Contrato de Rebeldia

35

Narrado por Elena

​La oficina de la presidencia ya no se sentía como un campo de batalla. El aire acondicionado zumbaba suavemente mientras yo revisaba los últimos detalles del contrato de logística para el nuevo proyecto de Julián. Ricardo estaba sentado frente a mí, pero no estaba revisando informes ni gritando órdenes. Estaba mirando un punto fijo en la pared, con una expresión de melancolía que nunca antes le había visto.

​—Fui un miserable, ¿verdad, Elena? —soltó de repente, rompiendo el silencio.

​Dejé la pluma sobre el escritorio y lo miré fijamente. Ricardo no buscaba consuelo, buscaba una verdad que él ya conocía pero que necesitaba escuchar en voz alta.

​—Con Sofía, sí —respondí sin suavizar el golpe—. Ella te entregó su lealtad y su cariño de la forma más pura, y tú la usaste como un escudo y como un arma. La humillaste frente a las mismas personas ante las que ella siempre te defendió.

​Ricardo cerró los ojos y se frotó las sienes. El peso de sus acciones parecía estar aplastándolo finalmente.

—Cada vez que cierro los ojos, veo su cara en la gala. La forma en que se alejó de mí... He intentado llamarla, le he enviado flores, incluso fui a su edificio, pero no me deja subir. Siento que si no le pido perdón, si no le explico que todo fue producto de mi propia ceguera, voy a explotar.

​—Ricardo, detente —le dije con firmeza, rodeando el escritorio para sentarme cerca de él—. Las flores y las llamadas no van a borrar lo que hiciste. Sofía no es una de tus inversionistas a la que puedes convencer con una buena presentación. Ella está herida en lo más profundo de su dignidad.

​—Quiero arreglarlo, Elena. Quiero que vuelva... no solo a la empresa, sino a mi vida. Me di cuenta de que ella era la única que no me miraba como al "Presidente de la Constructora", sino como a un hombre. Y yo lo arruiné por seguir el juego de sombras de mi padre.

​Tomé una respiración profunda. Sabía cuánto le dolía a Sofía todo esto, pues había pasado noches enteras consolándola.

​—Si de verdad la quieres, Ricardo, tienes que hacer lo más difícil para un Sosa: esperar —le dije con voz suave—. Dale tiempo. Sofía necesita reconstruirse a sí misma antes de poder siquiera escucharte. Si la presionas ahora, solo lograrás que te odie más porque sentirá que estás intentando controlar sus sentimientos otra vez.

​—¿Cuánto tiempo? —preguntó él, con una desesperación casi infantil.

​—El que ella necesite. Semanas, meses... lo que haga falta —respondí—. Mientras tanto, demuestra que el cambio es real. Cambia la forma en que tratas a los empleados, apoya a Julián en el taller sin segundas intenciones, sé el hermano que Isabella necesita. Sofía se enterará. En este mundo todo se sabe. Cuando ella vea que el hombre que la humilló ya no existe, quizás, y solo quizás, te dé una oportunidad para hablar.

​Ricardo guardó silencio durante un largo rato. Se levantó y caminó hacia el ventanal que mostraba la ciudad que él tanto se había esforzado por dominar.

​—Elena... gracias —dijo sin girarse—. Por no haberme abandonado cuando era un monstruo. Y por decirme la verdad ahora.

​—Marcus me enseñó a ser eficiente, Ricardo. Pero la vida me enseñó que la eficiencia sin humanidad no sirve de nada. No pierdas la fe, pero tampoco pierdas el respeto por su espacio. Si ella vuelve, será porque tú te lo ganaste, no porque la obligaste.

​Salí de la oficina de Ricardo sintiendo que, por fin, las piezas se estaban acomodando. Fui directo a mi coche y manejé hacia el taller de Julián. Necesitaba el olor a grasa y el ruido de las herramientas para recordarme que el mundo real seguía girando.

​Al llegar, vi a Julián debajo de un motor, con la radio a todo volumen. Me apoyé en el marco de la puerta, observándolo trabajar. Él notó mi presencia y salió de debajo del coche, limpiándose el sudor con el brazo.

​—¿Qué tal la oficina, jefa? —preguntó con esa sonrisa que lograba desarmarme siempre.

​—Hablé con tu hermano —dije, acercándome para darle un beso corto, sin importarme que me manchara de aceite—. Quiere buscar a Sofía.

​Julián suspiró y dejó la llave inglesa a un lado.

—Ricardo tiene un largo camino por delante. Pero si tú lo estás ayudando, tiene una oportunidad. Eres el pegamento de esta familia, ¿lo sabías?

​—Solo trato de que no se rompa lo que tanto nos costó unir —respondí, rodeándolo con mis brazos—. Ahora, deja ese motor por un momento. Necesito que me lleves a cenar, lejos de testamentos, apellidos y juntas directivas.

​—Tus deseos son órdenes, señorita Galindo —bromeó él, dándome otro beso.

​Mientras salíamos del taller, pensé en Sofía. Sabía que ella estaba escuchando el silencio de Ricardo, y sabía que, en el fondo, todavía esperaba que él fuera el hombre que ella siempre creyó que era. El tiempo diría si Ricardo era capaz de mantener su promesa de cambio, o si las sombras de los Sosa eran demasiado largas para ser borradas.

​Por ahora, teníamos paz. Y en la familia Sosa-Galindo, eso era el mayor de los tesoros.




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