Las dos semanas que siguieron a nuestra cena en aquel local de hamburguesas fueron, por decir lo menos, surrealistas. La dinámica en la oficina de los Sosa dio un giro de ciento ochenta grados, dejando a todos los empleados en un estado de confusión permanente. Yo, que siempre había sido el muro de contención contra los desmanes de Julián, empecé a derribar mis propias defensas, y él, sorprendentemente, empezó a construir algo parecido a una reputación profesional.
Todo comenzó con pequeños detalles. Ya no le enviaba el trabajo con notas cortantes; ahora entraba en su despacho, le explicaba los informes y, a veces, incluso compartíamos un café en silencio mientras él revisaba los balances. Ya no había gritos ni portazos. Había algo mucho más peligroso: complicidad.
Julián cumplió su palabra. Cada mañana, llegaba a las ocho en punto. Sus jeans y chaquetas de cuero fueron reemplazados por trajes de corte italiano que le daban un aire de autoridad que incluso a Ricardo le costaba ignorar. Se cortó un poco el cabello, se afeitaba a diario y, lo más increíble de todo, empezó a participar activamente en las reuniones de la junta directiva. Sus intervenciones eran agudas, directas y demostraban un conocimiento técnico de la maquinaria y la logística que dejaba a los ingenieros más veteranos con la boca abierta.
—Vaya, Julián... no sabía que tenías esa visión sobre la optimización de los motores de carga —le dijo un día el jefe de operaciones tras una reunión especialmente productiva.
—Pasé un tiempo ensuciándome las manos, señor Torres. Se aprende más bajo un camión que sobre un escritorio —respondió Julián, lanzándome una mirada fugaz que solo yo supe descifrar.
El cambio no pasó desapercibido para nadie, y mucho menos para Ricardo. Mi "amabilidad" hacia Julián era el tema de conversación en la cafetería. Ya no lo miraba con fastidio; lo miraba con una mezcla de respeto y una calidez que me costaba ocultar.
—Elena, ¿qué le has hecho a mi hermano? —me preguntó Ricardo una tarde, entrando en mi oficina mientras yo organizaba unas flores que, esta vez, eran sencillas y traídas por mí misma—. Está irreconocible. No solo trabaja, sino que la gente empieza a respetarlo. Y tú... pareces estar de muy buen humor últimamente.
—Solo le estoy dando las herramientas que necesitaba, Ricardo —respondí, tratando de mantener la voz neutral—. Julián tiene talento, solo necesitaba una razón para quedarse y demostrarlo. Tu padre no se equivocaba con él.
Ricardo se apoyó en el marco de la puerta, cruzándose de brazos. Su mirada era analítica, casi dolida. —¿Una razón? ¿O una persona? Los rumores dicen que se van juntos casi todas las tardes. Algunos dicen que los vieron cenando de nuevo. Elena, dime la verdad... ¿está pasando algo entre ustedes que yo deba saber?
Mi corazón dio un vuelco. La fase de sospecha estaba dando sus frutos, pero ver la decepción en los ojos de Ricardo me hacía sentir como una traidora. —Estamos pasando mucho tiempo juntos por el trabajo, Ricardo. La auditoría de logística es inmensa. Es normal que haya cercanía.
Pero la cercanía era real. Fuera de la oficina, nuestra "relación falsa" se estaba volviendo borrosa. Un martes por la noche, después de terminar una jornada agotadora, Julián me llevó a su verdadero mundo. No era una cena, sino su pequeño taller clandestino en las afueras, el que mantenía con sus propias manos.
—Es aquí —dijo, abriendo la pesada persiana metálica.
El lugar olía a metal, aceite y libertad. Había una moto a medio montar en el centro y herramientas organizadas con una precisión quirúrgica. Allí, bajo la luz mortecina de los fluorescentes, Julián no era el accionista del veinte por ciento; era el hombre que me había contado sus cicatrices.
—A veces vengo aquí solo para recordar quién soy —comentó, sentándose en un banco de trabajo—. En la oficina me siento como si estuviera usando un disfraz. Pero cuando estoy aquí... vuelvo a ser el tipo que no tiene que darle explicaciones a nadie.
Me acerqué a él, rodeando la moto. —Te estás convirtiendo en un gran activo para la empresa, Julián. Los accionistas están empezando a confiar en ti. Incluso Isabella dice que mamá está más feliz que nunca porque por fin te siente cerca.
Él levantó la vista y me tomó de la mano. Sus dedos, marcados por el trabajo manual, se entrelazaron con los míos. —Lo hago por el trato, Elena. Pero también lo hago porque... por primera vez en mi vida, alguien me mira como tú lo haces. No me miras como el hijo rebelde o el problema a solucionar. Me miras como si realmente valiera la pena el esfuerzo.
Esa noche, no hubo besos robados ni provocaciones. Solo una conversación larga sobre sus sueños de expandir el taller de forma legal y mi deseo de ver a los Sosa unidos de nuevo.
Al final de la segunda semana, Julián dio el golpe final a su transformación. En una cena familiar en la mansión, frente a la señora Belkis, Isabella y un Ricardo cada vez más silencioso, Julián se comportó como el caballero perfecto. Ayudó a su madre, bromeó con su hermana y, en un momento de la cena, tomó mi mano sobre la mesa y la besó frente a todos.
—Elena ha sido mi mayor apoyo en estos días —dijo él con una sinceridad que me hizo dudar de si seguía actuando—. Sin ella, probablemente ya me habría largado.
El silencio que siguió fue sepulcral. Belkis sonrió con lágrimas en los ojos, Isabella soltó un grito de emoción contenido, y Ricardo... Ricardo simplemente dejó caer su servilleta y se levantó de la mesa sin decir una palabra.
Habíamos logrado lo imposible: Julián Sosa era ahora el hijo pródigo y el hombre que "cortejaba" a la protegida de la familia. Pero mientras lo miraba sonreír a su hermana, me di cuenta de que el juego se nos estaba yendo de las manos. Ya no sabía dónde terminaba el contrato y dónde empezaba lo que sentía cuando él me miraba así.
La metamorfosis estaba completa. El lobo ahora vestía seda, pero sus colmillos seguían ahí, y yo empezaba a temer que fuera yo quien terminara mordida por este deseo que cada día se sentía menos falso.