Contrato de Rebeldia

23

La gala anual de la Fundación Sosa era el evento más importante del calendario social. El gran salón del Hotel Imperial estaba decorado con cristales, orquídeas blancas y una iluminación dorada que hacía que todo pareciera un sueño. Pero para mí, era una pesadilla elegante.

Desde el incidente en el almacén, mi cuerpo se sentía como un cable de alta tensión a punto de romperse. Julián y yo no habíamos vuelto a hablar del beso. Nos limitamos a lo estrictamente profesional, aunque el aire entre nosotros ardía cada vez que nuestras manos se rozaban al pasar un documento. Ahora, estábamos allí, frente a toda la élite de la ciudad, obligados a representar el papel de la pareja perfecta.

Yo llevaba un vestido de seda azul medianoche, con la espalda descubierta y un corte que gritaba sofisticación. Julián, a mi lado, lucía un esmoquin negro que resaltaba su figura atlética y ese aire de peligro que ningún traje caro podía ocultar.

—Relájate, jefa —me susurró al oído mientras entrábamos al salón del brazo—. Te van a salir arrugas de tanto fruncir el ceño, y hoy eres la mujer más hermosa de este lugar.

—No estoy para cumplidos, Julián —respondí en voz baja, sintiendo el calor de su aliento—. Solo quiero que esta noche termine sin que nadie termine en el hospital o en la cárcel.

—No prometo nada si Ricardo se acerca demasiado —replicó él con una sonrisa que no llegaba a sus ojos.

Y entonces, lo vimos.

La música de la orquesta parecía haberse detenido para mí cuando las puertas se abrieron y Ricardo hizo su entrada. No venía solo. Pero lo que me dejó sin aliento no fue que trajera una cita, sino quién era ella.

Sofía.

Mi mejor amiga, la mujer que conocía todos mis secretos, caminaba del brazo de Ricardo Sosa. Llevaba un vestido rojo pasión que la hacía lucir espectacular, pero su mirada evitaba la mía. Ricardo, por el contrario, caminaba con la cabeza en alto, luciendo una sonrisa de triunfo absoluto. Sabía exactamente lo que estaba haciendo: me estaba golpeando donde más me dolía, usando a la persona en la que más confiaba.

—¿Esa es... Sofía? —preguntó Julián, sintiendo cómo mi brazo se tensaba contra el suyo—. Maldito cobarde. Sabe jugar sucio.

—Tengo que hablar con ella —dije, sintiendo un nudo de amargura en la garganta.

Aprovechamos un momento en que Ricardo se distrajo con unos inversionistas para que yo pudiera interceptar a Sofía cerca de la barra de champán. Ella se sobresaltó al verme, y por un segundo, vi la culpa en sus ojos.

—¿Sofía? ¿Qué significa esto? —pregunté, tratando de que mi voz no temblara—. ¿Desde cuándo sales con Ricardo? ¿Después de lo que te conté sobre lo que me hizo?

Sofía suspiró y bebió un largo trago de su copa. —Elena, por favor, no me mires así. Sé que parece una traición, pero... siempre me ha gustado. Tú lo sabes. Tú no lo quieres, lo rechazaste de la peor manera. Él estaba destrozado ayer, me llamó y simplemente... no pude decirle que no.

—Él no te quiere, Sofía. Te está usando para hacerme daño —le advertí, sintiendo una mezcla de lástima y rabia.

—Quizás al principio sí —respondió ella con una chispa de esperanza que me dolió—. Pero voy a hacer que se enamore de mí. Sé que es difícil, sé que él siempre ha tenido ojos para ti, pero voy a intentarlo. Merezco una oportunidad de ser feliz, Elena, aunque sea con las sobras de tu desprecio.

—Sofía, esto va a terminar mal —susurré, pero ella ya se estaba alejando hacia donde Ricardo la esperaba con una mirada gélida dirigida hacia mí.

Julián apareció detrás de mí y puso una mano en la base de mi espalda. Su contacto fue lo único que evitó que me desmoronara allí mismo. —Es hora del baile principal, Elena. Todos nos están mirando. No dejes que él vea que te ha afectado.

La orquesta comenzó a tocar un vals lento y majestuoso. Julián me guio hacia el centro de la pista. Me tomó de la mano y de la cintura con una firmeza que me obligó a concentrarme solo en él. Al mismo tiempo, Ricardo y Sofía se situaron a pocos metros de nosotros.

Era una danza de cuatro personas cargada de veneno.

—Mírame a mí, jefa —ordenó Julián, obligándome a levantar la vista hacia sus ojos oscuros—. Solo a mí. Olvida a Ricardo, olvida a tu amiga. Esta noche, ante estos buitres, eres mía. Y yo soy tuyo.

El roce de sus cuerpos, el movimiento rítmico y la intensidad de su mirada hicieron que el resto del salón se desvaneciera. Por un momento, olvidé la traición de Sofía. Solo sentía la mano de Julián quemando mi piel a través de la seda del vestido.

—Lo que pasó en el almacén... —empezó a decir él, mientras girábamos—. No fue una confusión, Elena. Fue la primera cosa real que ha pasado en esta empresa en años.

—Julián, no es el momento... —traté de protestar, pero mis ojos me traicionaban.

—Es el momento perfecto —respondió él, acercándome más, rompiendo toda distancia de "negocios"—. Porque mientras Ricardo intenta herirte con juegos de niños, yo estoy aquí intentando descubrir cómo hacer para que no vuelvas a huir de mí.

Desde la distancia, vi a Ricardo apretar la mandíbula mientras bailaba con una Sofía que intentaba desesperadamente obtener una sonrisa de él. La guerra estaba declarada. Ricardo tenía a mi mejor amiga, pero Julián... Julián me tenía a mí, y por primera vez, no me importaba que todo el mundo lo supiera.

El baile terminó, pero la tensión no hizo más que empezar. La gala de los Sosa se había convertido en un campo de batalla emocional, y yo estaba en el centro, atrapada entre el hombre que quería poseerme por ego y el hombre que me estaba enseñando que, a veces, la oveja negra es la única que tiene el valor de amar de verdad.




Reportar




Uso de Cookies
Con el fin de proporcionar una mejor experiencia de usuario, recopilamos y utilizamos cookies. Si continúa navegando por nuestro sitio web, acepta la recopilación y el uso de cookies.