Había dejado a Sofía en su casa después de asegurarme de que estaba tranquila, aunque sabía que las heridas del alma tardarían más en sanar que el rímel corrido. Al llegar a mi propio apartamento, me quité los tacones con un gesto de hastío y me deshice del vestido azul. Me puse una bata de seda ligera y me serví una copa de vino, tratando de borrar de mi mente la imagen de Ricardo gritando y la de Julián con los puños cerrados.
El timbre de mi puerta sonó con una insistencia que no admitía negativas. Eran casi las dos de la mañana. Miré por la mirilla y mi corazón dio un vuelco. Era él. No llevaba la chaqueta del esmoquin, su camisa estaba desabrochada en el cuello y el cabello, antes perfectamente peinado, era un desorden absoluto.
Abrí la puerta con la guardia en alto.
—¿Qué haces aquí, Julián? —pregunté, tratando de mantener la voz firme—. Te dije que no quería ver a ninguno de los dos.
—No me iba a ir a dormir sabiendo que me odias —dijo él, entrando en el apartamento sin esperar invitación—. Elena, lo de la gala...
—Lo de la gala fue una vergüenza —lo corté, dándome la vuelta y caminando hacia el salón—. Dejaste que Ricardo te arrastrara a su nivel. Permitiste que esa pelea escalara hasta que Sofía terminó humillada. Te encanta el conflicto, Julián. Te alimenta.
Julián me siguió, cerrando la puerta tras de él. Su presencia llenaba mi pequeña sala, haciéndola parecer minúscula. —¡Él empezó! ¡Viste cómo me habló, cómo te miró! No soy una estatua de mármol como él, Elena. Si me golpean, devuelvo el golpe.
—¡Ese es el problema! —me giré hacia él, con los ojos encendidos—. Se supone que eres el que ha cambiado, el que está intentando ser mejor. Pero en cuanto Ricardo presiona un botón, vuelves a ser el chico rebelde que solo sabe destruir. ¡Estoy cansada de ser el árbitro entre dos hombres que no saben controlar su ego!
—¡No es por ego! —rugió Julián, acortando la distancia entre nosotros con dos pasos rápidos—. ¡Es por ti! Me enferma verlo cerca de ti, me enferma saber que cree que tiene algún derecho sobre tu vida.
—¡Yo no soy un trofeo! —le grité, golpeando su pecho con mi dedo índice—. ¡Y no necesito que nadie me defienda! Necesitaba un socio, Julián. Necesitaba a alguien en quien confiar, no a alguien que usara mis sentimientos para ganar una pelea familiar.
Julián me tomó de las muñecas, deteniendo mi ataque. Sus ojos estaban inyectados en sangre, no de alcohol, sino de una frustración pura. Durante unos segundos, solo se escuchó nuestra respiración agitada en el silencio del apartamento.
—Tienes razón —susurró de repente, su voz bajando varias octavas—. Tienes razón en todo. Fui un imbécil. Dejé que mi rabia por él nublara lo que realmente importa.
Me quedé helada. Julián Sosa pidiendo disculpas de forma sincera era algo para lo que no estaba preparada. Soltó mis muñecas, pero no se alejó. Sus manos subieron lentamente hasta acunar mi rostro, con una delicadeza que me hizo temblar.
—Elena... el contrato, las acciones, el testamento de mi padre... nada de eso importa ya —dijo, mirándome con una vulnerabilidad que me desarmó por completo—. Al principio acepté esto por orgullo, por demostrarle a Marcus que podía ganar. Pero ahora... ahora no puedo imaginarme despertando y no tener que ir a esa oficina a pelear contigo, a verte sonreír cuando gano una batalla, o a sentir que eres la única persona en este maldito mundo que realmente me ve.
—Julián... —mi voz era apenas un hilo.
—Mis sentimientos por ti son verdaderos, Elena. No son parte de ninguna estrategia. Estoy enamorado de ti hasta que me duele el pecho, y me aterra porque sé que soy un desastre y tú eres... tú eres lo mejor que me ha pasado.
Mis defensas cayeron como un castillo de naipes. La rabia se evaporó, dejando paso a una necesidad que llevaba semanas quemándome por dentro. No hubo más palabras. Me puse de puntillas y lo besé con una urgencia que él respondió al instante.
El beso fue un incendio. Julián me levantó en vilo y yo enredé mis piernas en su cintura, aferrándome a sus hombros como si fuera mi única ancla en medio de un naufragio. Sus labios se movían contra los míos con una mezcla de desesperación y devoción. Nos movimos hacia mi habitación a tientas, sin romper el contacto, tropezando con los muebles pero sin que nos importara nada más que la piel del otro.
Al llegar a la cama, me depositó sobre las sábanas con una ternura infinita. Sus manos recorrieron mi cuerpo con una curiosidad reverente, como si estuviera descubriendo un tesoro prohibido. Cuando su piel finalmente se encontró con la mía, sin telas de por medio, el mundo exterior desapareció.
Esa noche, Julián no fue la "oveja negra" ni el heredero rebelde. Fue el hombre que me amó con una pasión que me dejó sin aliento y una suavidad que me hizo llorar en silencio. Cada caricia, cada susurro en la oscuridad, cada roce de sus cicatrices contra mi piel era una promesa silenciosa de que esto era real.
Hicimos el amor bajo la luz de la luna que entraba por la ventana, con una intensidad que borró cualquier rastro de duda. En sus brazos, me sentí segura por primera vez en años. No había contratos, no había hermanos, no había sombras de padres difuntos. Solo estábamos nosotros, dos almas rotas encontrando la paz en el caos del otro.
Horas más tarde, mientras él dormía con un brazo rodeando mi cintura y su respiración tranquila contra mi cuello, me quedé mirando el techo. Sabía que al amanecer los problemas seguirían ahí. Ricardo no se detendría y la empresa seguiría siendo un campo de batalla. Pero mientras sentía el calor de Julián a mi lado, supe que ya no estaba sola.
Habíamos cruzado el punto de no retorno. Y por primera vez, no tenía miedo de las consecuencias.