En cuanto Ricardo entró en su despacho dando un portazo que hizo vibrar los cristales de la secretaría, supe que la situación se me había escapado de las manos. El aroma de las cien rosas sobre mi escritorio era tan dulce que resultaba empalagoso, una burla constante de lo que acababa de suceder. No podía permitir que Julián tomara el control del tablero tan pronto. Si él pensaba que podía usarme como un peón para torturar a su hermano sin consultarme, estaba muy equivocado.
Tomé la tarjeta del poema, la apreté en mi puño y caminé con paso firme hacia el despacho de Julián. No llamé a la puerta. Entré como un vendaval, cerrando con seguro tras de mí.
Julián estaba sentado detrás de su escritorio, pero no estaba trabajando. Estaba recostado, con las manos tras la nuca, observando la puerta con una expresión de absoluta suficiencia, como si hubiera estado cronometrando cuánto tardaría yo en irrumpir.
—¿Qué demonios crees que estás haciendo? —le espeté, lanzando la tarjeta sobre su mesa de caoba.
Julián bajó los brazos con una lentitud exasperante y me miró de arriba abajo, deteniéndose en el escote de mi vestido verde con una intensidad que me hizo arrepentir de habérmelo puesto.
—Buenos días para ti también, "cariño". Veo que el poema surtió efecto. Estás radiante cuando estás furiosa —dijo con esa voz aterciopelada que me ponía los pelos de punta.
—¡No me llames así! —caminé hasta quedar frente a él, golpeando el escritorio con las palmas—. Quedamos en una estrategia de pasos lentos, Julián. Acabas de enviar cien rosas rojas a la oficina del hombre más conservador de esta ciudad y le has guiñado un ojo a su mano derecha frente a todo el personal. ¡Ricardo está a punto de explotar y solo llevamos tres horas de plan!
Julián se levantó de la silla. No lo hizo de forma brusca, sino con esa agilidad felina que lo hacía parecer siempre listo para un ataque. Rodeó el escritorio, obligándome a retroceder hasta que mi espalda chocó contra la pesada puerta de madera por la que acababa de entrar.
—Ricardo no está a punto de explotar por las flores, Elena —dijo, deteniéndose a solo unos centímetros de mi rostro. Podía sentir el calor de su cuerpo y el aroma a menta y tabaco—. Está a punto de explotar porque por primera vez en su vida, alguien le está quitando algo que él creía que le pertenecía por derecho propio: tu atención.
—Yo no le pertenezco a nadie —siseé, tratando de empujarlo, pero sus brazos se apoyaron a ambos lados de mi cabeza, atrapándome contra la madera—. Y mucho menos a ti. Esto es un contrato, Julián. No un juego de celos infantil.
—¿Infantil? —Julián se inclinó más, reduciendo el espacio hasta que nuestras respiraciones se mezclaron. Su mirada bajó a mis labios y luego volvió a mis ojos—. Esto es estrategia pura. Si queremos que Ricardo e Isabella crean que esto es real, tienen que sentir la amenaza. Tienen que ver que la "secretaria perfecta" tiene deseos que su hermano mayor no puede satisfacer. El guiño, las flores, el traje... todo es parte de la transformación de Julián Sosa en el hombre que te robó el corazón.
—Nadie va a creer que me enamoré de un hombre que se comporta como un idiota arrogante —le recordé, aunque mi voz sonaba más débil de lo que pretendía. Su cercanía estaba empezando a nublar mi capacidad de pensar con claridad.
—Oh, Elena... —Julián acercó su rostro al mío, rozando casi mi nariz con la suya. Su mano derecha se desprendió de la puerta y subió lentamente por mi brazo, dejando un rastro de fuego a su paso, hasta que sus dedos se enredaron suavemente en un mechón de mi cabello—. No me subestimes. Las mujeres siempre se enamoran de los hombres que las desafían. Y tú eres la mujer más desafiante que he conocido.
Su mano bajó hasta mi mejilla, y su pulgar acarició mi labio inferior con una delicadeza que me resultó aterradora. Fue en ese momento cuando me di cuenta de que Julián no solo estaba actuando. Había algo en su mirada, una oscuridad hambrienta que no formaba parte del guion que habíamos escrito.
—Para que la mentira funcione —susurró, su rostro a milímetros del mío—, tengo que marcarte. Tengo que hacer que cuando Ricardo te mire, vea mi sombra sobre ti. Tengo que hacer que todo el mundo sepa que eres mía, aunque sea solo en este despacho.
Mi respiración se agitó. El deseo de apartarlo luchaba contra una curiosidad prohibida que me gritaba que me dejara llevar. Sus ojos bajaron de nuevo a mi boca, y por un segundo eterno, estuve segura de que iba a besarme. Su inclinación era obvia, su intención era clara. Cerré los ojos por puro instinto, esperando el contacto que rompería todas mis reglas.
Toc, toc, toc.
El sonido brusco de alguien llamando a la puerta nos separó como si hubiéramos recibido una descarga eléctrica. Me aparté hacia un lado, tratando de alisar mi vestido y recuperar la respiración, mientras Julián se alejaba con una sonrisa de suficiencia, sin mostrar ni un ápice de nerviosismo.
—¡Julián! ¡Elena! Sé que están ahí dentro, ¡abran ahora mismo! —era la voz de Isabella, y sonaba entre emocionada y exigente.
Julián me miró y me guiñó un ojo de nuevo, esta vez con pura malicia. —Arréglate el labial, jefa. Tienes cara de haber estado haciendo algo muy productivo.
Caminó hacia la puerta y le quitó el seguro, abriéndola de par en par. Isabella entró como un torbellino, mirando de uno a otro con ojos de detective.
—¿Qué está pasando aquí? —preguntó Isabella, cruzándose de brazos—. Ricardo está encerrado en su oficina como un ogro, Elena tiene cien rosas rojas en su escritorio y ustedes dos están encerrados con seguro. ¿Acaso me perdí el capítulo donde la oveja negra y la secretaria perfecta se vuelven mejores amigos?
Julián se encogió de hombros, recostándose de nuevo en su escritorio con una naturalidad pasmosa. —Solo estábamos discutiendo... algunos términos de mi "supervisión", hermanita. Elena es muy estricta con las reglas, y yo estaba intentando convencerla de que sea un poco más flexible.