Contrato de Rebeldia

30

La propuesta de Julián de tomar mi apellido me dejó sin aliento por un segundo. Había tanto amor y tanta entrega en sus ojos que sentí un nudo en la garganta. Sin embargo, mi mente, siempre acostumbrada a poner los pies sobre la tierra, me obligó a ser cautelosa.

—Julián... —susurré, acariciando su rostro mientras Ricardo y Sofía nos observaban—. Nada me haría más feliz que ser tu esposa, pero no así. No como una respuesta a una trampa legal de tu padre. No quiero que nuestro matrimonio sea otra cláusula en un contrato. Es muy pronto para un paso así, y quiero que cuando lo hagamos, sea porque no podemos imaginar la vida sin el otro, no por salvar acciones.

Julián asintió, aunque vi una pizca de decepción mezclada con respeto en su mirada. Me dio un beso rápido, cargado de una promesa silenciosa, y se separó de mí.

—Tienes razón, jefa. Hagámoslo por el camino del apellido de mamá entonces —dijo él, recuperando su determinación—. Vamos al registro mañana mismo.

—Esperen —intervino Sofía, que se mantenía cerca de los documentos—. Antes de que alguno de los dos firme un papel renunciando al apellido Sosa para adoptar el de Belkis, deberían hablar con ella. No sabemos cómo se sentirá al ver que sus hijos "renuncian" a la dinastía de su esposo. Podría verlo como una deshonra o, peor aún, como un insulto a la memoria de Marcus.

Ricardo y Julián se miraron con duda. Su relación con Belkis siempre había sido de protección, pero ella rara vez se enfrentaba a las decisiones de Marcus. Era la "esposa perfecta", siempre en la sombra.

—Sofía tiene razón —admitió Ricardo—. No podemos hacer esto a sus espaldas.

Decidimos ir los cuatro a la mansión de inmediato. El trayecto fue silencioso. Al llegar, las luces de la sala principal estaban encendidas. Entramos y encontramos a Belkis tomando un té, con Isabella a su lado revisando unas revistas.

—¿Qué hacen todos aquí a esta hora? —preguntó Isabella, levantándose con el ceño fruncido—. Parecen un escuadrón de ejecución.

Ricardo, como el hermano mayor, tomó la palabra. Les explicamos todo: la trampa final de Marcus, el riesgo de perder la empresa ante el Grupo Valente y la solución que habíamos encontrado gracias a Sofía. Mientras hablábamos, el rostro de Isabella se iba transformando de la sorpresa a la indignación.

—¡No pueden hablar así de papá! —estalló Isabella, arrojando la revista sobre la mesa—. ¡Él construyó todo esto para nosotros! Si dejó esas cláusulas fue para asegurarse de que la empresa estuviera en manos fuertes. ¡Están hablando de borrar su apellido como si fuera una mancha de grasa! ¡Son unos malagradecidos!

—Isabella, no entiendes... —intentó decir Julián.

—¡Entiendo que odias a papá porque nunca pudiste seguir sus reglas! —le gritó ella con lágrimas en los ojos—. Y tú, Ricardo, ¡se supone que eras el que cuidaba el legado! ¿Vas a dejar que Elena y su amiga los convenzan de pisotear el nombre de los Sosa?

—¡Basta! —la voz de Belkis no fue un grito, pero tuvo la fuerza de un trueno.

Todos nos quedamos mudos. Belkis se levantó con una elegancia que de repente parecía imponente. Caminó hacia sus hijos y les puso una mano en el hombro a cada uno.

—Isabella, siéntate —ordenó con suavidad pero firmeza. Su hija, impactada, obedeció—. Tus hermanos no están faltando al respeto a nadie. Solo están tratando de sobrevivir a un hombre que amaba el poder más que a su propia sangre.

Belkis suspiró y miró a Julián y a Ricardo con una tristeza infinita.

—Su padre hizo lo que hizo porque era un hombre roto —comenzó Belkis, caminando hacia la ventana que daba a los jardines—. Marcus no nació en la riqueza. Él tuvo que pisotear a mucha gente para llegar a la cima, y en el proceso, se convenció de que el amor era una debilidad que te hacía perder el enfoque. Él pensaba que si los hacía pelear, si los ponía al límite del odio, los estaba "entrenando" para el mundo real.

—¿Entrenándonos? —preguntó Julián con amargura—. Me dejó solo en el extranjero, mamá. Casi muero de hambre.

—Lo sé, Julián. Y lloré cada noche por eso —confesó Belkis, girándose con los ojos empañados—. Peleé con él mil veces. Le supliqué que te dejara volver, que te enviara ayuda. Pero él decía que si te ayudaba, te convertiría en un "mediocre". Él creía que el apellido Sosa solo debía ser portado por alguien que hubiera pasado por el fuego. A Ricardo le dio la carga de la responsabilidad absoluta para ver si se quebraba bajo la presión, y a ti te dio el abandono para ver si podías levantarte solo.

—Es una forma enferma de criar a unos hijos —dijo Ricardo, bajando la cabeza.

—Lo era —asintió Belkis—. Yo nunca estuve de acuerdo, pero Marcus tenía una forma de hacernos creer que su camino era el único. Él pensaba que la "Cláusula de Consolidación" sería el golpe final: o uno se volvía un tirano eliminando al otro, o la empresa se hundía. Nunca imaginó que encontrarían una forma de amarse y mantener el control al mismo tiempo.

Belkis se acercó a Julián y le tomó el rostro con ternura.

—Hijo, el apellido Galindo es el de mi padre, un hombre que fue humilde pero honesto. Si usar mi nombre es la forma en que ustedes pueden seguir juntos y proteger lo que les pertenece, no solo tienen mi bendición... sino mi orgullo. Nada me haría más feliz que ver que el legado de mi familia, y no solo el de los Sosa, vive a través de ustedes.

Isabella comenzó a llorar en silencio, dándose cuenta de que la imagen heroica que tenía de su padre tenía grietas muy profundas. Julián abrazó a su madre con una fuerza que me hizo apartar la mirada para no llorar también.

—Gracias, mamá —susurró Julián.

—Vayan al registro mañana —concluyó Belkis, mirando a Ricardo y luego a mí—. Y tú, Elena... gracias por no dejar que se destruyeran. Marcus pensó que tú serías su herramienta de control, pero resultaste ser el corazón que esta familia necesitaba.

Salimos de la mansión sintiendo que una losa de cemento se nos había quitado de encima. El camino estaba despejado. Julián dejaría de ser un "Sosa" ante la ley para ser un "Galindo", pero por fin, sería un hombre libre.




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