Contrato de Rebeldia

21

El bullicio del pequeño bistró cercano a la oficina era el refugio perfecto para escapar del aire viciado de la sala de juntas. Necesitaba ruido, olor a café recién hecho y una conversación que no tuviera nada que ver con dividendos o juntas directivas. Frente a mí, Sofía me observaba con una ceja arqueada mientras removía su ensalada, con esa mirada clínica que solo las mejores amigas poseen.

—Elena, llevas diez minutos picando esa pasta y no has probado ni un bocado —dijo Sofía, dejando el tenedor a un lado—. Y no me vengas con que es el estrés de la reunión. Te vi en la sala de juntas. Le diste tu voto a Julián frente a todo el mundo. ¡Le diste la espalda a Ricardo! La oficina es un polvorín ahora mismo.

Solté un suspiro largo y dejé caer los cubiertos. No podía ocultárselo más a ella. —Fue lo correcto, Sofía. El proyecto de Julián es superior. Ricardo está... está perdiendo el rumbo. Se ha vuelto posesivo, errático. Ayer en la mansión cruzó una línea que nunca creí que cruzaría.

—¿Qué hizo? —preguntó Sofía, inclinándose hacia delante, con la voz cargada de preocupación.

Le conté lo ocurrido en la biblioteca, omitiendo los detalles más crudos, pero dejando claro que Ricardo había intentado forzar un sentimiento que no existía. Sofía escuchó en silencio, con el rostro endurecido.

—Vaya... el "caballero de brillante armadura" resultó tener la armadura oxidada —murmuró—. Pero eso no explica lo otro, Elena. No explica por qué cuando hablas de Julián, tus ojos brillan de una forma que nunca vi en cinco años.

Me removí incómoda en la silla, evitando su mirada. —Al principio lo veía como todos: la oveja negra, el problema, el chico rico que solo quería huir de sus responsabilidades. Pero en estas semanas... he descubierto cosas, Sofía. Cosas que nadie sabe. Julián no estuvo de vacaciones. Sobrevivió solo, montó su propio taller, tiene cicatrices reales de una vida que él mismo construyó sin el apellido Sosa. Es... es mucho más profundo de lo que aparenta. Hay una lealtad en él que me ha dejado desarmada.

Sofía soltó una risita suave, una que me hizo sentir que me habían atrapado en una mentira. —Elena, escúchate. Estás justificando cada uno de sus desplantes. Antes no podías estar en la misma habitación que él sin querer lanzarle un archivador, y ahora parece que eres su biógrafa oficial.

—Solo estoy siendo justa —repliqué a la defensiva—. Él ha cambiado. Se está esforzando.

—Él no ha cambiado el mundo, Elena. Él te está cambiando a ti —Sofía estiró la mano y tocó la mía sobre la mesa—. Amiga, sé honesta contigo misma por un segundo. Estás enamorada de Julián Sosa.

El mundo pareció detenerse por un instante. Sentí un golpe de calor en el pecho seguido de un frío repentino. —¡No! —respondí con demasiada rapidez, casi gritando—. ¡Claro que no! Sofía, es un contrato. Estamos fingiendo un noviazgo para asegurar su herencia y la estabilidad de la empresa. Todo es una actuación estratégica. No puedo enamorarme del hombre que representa todo lo que Marcus quería que yo controlara. Sería una falta de ética, una locura profesional... y personal.

Sofía negó con la cabeza, con una sonrisa triste. —Puedes decirte todas las excusas corporativas que quieras, pero el corazón no entiende de acciones mayoritarias. La forma en que te pusiste de su lado hoy, la forma en que lo defendiste... eso no fue por la empresa. Fue por él. Y él te mira como si fueras el único faro en medio de su tormenta.

—Te equivocas —insistí, aunque mi voz ya no tenía la misma fuerza—. Es solo gratitud. Él está agradecido porque soy la única que le ha dado una oportunidad real.

—La gratitud no hace que te tiemblen las manos cuando él entra en la habitación —sentenció Sofía—. Piénsalo, Elena. Estás jugando con fuego. Si esto es solo un contrato para él, vas a salir muy herida. Pero si es real para los dos... entonces tienes que prepararte, porque Ricardo no se va a quedar de brazos cruzados viendo cómo "su" mujer se queda con su hermano "rebelde".

El resto del almuerzo transcurrió en un silencio tenso. Las palabras de Sofía daban vueltas en mi cabeza como un mantra molesto. ¿Enamorada? ¿Cómo podía estar enamorada de alguien tan caótico? Yo era el orden, la estructura, la lógica. Julián era el ruido, la velocidad y el riesgo. Éramos dos fuerzas opuestas que no deberían mezclarse.

Cuando regresamos al edificio, me sentía extrañamente vulnerable. Al entrar en el vestíbulo, vi a Julián hablando con unos inversionistas. Se veía tan seguro, tan dueño de su nuevo papel, que por un momento olvidé cómo respirar. Él notó mi presencia y, por encima de los hombros de los hombres trajeados, me dedicó una sonrisa pequeña, casi imperceptible, pero cargada de una intimidad que me quemó la piel.

Entré en mi oficina y cerré la puerta. Me apoyé contra la madera, tratando de calmar los latidos de mi corazón.

"Es solo un contrato", me repetí en voz baja. "Es solo una estrategia".

Pero mientras miraba la silla donde él se sentaba a veces para molestarme, y recordaba el calor de su mano en el taller, supe que la mentira más grande no era la que le estábamos contando al mundo. La mentira más grande era la que yo me contaba a mí misma cada mañana frente al espejo.

Sofía tenía razón. El problema no era que Julián fuera una oveja negra; el problema era que yo estaba empezando a amar cada una de sus manchas oscuras.




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