Contrato vacio

El contrato vacio Capitulo 3

PARTE 1: EL PESO DEL SILENCIO

El móvil vibró en el bolsillo de Kael cuando ya se alejaba de la nave.

Era una notificación automática de la Agencia. La foto del cadáver de Garrick había sido procesada por el sistema de verificación de capturas. Un algoritmo de reconocimiento facial había comparado los rasgos del muerto con la base de datos de criminales fichados y había confirmado la identidad con un 98,7% de coincidencia.

Debajo de la confirmación, un mensaje escueto del Departamento de Gestión de Cazadores:

"Captura confirmada: Garrick, alias 'El Topo'. Rango C. Estado: Fallecido. Cuota de renovación cumplida. Próxima cuota vence en 4 meses y 23 días. Pago de 1.200 unidades ingresado en cuenta asociada. La Agencia agradece sus servicios."

Kael leyó el mensaje sin detenerse.

Mil doscientas unidades. Suficiente para pagar dos meses de la residencia donde cuidaban a su madre. Suficiente para comprar tiempo. Pero no suficiente para encontrar a Violet. Para eso necesitaba más. Mucho más. Y no solo dinero.

Necesitaba contactos. Información. Aliados o, al menos, personas dispuestas a hablar sin que él tuviera que arrancarles las piernas a agujeros.

Se guardó el móvil y siguió caminando.

La noche en el Distrito Sur era un animal vivo.

A medida que Kael se alejaba del polígono industrial, las calles empezaron a llenarse de una actividad distinta. No era el bullicio diurno de comercios y transeúntes, sino un pulso subterráneo, oculto, que solo emergía cuando el sol se ponía. Portales entreabiertos que dejaban escapar música a bajo volumen. Figuras apoyadas en las esquinas que intercambiaban objetos pequeños en apretones de manos rápidos. Coches con las luces apagadas que se detenían junto a las aceras, recogían a alguien y desaparecían calle abajo.

Kael conocía ese ecosistema. Lo había estudiado en los mapas de riesgo de la Agencia, pero también lo había aprendido en las calles durante los últimos tres años, cuando todavía era un estudiante del programa pre-Cazador y se escapaba del instituto por las noches para foguearse.

Al principio lo hacía por rabia. Rabia contra el accidente que le había arrebatado a su padre y a su hermana. Rabia contra el mundo que seguía girando como si nada hubiera pasado. Rabia contra sí mismo por no haber estado allí, por no haber podido usar su Vacío para salvarlos.

Luego la rabia se fue enfriando, como el metal después de la forja, y se convirtió en algo más duro. Más útil. Determinación.

Ahora caminaba por las calles del Distrito Sur sin miedo. No porque fuera valiente, sino porque había aprendido que el miedo era un lujo que no podía permitirse. El miedo nublaba el juicio. Ralentizaba los reflejos. Te hacía cometer errores. Y en un mundo donde todos tenían una habilidad pero seguían siendo de carne y hueso, un error significaba un agujero en el pecho.

O en la cabeza.

Como Garrick.

Kael dobló una esquina y se encontró frente a una pequeña plaza rectangular que no figuraba en los mapas oficiales de la ciudad.

La llamaban La Plazoleta del Gato Tuerto, por una estatua de cemento que había en el centro: un gato desgastado por la intemperie al que le faltaba un ojo, probablemente arrancado por algún vándalo hacía décadas. Alrededor de la estatua, varios puestos ambulantes vendían comida callejera, baratijas electrónicas de dudosa procedencia y, en los rincones más oscuros, cosas que no se anunciaban en voz alta.

Kael se detuvo junto a un puesto de pinchos morunos. El vendedor, un hombre mayor con un delantal manchado de grasa y un gorro de cocina calado hasta las cejas, ensartaba trozos de carne en brochetas metálicas con movimientos mecánicos.

—Uno —dijo Kael.

El hombre asintió, cogió una brocheta ya hecha y la puso sobre una parrilla improvisada hecha con un bidón cortado por la mitad. Las brasas crepitaron al contacto con la grasa que goteaba de la carne.

Mientras esperaba, Kael observó la plaza.

Era un microcosmos del Distrito Sur. Había de todo: familias que vivían en los bloques de pisos cercanos y bajaban a cenar algo rápido; jóvenes con ropa de imitación que se agrupaban alrededor de un puesto de música pirateada; un par de mujeres que ejercían la prostitución apoyadas en una farola, con las caras cansadas y los ojos vacíos; y, en un banco apartado, tres hombres que hablaban en voz baja, demasiado bajas para ser una conversación normal.

Kael los estudió sin mirarlos directamente.

Eran delgados, con chaquetas de cuero gastado y botas militares. Uno de ellos tenía una cicatriz que le cruzaba el cuello, justo por encima de la nuez. Otro llevaba un parche en el ojo izquierdo. El tercero, el más joven, fumaba un cigarrillo con la mirada perdida en el suelo.

No parecían criminales de alto nivel. Probablemente Rango C, como Garrick. O incluso menos. Matones de barrio con habilidades mediocres que se dedicaban a trapicheos menores.

Pero podían saber algo.

El pincho moruno estuvo listo. Kael pagó con unas monedas y cogió la brocheta, mordiendo la carne sin prisa mientras se alejaba del puesto. Estaba dura y demasiado salada, pero caliente. En el Distrito Sur, eso era más que suficiente.

Caminó hacia el banco de los tres hombres.

PARTE 2: EL ARTE DE PREGUNTAR SIN PARECER QUE PREGUNTAS

Los tres levantaron la vista cuando Kael se acercó. El de la cicatriz en el cuello fue el primero en hablar.

—¿Qué quieres, chaval?

Su voz era rasposa, de fumador veterano. Sus ojos, pequeños y desconfiados, recorrieron a Kael de arriba abajo evaluando amenazas. No vio la placa, oculta en el bolsillo interior de la sudadera. Solo vio a un adolescente flaco con una brocheta a medio comer.

—Información —dijo Kael.

El del parche en el ojo soltó una risa corta.

—¿Información? ¿Tú? ¿A tu edad? ¿Qué vas a querer saber, dónde venden cromos de fútbol?

El más joven, el del cigarrillo, ni siquiera levantó la vista. Siguió mirando al suelo, como si la conversación no fuera con él.



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En el texto hay: acción / suspenso

Editado: 26.04.2026

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