Frente al espejo de mi habitación, el traje sastre gris que había seleccionado anoche parecía burlarse de mí. Era seguro, era profesional y era, sobre todo, predecible. Las palabras de Julián en el estacionamiento resonaron en mi mente como un eco persistente: "Deberías usar más ese vestido verde... te queda mejor". Solté un suspiro largo, sintiéndome irritada por dejar que sus comentarios influyeran en mi juicio, pero al final, dejé el conjunto gris sobre la cama.
Fui al fondo del armario y saqué el vestido verde oscuro. Era una seda pesada que caía con elegancia hasta mis rodillas, con un escote en V que, aunque profesional, resaltaba mi clavícula de una forma que nunca me había atrevido a mostrar en la oficina. Me puse unas medias oscuras, un saco negro de corte moderno para mantener la formalidad y unos tacones de aguja que me hacían sentir un poco más alta, un poco más poderosa. Me solté el cabello, dejando que las ondas enmarcaran mi rostro, y apliqué un labial un tono más intenso que el habitual.
—Solo es un cambio de imagen, Elena. No es por él —me mentí a mí misma mientras cerraba la puerta de mi apartamento.
Cuando llegué al vestíbulo del edificio de los Sosa, el impacto fue inmediato. Podía sentir las miradas de los recepcionistas y del personal de seguridad siguiéndome mientras caminaba hacia los ascensores. El murmullo habitual de la oficina pareció bajar un decibelio cuando crucé el área de secretaría. ¿Tan diferente me veía? ¿Acaso había vivido tanto tiempo bajo el uniforme de la "secretaria perfecta" que mi verdadera imagen resultaba un shock para todos?
Entré en la oficina de Ricardo para realizar mi rutina matutina. Acomodé su correspondencia y verifiqué la temperatura de su café, intentando concentrarme en las tareas de siempre para calmar mis nervios. Estaba terminando de alinear los bolígrafos en su escritorio cuando la puerta se abrió y Ricardo entró, revisando unos papeles.
Se detuvo en seco al levantar la vista. Sus ojos se abrieron de par en par, recorriéndome con una sorpresa genuina que lo dejó mudo por varios segundos.
—Elena... vaya, te ves... wao —balbuceó, dejando caer los papeles sobre la mesa.
Sentí un calor repentino subir por mis mejillas, provocando un ligero sonrojo que odié de inmediato. No estaba acostumbrada a los elogios personales, al menos no de Ricardo, quien siempre me trataba con un respeto casi clínico.
—Espera... ¿tenemos un evento especial hoy? ¿Olvidé alguna gala o reunión con inversionistas extranjeros? —preguntó, revisando frenéticamente su reloj.
—No, Ricardo. No hay ningún evento —respondí, tratando de sonar casual mientras alisaba mi falda—. Solo quise cambiar un poco el estilo. Llevo cinco años con el mismo traje gris y pensé que era hora de una renovación. ¿Me veo mal?
Él negó con la cabeza rápidamente, dando un paso hacia mí. Su expresión se suavizó, volviéndose más íntima.
—Te ves hermosa, Elena. Realmente hermosa. A veces olvido que debajo de toda esa eficiencia hay una mujer tan... —se detuvo, buscando la palabra adecuada, y se acercó un poco más, invadiendo ese espacio que siempre habíamos mantenido sagrado—. Elena, sé que hemos hablado de esto antes, y después de lo que dijo mi padre en la cena... he estado pensando que quizás él tenía razón sobre nosotros. Quizás deberíamos darnos una oportunidad...
En ese preciso instante, antes de que el ambiente se volviera más denso y comprometedor, la puerta de la oficina se abrió de golpe. Un joven repartidor entró cargando un ramo de rosas rojas tan inmenso que apenas se le veía la cara. El aroma a flores frescas inundó la habitación de inmediato, rompiendo la tensión entre Ricardo y yo.
—¿Señora Elena? Tengo cien rosas para usted —anunció el repartidor.
Salí de la oficina de Ricardo, sintiendo su mirada confusa grabada en mi espalda. Firmé la recepción con dedos temblorosos y sostuve el pesado ramo entre mis brazos. Eran perfectas, de un rojo terciopelo casi negro, goteando frescura.
—¿Quién las manda? —pregunté, buscando desesperadamente una tarjeta.
—Alguien anónimo, señorita. Solo dijeron que debían entregarse exactamente a esta hora —respondió el repartidor antes de retirarse.
Ricardo salió tras de mí, con los brazos cruzados y el ceño fruncido. Su actitud protectora había vuelto al instante.
—¿Cien rosas? ¿Quién demonios envía cien rosas un martes por la mañana? —preguntó con una voz cargada de sospecha—. Elena... ¿estás saliendo con alguien? ¿Alguien que no me has contado?
—No, Ricardo. No salgo con nadie —respondí, abriendo la tarjeta que venía escondida entre los pétalos.
En la tarjeta no había un nombre, solo un poema escrito con una caligrafía impecable y elegante: "El verde es el color de la esperanza, pero en ti es el color de la tentación. Gracias por aceptar el desafío".
Cerré la tarjeta de golpe, sintiendo que el corazón me martilleaba en la garganta. Sabía exactamente quién las había enviado.
En ese momento, el timbre metálico del elevador anunció una llegada. Las puertas se abrieron y Julián Sosa salió de él. El mundo pareció detenerse de nuevo. Por primera vez en años, Julián no vestía su chaqueta de cuero ni sus jeans rebeldes. Llevaba un traje de tres piezas hecho a la medida en color gris carbón, una camisa blanca impoluta y una corbata que combinaba perfectamente con la sobriedad del edificio. Se veía impecable, peligroso y devastadoramente guapo.
Caminó hacia nosotros con una seguridad absoluta. Se detuvo frente a nosotros, ignorando la expresión de shock total en el rostro de su hermano.
—Buenos días, hermano —dijo con una voz tranquila—. Encantadora Elena... vaya, ese vestido te queda incluso mejor de lo que imaginé.
Su mirada bajó hacia el ramo de rosas que yo sostenía contra mi pecho. Una sonrisa diminuta y cómplice bailó en sus labios.
—Lindas flores. Parece que tienes un admirador con muy buen gusto —continuó. Antes de que cualquiera de nosotros pudiera reaccionar, se acercó a mí y, en lugar de un saludo formal, me guiñó un ojo con una intimidad que resultó escandalosa frente a todo el personal de la oficina. Luego, se dio la vuelta y entró en su despacho con una elegancia felina.