Tres días. Setenta y dos horas evitando el contacto visual, respondiendo con monosílabos por el intercomunicador y saliendo de la oficina cinco minutos antes que él para no compartir el ascensor. Las palabras de Sofía se habían instalado en mi cerebro como un parásito, y la única forma que conocía para protegerme de mis propios sentimientos era levantar un muro de hielo.
Pero Julián Sosa no era un hombre que se quedara sentado frente a un muro. Él era una fuerza de la naturaleza, y yo debería haber sabido que tarde o temprano, la presa iba a romperse.
Esa tarde, bajé al almacén de suministros en el sótano del edificio. Necesitaba unos archivos antiguos de la constructora que no estaban digitalizados, o quizás solo buscaba el lugar más frío y solitario del edificio para poder respirar sin sentir su perfume amaderado cerca. El almacén era un laberinto de estanterías metálicas que llegaban hasta el techo, iluminado por fluorescentes que parpadeaban con un zumbido eléctrico.
Estaba revisando una caja en el pasillo cuatro cuando escuché el eco de unos pasos firmes. Mi corazón dio un vuelco. Sabía quién era antes de darme la vuelta.
—¿Hasta cuándo, Elena? —la voz de Julián resonó en el pasillo, profunda y cargada de una paciencia que se había agotado.
Intenté pasar por su lado, manteniendo la mirada fija en la carpeta que sostenía. —No sé de qué hablas, Julián. Tengo mucho trabajo y...
No me dejó terminar. Con un movimiento rápido, me tomó del brazo y me empujó suavemente hacia atrás, atrapándome entre su cuerpo y una de las estanterías metálicas. El frío del metal en mi espalda contrastaba con el calor abrasador que emanaba de él.
—No me salgas con excusas corporativas —siseó, apoyando ambas manos a los lados de mi cabeza, acorralándome por completo—. Llevas tres días huyendo de mí como si fuera la peste. Me ignoras en las reuniones, no me miras cuando te hablo y sales corriendo en cuanto termina la jornada. ¿Es por lo que pasó con Ricardo? ¿O es por lo que está pasando entre nosotros?
—No está pasando nada, Julián —mentí, aunque mi voz me traicionó con un leve temblor.
—¡Mírame a los ojos y dime que no sientes nada! —exigió, acercándose tanto que nuestras narices casi se rozaban—. Porque yo siento cómo te pones tensa cuando paso cerca, escucho cómo se acelera tu respiración. No puedes seguir fingiendo que esto es solo un contrato. No después de cómo me defendiste frente a los socios.
La presión de su cercanía, el olor a su piel y la intensidad de su mirada fueron demasiado. El muro de hielo que había construido con tanto cuidado empezó a agrietarse bajo el peso de la verdad.
—¡Estoy confundida, maldita sea! —estallé, soltando la carpeta, que cayó al suelo con un golpe seco—. ¡Estoy confundida por lo que siento por ti, Julián! Todo esto empezó como un plan, como una estrategia para salvar la empresa y tu herencia. Se suponía que eras la oveja negra, el hombre que yo debía "domar". Pero no lo eres... y ahora no sé dónde termina la mentira y dónde empiezo yo. Me asustas, me desequilibras y odio que tengas tanto poder sobre mí.
El silencio que siguió a mi confesión fue denso, casi doloroso. Julián me miró con una mezcla de sorpresa y un fuego que nunca le había visto. No hubo burla, no hubo ironía. Solo una necesidad pura.
—Pues deja de tener miedo —susurró él.
Antes de que pudiera procesar sus palabras, Julián me tomó del rostro con ambas manos y me besó.
No fue como el beso brusco y posesivo de Ricardo. Este fue un beso cargado de una pasión contenida durante semanas, un beso que sabía a hambre y a rendición. Al principio, me quedé petrificada, con los ojos abiertos por la sorpresa, pero el calor de su boca contra la mía derritió cualquier rastro de resistencia. Solté un gemido ahogado y, por primera vez, me permití corresponderle.
Mis manos subieron por su pecho hasta enredarse en su cabello, atrayéndolo más hacia mí. El beso se volvió más profundo, más urgente, hasta que nos quedamos sin aliento. Sus labios bajaron por mi cuello, arrancándome un suspiro que jamás pensé que saldría de mis pulmones. En ese almacén oscuro, rodeados de papeles viejos y metal frío, el mundo exterior dejó de existir. Ya no había testamento, no había hermanos enfrentados, no había acciones. Solo éramos nosotros dos, ardiendo en una hoguera que nosotros mismos habíamos encendido.
Julián me apretó contra él, y pude sentir su corazón latiendo tan rápido como el mío. Sus manos bajaron a mi cintura, aferrándome como si tuviera miedo de que fuera a desaparecer.
—Elena... —murmuró contra mis labios, con una voz rota.
Ese sonido, mi nombre en sus labios con esa vulnerabilidad, me devolvió a la realidad como un balde de agua fría. La lógica, mi maldita lógica, regresó para darme una bofetada. ¿Qué estaba haciendo? Estaba besando al hombre del que debía ser tutora, al hermano del hombre que me había acosado, al centro de un escándalo que apenas estaba comenzando.
—Esto está mal... —dije, apartándome de él con movimientos torpes, tratando de recuperar el aire y la cordura—. Esto está muy mal, Julián.
—Elena, espera... —intentó decir él, estirando la mano para detenerme.
—No, no puedo hacer esto. No así —le dije, con los ojos empañados por las lágrimas y la confusión—. Esto no formaba parte del contrato. No podemos... yo no puedo.
Me di la vuelta y salí corriendo del almacén, dejando a Julián solo en la penumbra, confundido y con la respiración entrecortada. Subí las escaleras de emergencia, ignorando el ascensor, con el corazón martilleando en mis oídos. Mis labios aún quemaban por su contacto y mi piel se sentía eléctrica.
Había admitido la verdad. Lo quería. Pero al aceptarlo, me había vuelto más vulnerable que nunca. Si Ricardo se enteraba, si la junta se enteraba, todo por lo que Marcus había trabajado se derrumbaría.
Acababa de cruzar la línea más peligrosa de mi vida, y lo peor de todo es que, a pesar del miedo, una parte de mí se moría por volver a ese almacén y perderme de nuevo en sus brazos.