Esa mañana, el espejo me devolvió la imagen de una mujer que no reconocía del todo. Mi labio inferior todavía estaba un poco sensible, un recordatorio físico de la brusquedad de Ricardo. Me apliqué un labial un poco más oscuro para ocultar cualquier rastro de la noche anterior y elegí un vestido formal en tono perla, elegante pero con una estructura rígida, casi como una armadura. No me sentía como la secretaria de nadie; me sentía como la dueña del cuarenta por ciento de las acciones que Marcus me había confiado.
Llegué a la empresa antes que nadie. Quería evitar cualquier encuentro en el pasillo, pero Ricardo parecía estar esperándome. En cuanto me vio bajar del ascensor, se interpuso en mi camino. Su rostro estaba pálido y sus ojos reflejaban una mezcla de arrepentimiento y desesperación.
—Elena, por favor... tenemos que hablar sobre lo que pasó en la biblioteca —dijo con voz baja, intentando tomar mi mano.
Me detuve en seco y lo miré con una frialdad que pareció golpearlo físicamente. Retire mi mano antes de que pudiera tocarme.
—No tenemos nada de qué hablar, Ricardo —respondí con una voz gélida—. Lo que pasó ayer dejó las cosas muy claras. Ahora, si me disculpas, tengo que preparar la sala de juntas. Los socios están por llegar y no pienso permitir que tus problemas personales afecten la imagen de la compañía.
—Elena, estaba fuera de mí, los celos me cegaron... —insistió, siguiéndome.
Me giré bruscamente, fulminándolo con la mirada. —Tengo una reunión, Ricardo. Y tú también. Te sugiero que te concentres en tu presentación, porque hoy no estaré allí para cubrir tus errores.
Entré en la sala de juntas sin mirar atrás. Minutos después, los socios principales —hombres mayores, conservadores y cautelosos— tomaron asiento. Julián entró poco después, luciendo un traje impecable y una calma que contrastaba violentamente con la energía errática de su hermano. Me dedicó una mirada rápida, analizando mi rostro. Sus ojos se detuvieron un segundo de más en mis labios y vi cómo su mandíbula se tensaba, pero no dijo nada. El pacto de silencio estaba implícito.
La reunión comenzó y Ricardo tomó la palabra. Se le notaba disperso, molesto. Presentó una propuesta para expandir las constructoras hacia un sector de lujo que estaba saturado, sugiriendo una inversión de capital de riesgo que pondría en peligro la liquidez de la empresa durante los próximos dos años. Era una idea mediocre, basada más en el ego de querer superar los números de su padre que en una estrategia real.
—Es una apuesta segura —concluyó Ricardo, mirando a los socios con una intensidad casi agresiva—. Somos los Sosa. No tenemos competencia en ese sector.
El silencio que siguió fue incómodo. Los socios se miraron entre sí; sabían que la idea no era buena, pero Ricardo era el presidente. Nadie quería ser el primero en cuestionar al heredero principal.
—Con el debido respeto, hermano —la voz de Julián rompió el silencio, relajada pero firme—, esa "apuesta segura" es un suicidio financiero en el clima actual. El mercado de lujo está estancado.
Ricardo apretó los puños sobre la mesa. —¿Y qué sugieres tú, Julián? ¿O acaso tus años en talleres mecánicos te dieron un doctorado en macroeconomía?
Varios socios soltaron risitas nerviosas, pero Julián no se inmutó. Se levantó y conectó su propia tablet a la pantalla principal.
—Sugiero que miremos hacia el futuro: infraestructura sostenible y viviendas modulares de alta tecnología. Es lo que está pidiendo el gobierno para las nuevas licitaciones. He hecho los números —proyectó una serie de gráficos impecables, detallando costos, beneficios y proyecciones de crecimiento a cinco años—. No es solo construir edificios; es construir una marca que sea responsable con el medio ambiente. Eso nos dará los contratos estatales que mi padre siempre quiso.
La propuesta de Julián era brillante. Era moderna, arriesgada pero bien fundamentada, y aprovechaba un nicho que la competencia aún no había explotado. Podía ver el brillo de interés en los ojos de los socios, pero el miedo a Ricardo los mantenía callados. Miraban a Julián con desconfianza, recordando su pasado, y luego miraban a Ricardo, el "hermano bueno".
Ricardo sonrió con suficiencia, sintiendo que el silencio de los socios le daba la victoria. —Nadie va a apoyar una idea tan radical, Julián. Volvamos a mi propuesta.
Sentí que era el momento. El aire en la sala estaba cargado de una tensión eléctrica. Miré a Julián y vi en él al hombre que me había mostrado sus cicatrices, al hombre que realmente estaba intentando salvar el legado de su padre. Luego miré a Ricardo y solo vi la sombra de lo que fue.
—Yo apoyo la propuesta de Julián —dije con voz clara y potente, rompiendo el estancamiento.
Ricardo se quedó de piedra. Se giró hacia mí como si le hubiera clavado un puñal por la espalda. —¿Qué has dicho, Elena?
—He dicho que me pongo del lado de Julián —repetí, levantándome de mi asiento—. Como dueña del cuarenta por ciento de las acciones, mi voto es para el proyecto de infraestructura sostenible. La propuesta de Julián no solo es más viable, sino que es la única que asegura el futuro de los Sosa en la próxima década. Ricardo, tu plan es nostálgico, pero el de Julián es visionario.
El impacto de mis palabras fue como una ola. Al ver que yo, la persona de más confianza de Marcus y la accionista mayoritaria, me ponía del lado de la "oveja negra", los socios empezaron a murmurar.
—Si la señora Elena confía en el plan... —empezó uno de los socios más antiguos—. Realmente, los números del joven Julián son muy sólidos.
—Yo también doy mi voto a favor de Julián —dijo otro, seguido rápidamente por los demás.
En cuestión de minutos, la balanza se inclinó por completo. Ricardo estaba solo en la cabecera de la mesa, rodeado de gente que ahora ignoraba sus protestas para acercarse a Julián y preguntarle más detalles sobre su proyecto.