La cena en la mansión terminó de la peor manera posible. El silencio que dejó la salida abrupta de Ricardo de la mesa pesaba más que las paredes de mármol de la propiedad. La señora Belkis trató de disimular la tensión, pero sus ojos reflejaban una profunda tristeza. Isabella me miró con preocupación, pero yo solo podía pensar en la expresión de dolor y rabia que cruzó el rostro de Ricardo antes de marcharse.
—Iré a hablar con él —susurré, levantándome de la silla.
—Elena, no creo que sea buena idea... —empezó Julián, con una voz extrañamente calmada, desprovista de su habitual burla. Sus ojos me advertían del peligro, pero lo ignoré.
Caminé por los pasillos de la mansión hasta llegar a la oficina privada que solía pertenecer al señor Marcus. Era un lugar sagrado para Ricardo, el único rincón donde todavía sentía que podía conectar con la sombra de su padre. Encontré la puerta entreabierta. Ricardo estaba de pie frente al escritorio de caoba, con las manos apoyadas sobre la superficie, la cabeza baja y los hombros sacudidos por una respiración errática.
—Ricardo... —llamé suavemente, entrando y cerrando la puerta tras de mí.
Él no se giró. Su voz salió ronca, cargada de un resentimiento que me heló la sangre. —No confío en él, Elena. No me importa el traje que use, no me importa que haya aprendido a leer un balance. Julián es un parásito, un manipulador. No confío en ese cambio repentino ni en la forma en que te mira.
Me acerqué un par de pasos, tratando de mantener mi tono profesional y calmado, el tono que siempre había servido para apagar sus incendios. —Ricardo, por favor, cálmate. Sé que es difícil de procesar, pero Julián está cumpliendo. No tienes por qué preocuparte tanto; el plazo del testamento es de seis meses. Ya falta poco para que se cumplan las primeras metas. Estoy segura de que, en cuanto tenga su herencia asegurada y su libertad legal, se irá de regreso a Japón o a donde sea que tenga su taller. Solo está haciendo lo que debe para obtener lo que quiere.
Ricardo se giró bruscamente. Sus ojos estaban inyectados en sangre y su rostro, siempre tan pulcro, estaba descompuesto por una mueca de desprecio. —¿Y qué es lo que quiere, Elena? ¿Quieres hacerme creer que solo quiere sus acciones? —soltó una risotada amarga que resonó en las estanterías de libros—. ¡Algo está planeando! Y tú... tú estás cayendo en su juego. O peor aún, estás ayudándolo. No entiendo por qué lo defiendes con tanta insistencia. ¿Qué te ha dado él que yo no te haya dado en cinco años de lealtad absoluta?
—No lo estoy defendiendo, Ricardo, estoy siendo objetiva —respondí, sintiendo que la paciencia se me agotaba—. Estamos protegiendo la empresa, tal como Marcus quería. No trames conspiraciones donde solo hay trabajo.
—¡Mientes! —gritó, dando un paso violento hacia mí, invadiendo mi espacio de una manera que nunca había hecho—. Te conozco, Elena. Te veo cómo lo miras, cómo le sonríes. ¡Dime qué se traen entre manos! ¿Es un plan para quitarme la presidencia? ¿Te prometió algo mejor que yo?
—¡No se trata nada de eso! —exclamé, retrocediendo hasta chocar con la estantería—. Ricardo, te desconozco. Estás actuando como un loco.
De repente, la mirada de Ricardo cambió. El odio se transformó en una obsesión turbia. Me atrapó por los hombros, apretando sus dedos contra mi piel con una fuerza que me hizo jadear de dolor.
—He sido un estúpido —masculló, su rostro a centímetros del mío. Su aliento olía al whisky que seguramente había tomado al entrar aquí—. He esperado años a que te dieras cuenta de que yo soy el hombre que necesitas. He sido paciente, respetuoso... ¡pero parece que lo que te gusta es la basura como mi hermano! Si quieres un hombre que te domine, que te trate como él lo hace, yo también puedo hacerlo.
—Ricardo, suéltame, me estás lastimando... —intenté empujarlo, pero él era mucho más fuerte.
—¡No! —rugió—. Tú me perteneces, Elena. Eres la mujer que mi padre eligió para mí, eres la mujer que ha estado a mi lado cada maldito día. No voy a dejar que ese bastardo te toque.
Antes de que pudiera reaccionar, Ricardo se abalanzó sobre mis labios. No fue un beso de amor, ni siquiera de deseo; fue un acto de posesión brusco, ordinario y violento. Sus labios chocaron contra los míos con una fuerza que me hizo daño, obligándome a retroceder contra la madera fría de la estantería. No había ternura en sus manos, solo una necesidad desesperada de marcar su territorio.
El asco y la indignación explotaron en mi pecho. Con un esfuerzo supremo, logré liberar una de mis manos y, con toda la fuerza que mi rabia me otorgaba, descargué una bofetada sonora sobre su mejilla.
El golpe resonó en la habitación como un disparo.
Ricardo se quedó estático, con el rostro ladeado y la marca roja de mis dedos empezando a florecer en su piel. El silencio que siguió fue absoluto, roto solo por mi respiración entrecortada y el sonido de mis latidos en mis oídos.
—No vuelvas a tocarme en tu vida —dije con una voz temblorosa pero cargada de una furia gélida—. Jamás pensé que fueras capaz de algo tan bajo. Me das lástima, Ricardo. Te has convertido exactamente en lo que tanto odias de tu hermano, pero sin un ápice de su honestidad.
Me limpié la boca con el dorso de la mano, sintiendo que el labio me escocía. Ricardo me miró con una mezcla de horror por lo que acababa de hacer y una envidia que lo carcomía por dentro.
—Elena, yo... lo siento... —empezó a decir, intentando dar un paso hacia mí con las manos extendidas.
—Ni se te ocurra acercarte —le advertí, señalándolo con el dedo mientras las lágrimas de humillación empezaban a asomar—. Mañana estaré en la oficina solo por respeto a Marcus. Pero para mí, el Ricardo Sosa en el que yo confiaba acaba de morir en esta habitación.
Salí de la oficina corriendo, sintiendo que el aire de la mansión me asfixiaba. Al llegar al vestíbulo, me encontré con Julián. Él estaba apoyado en la columna, esperándome. Vio mi labio hinchado, mi cabello revuelto y las lágrimas en mis ojos. Su expresión cambió al instante; la calma desapareció para dejar paso a una furia fría y asesina que nunca le había visto.