy revisando documentos confidenciales —intenté decir, cubriendo los papeles con mis manos, pero fue tarde.
En dos zancadas, él estuvo frente a mi escritorio. Con una agilidad que me dejó sin habla, puso una mano sobre la mía y, con la otra, giró el documento hacia él. Sus ojos recorrieron las líneas con una velocidad asombrosa. Vi cómo su mandíbula se tensaba y luego, para mi sorpresa, soltó una carcajada seca y carente de humor.
—"Estabilidad emocional y pública"... "Demostrar compromiso con los valores familiares"... —leyó en voz alta, su voz cargada de veneno—. Vaya, el viejo Marcus sí que sabía cómo apretar el cuello. Pero mira esto, Elena. Aquí está la joya de la corona.
Señaló una cláusula pequeña al final de la página que yo apenas estaba empezando a asimilar.
—"Se requiere que el heredero demuestre estabilidad sentimental mediante una relación formal y pública, para asegurar que su estilo de vida errante ha terminado". —Julián me miró fijamente, y por primera vez, no vi burla, sino una chispa de astucia pura—. Mi padre no quería que trabajara, Elena. Quería domesticarme. Quiere que me case o que, al menos, actúe como un hombre decente y "comprometido".
—Es una locura, Julián. Nadie puede obligarte a tener una relación —dije, tratando de arrebatarle el papel, pero él lo mantuvo fuera de mi alcance.
—Nadie puede obligarme, es cierto. Pero si no lo hago, pierdo mi veinte por ciento. Y tú, mi querida socia, pierdes la oportunidad de que yo me largue de aquí en seis meses. Porque si fallo, me quedaré merodeando, haciendo tu vida imposible y peleando en los tribunales por años.
Me puse de pie, sintiendo que las paredes de la oficina se cerraban sobre mí. —¿Qué es lo que estás sugiriendo?
Julián rodeó el escritorio lentamente, como un depredador acorralando a su presa. Se detuvo a centímetros de mí, apoyándose en la mesa.
—Tú no quieres que yo esté aquí. Ricardo me odia. Los accionistas están aterrados. Pero si yo aparezco con una "prometida" perfecta, una mujer que todos respeten, una mujer que sea el símbolo de la lealtad de esta empresa... la junta me dejará en paz. Mi herencia se liberará por "buena conducta" y yo podré venderte mis acciones a ti o a Ricardo y desaparecer para siempre en mi yate.
—¿Y quién sería esa mujer, Julián? Ninguna mujer con sentido común aceptaría fingir algo así contigo —le espeté con desprecio.
—Tú —respondió él con una gravedad que me dejó helada—. Tú vas a ser mi novia falsa, Elena.
—¡Jamás! —exclamé, sintiendo que el corazón me iba a salir por la boca—. Es una falta de respeto a la memoria de tu padre, a Ricardo y a mí misma. No pienso mentirle a nadie, y mucho menos por ti.
Julián no se inmutó por mi arrebato. En su lugar, se acercó un poco más, bajando la voz a ese tono seductor y peligroso que usaba para manipular.
—Piénsalo bien, Elena. No lo hagas por mí. Hazlo por el imperio que tanto amas proteger. Si aceptas, yo me comprometo a seguir todas tus reglas en la oficina. Iré de traje, llegaré temprano, firmaré cada informe que me pongas delante sin rechistar. Seré el hijo modelo que Ricardo tanto desea que sea. Todo será una fachada perfecta para que la transición sea impecable.
—No es suficiente —negué con la cabeza, aunque una parte de mi mente empresarial empezaba a analizar las ventajas de tener a un Julián controlado.
—Hay algo más —dijo él, y sus ojos se oscurecieron—. Sé que amas a esta familia. Sé que ves a Ricardo como a un hermano... pero también sé que te duele ver cómo se está hundiendo bajo la presión. Si tú eres mi "novia", Ricardo dejará de intentar emparejarte con él o de sentirse culpable por no amarte de la forma en que su padre quería. Le quitarás un peso de encima. Y lo más importante...
Hizo una pausa, mirándome con una intensidad que me hizo estremecer.
—Si aceptas ser mi novia falsa, te daré el control total de mi voto en la junta directiva durante esos seis meses. Tendrás el sesenta por ciento del poder real de la empresa en tus manos. Podrás salvar la compañía de cualquier crisis sin que nadie, ni siquiera mi hermano, pueda oponerte resistencia. Me estarías comprando mi silencio y mi obediencia con una simple mentira.
Me quedé sin respiración. Un sesenta por ciento del poder. Era el sueño de Marcus: que yo tuviera el control absoluto para proteger el legado mientras ellos se estabilizaban. Pero el precio era caminar de la mano con el diablo.
—Es una mentira demasiado grande, Julián. Ricardo se dará cuenta. Isabella se dará cuenta.
—No si somos lo suficientemente buenos. Solo tenemos que fingir en los eventos, frente a la prensa y en las cenas familiares. En privado, nos seguiremos odiando tanto como siempre —dijo, y por un segundo, una sombra de algo desconocido cruzó su mirada—. ¿Qué me dices, Elena? ¿Estás dispuesta a pecar un poco para salvar el paraíso de los Sosa? ¿O vas a dejar que todo se desmorone por tu orgullo de secretaria perfecta?
Extendió su mano hacia mí, esperando. El silencio en la oficina era absoluto. Podía escuchar el latido de mi propio corazón, una advertencia constante de que estaba a punto de cruzar una línea de la que no habría retorno. Si aceptaba, me convertiría en la mujer de Julián Sosa ante los ojos del mundo. Si rechazaba, el caos que Marcus intentó evitar estallaría en nuestras caras.
Miré su mano y luego sus ojos. Sabía que me estaba arrepintiendo incluso antes de hablar, pero la lealtad a Marcus ganó la batalla.