Contrato floral con el Ceo

13. Lo que mereces, Callie

Rowan

No puedo creer que «dije» todo eso.

No puedo creer que «hice» todo eso.

Intento no entrar en pánico frente a los baños públicos de Maison Thorne, pero estoy peligrosamente cerca de perder la compostura.

Yo debí ser, no sé… ¿Mimo callejero? Algo que me entrenara para fingir calma veinticuatro horas al día. Esto de mantenerme impasible no es lo mío. Mucho menos cuando voy por ahí entregando anillos de compromiso cubiertos de diamantes o prometiendo protección a una mujer… para hacerla feliz.

—Maldición —musito, bajando la cabeza un segundo.

Pero es que se veía tan bonita e indefensa.

¿Cómo demonios iba a saber que aquello activaría eso que tenemos los hombres, ese chip que nos lanza directo al «modo protector»?

Y eso también me hace preguntarme:

¿Cómo fue capaz Derek de engañarla?

El tonto lo tenía todo con ella.

Todo.

¿Por qué buscar fuera de casa algo que, evidentemente, iba a ser menos que Callie?

Y no es que menosprecie a la otra mujer —ni siquiera la conozco—, pero dudo mucho que pueda competir con ella.

Callie es impresionante. Y lo más irónico es que ni siquiera lo sabe. Eso es lo que más rabia me da.

¿Acaso ese tipo no le decía al menos una vez al día lo graciosa, amable, inteligente y guapa que es?

No me queda la menor duda de que mis «amigos» van a quererla apenas aparezca de mi brazo, apenas lleve el apellido Strathmore y sea, oficialmente, mía.

«Mía».

—Ay, Dios…

Froto mi entrecejo con fuerza.

No me gusta que me guste cómo suena eso.

Tampoco me gusta la razón por la que lo pienso.

Soy el cliché del hombre que evita a toda costa el contacto con sus emociones.

Soy pragmático. Siempre lo he sido. Me gusta ser así, no quiero cambiar, por nadie.

Los sentimientos complican todo. Y no me interesa dificultarme la existencia cuando puedo resolver cualquier problema con mi tarjeta de crédito.

Entonces, Callie sale del baño.

Y me recuerda que… mi tarjeta no puede comprarlo todo.

—Perdón —murmura.

Se ha retocado el maquillaje y ahora lleva el cabello suelto sobre los hombros. Se ve serena, aunque apenas disimula el leve enrojecimiento de los ojos.

»No quiero que me vean desarreglada o con los ojos hinchados. Pensarán que peleamos.

Niego suavemente.

Nadie va a pensar eso porque…

Porque se ve hermosa.

—Te ves bien —resumo, con la voz más neutral que puedo manejar.

Ya dije suficiente por hoy como para seguir metiéndome el pie de forma olímpica.

—Cualquiera se ve bien con esto en la mano —dice, levantando la mano donde lleva el anillo—. Es una belleza. Te prometo que lo devolveré.

—Es tuyo…

—No. Hay límites —me interrumpe de inmediato—. Este anillo debió costarte una fortuna.

Suspiro, hondo. Tomo su mano con suavidad, sintiendo de nuevo la calidez de su piel contra la mía. Y sonrío.

Ella se relame los labios, también sonríe.

Y yo, internamente, maldigo otra vez a Derek. No lo conozco, pero… qué tonto.

—¿Ya viste el interior? —pregunto.

Ella niega, curiosa. Retira con cuidado el anillo de su dedo.

Con todo lo que pasó en el automóvil, olvidé decirle que está personalizado.

Ella me está salvando la vida. Literalmente. No merece menos que esto.

Sólo espero que el próximo hombre que esté a su lado sea capaz de darle, al menos, lo mismo que yo.

Callie acerca el anillo a sus ojos.

Yo intento no pensar en el aguijonazo que me atraviesa el pecho al imaginarla usando el anillo de otro hombre.

Bueno… es poco probable que otro tipo pueda comprarle uno así.

Tal vez eso debería hacerme sentir mejor.

Tal vez.

Un poquito.

No tanto.

Pero lo intento.

Sus ojos se abren, enormes, y vuelve a mirarme. Está a punto de llorar otra vez.

—Es personalizado —le digo antes de que hable—. Así que es tuyo. Puedes quedártelo, como todas las cosas que obtendrás durante este contrato.

Intento sonar tranquilo, «Prag-má-ti-co», casual. Y no como la bolita de nervios que realmente soy.

«Lo que mereces, Callie…» —lee en voz alta—. Lo que merezco.

Asiento.




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