Contrato de Rebeldia

24

El aire en el salón del Hotel Imperial se había vuelto irrespirable. La música de la orquesta, que antes me parecía elegante, ahora sonaba como un zumbido irritante en mis oídos. Tras el baile, la tensión entre los dos hermanos era una bomba de tiempo con la mecha corta, y yo estaba justo en medio del radio de explosión.

Nos encontramos en una zona apartada del salón, cerca de los balcones. Ricardo sostenía una copa de cristal con tanta fuerza que sus nudillos estaban blancos. Sofía permanecía a su lado, aferrada a su brazo con una mezcla de orgullo y temor, como si supiera que el suelo bajo sus pies era inestable.

—Bonito espectáculo en la pista, Julián —comenzó Ricardo, su voz cargada de un sarcasmo venenoso—. Casi pareces un hombre civilizado. Lástima que todos aquí sepan que solo estás disfrazado. ¿Cuánto tiempo crees que podrás mantener la farsa antes de que Elena se dé cuenta de que solo eres un mecánico con suerte?

Julián dio un paso al frente, soltando mi mano con lentitud. Su postura se volvió peligrosa, esa calma tensa que siempre precedía a sus tormentas.

—Al menos no soy un cobarde que usa a una mujer inocente para intentar herir a otra —respondió Julián, señalando con la cabeza a Sofía—. Estás usando a la mejor amiga de Elena para desquitarte de tu propia incompetencia en la junta. Eso no es ser un "Sosa", Ricardo. Eso es ser patético.

—¡No te atrevas a hablarme de honor! —rugió Ricardo, dejando la copa sobre una mesa con un golpe seco que llamó la atención de varios invitados cercanos—. Tú nos abandonaste. Tú te fuiste a revolcarte en el fango mientras yo mantenía el apellido a flote. Y ahora vuelves, te metes en mi empresa y tratas de robarme lo que es mío.

—¿"Tu" empresa? ¿"Tu" mujer? —Julián soltó una carcajada oscura que hizo que el vello de mis brazos se erizara—. Ese es tu problema, hermano. Crees que el mundo es un inventario. Elena no es un activo de la constructora y la empresa no es tu juguete personal. Ella eligió mi proyecto porque es mejor que el tuyo. Acéptalo de una vez.

Ricardo dio un paso hacia él, invadiendo su espacio. La diferencia de altura era mínima, pero la energía era opuesta: Ricardo era fuego descontrolado; Julián era un iceberg afilado.

—Tú no la quieres —siseó Ricardo—. Solo la usas para vengarte de mí. Para humillarme.

—Ricardo, por favor... —intervino Sofía, con la voz temblorosa, poniendo una mano en el pecho de Ricardo para intentar calmarlo—. No hagas esto aquí. Vámonos, por favor. No vale la pena.

Ricardo se giró hacia ella con una mirada de desprecio tan pura que me dolió hasta a mí. La apartó bruscamente, con un gesto ordinario que nada tenía que ver con el hombre refinado que solía ser.

—¡Cállate, Sofía! —le gritó, lo suficientemente alto como para que el grupo de inversionistas de al lado se detuviera a mirar—. ¿Crees que me importa lo que pienses? Estás aquí porque me servías para algo, no porque tu opinión tenga algún valor para mí. No eres más que una secretaria de segunda que se cree importante por llevar un vestido rojo. Deja de meterte en los asuntos de mi familia.

El rostro de Sofía se descompuso. Sus ojos se llenaron de lágrimas al instante y dio un paso atrás, como si le hubieran dado una bofetada física. El silencio que siguió fue sepulcral. Sofía me miró, y en su mirada vi el colapso de todas sus ilusiones. Había intentado jugar con fuego por amor, y Ricardo acababa de incinerarla sin la menor compasión.

—¡Eres un imbécil! —estallé, dando un paso al frente, pero me detuve al ver que Sofía se daba la vuelta y salía corriendo hacia los jardines, ahogando un sollozo.

Miré a los dos hermanos. Julián tenía los puños cerrados, listo para golpear a Ricardo, y Ricardo tenía esa expresión de superioridad herida que lo hacía lucir monstruoso.

—Estoy harta de los dos —dije con una voz que cortó el aire—. ¡De los dos!

—Elena, yo... —intentó decir Julián, pero lo corté con un gesto de la mano.

—Tú no eres mejor, Julián. Has alimentado esta pelea cada segundo, disfrutando de ver cómo Ricardo perdía el control. ¡Y tú, Ricardo! —me giré hacia él con una furia que lo hizo retroceder—. Has humillado a la mujer más leal que tenías a tu lado solo por un ataque de celos infantil. No eres un líder, eres un tirano herido. Me dan asco.

Me di la vuelta, ignorando sus llamadas, y corrí en la dirección en la que se había ido Sofía. La encontré en un rincón apartado del jardín, junto a una fuente de piedra, con el rostro escondido entre las manos y los hombros sacudidos por el llanto. El vestido rojo, que antes la hacía ver tan poderosa, ahora parecía un recordatorio cruel de su error.

—Sofía... —me acerqué y puse una mano en su espalda.

—Tenías razón, Elena —sollozó ella, levantando el rostro manchado por el rímel—. Tenías toda la razón. Me usó. Fui una estúpida al pensar que... que quizás si estaba a su lado, él vería que yo siempre he estado ahí para él. Me trató como si no fuera nada. Frente a todos.

—No eres una estúpida, Sofía. Eres una mujer que se arriesgó por lo que sentía —le dije, sentándome a su lado y rodeándola con mis brazos—. El estúpido es él, por no darse cuenta del valor de la persona que tenía enfrente. Ricardo ha perdido el juicio, y no voy a permitir que te arrastre en su caída.

—Lo siento tanto... —dijo ella, apoyando la cabeza en mi hombro—. Siento haberte traicionado. Siento haber creído que podía ocupar un lugar que no me pertenecía.

—Olvida eso ahora —la consolé, limpiándole las lágrimas con un pañuelo—. Vamos a sacarte de aquí. No tienes que volver a verlos esta noche.

Mientras abrazaba a mi amiga, levanté la vista hacia el hotel. Vi a Julián y a Ricardo en el balcón, todavía enfrentados, dos hombres poderosos destruyendo todo a su alrededor por un legado de sangre y un orgullo malentendido.

En ese momento, comprendí que mi lealtad ya no pertenecía a la empresa, ni siquiera a Marcus. Mi lealtad era hacia mí misma y hacia las personas que realmente me importaban. La guerra de los Sosa acababa de cobrarse su primera víctima inocente, y yo iba a asegurarme de que fuera la última.




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