parte 1 LA CABAÑA EN EL BOSQUE
El resplandor anaranjado de la ventana se recortaba entre los troncos de los pinos como un ojo de fuego en la oscuridad del bosque.
Kael avanzó con cuidado. Cada paso sobre la hojarasca era medido, calculado para no hacer ruido. El entrenamiento de la Agencia le había enseñado a moverse en entornos rurales, pero una cosa era practicar en un campo de entrenamiento y otra muy distinta hacerlo en un bosque real, de noche, con un ex-Cazador que probablemente llevaba quince años perfeccionando sus propias trampas.
La cabaña fue haciéndose más nítida a medida que se acercaba.
Era una construcción rústica de troncos de pino encajados con argamasa. El techo era de tejas de pizarra cubiertas de musgo. Una chimenea de piedra soltaba un hilo de humo blanco que se diluía en el cielo nocturno. Alrededor de la cabaña, un pequeño claro de tierra apisonada hacía las veces de jardín: un huerto raquítico, un cobertizo para la leña, un pozo con un cubo de metal colgando de una polea.
No había cables eléctricos. No había antena de televisión. No había ningún signo de tecnología moderna.
Orin vivía como un ermitaño del siglo pasado.
Kael se detuvo a unos veinte metros de la puerta. Se agachó tras el tronco de un pino caído y observó.
Las ventanas estaban cerradas, pero a través de los cristales sucios se veía movimiento. Una figura pasaba de un lado a otro, de vez en cuando, proyectando una sombra alargada sobre las paredes de madera. La chimenea humeaba, lo que significaba que dentro había fuego encendido.
Orin estaba en casa.
Kael respiró hondo.
El plan era sencillo: llamar a la puerta, presentarse como Cazador, explicar que necesitaba información sobre el Rey Pálido y esperar que Orin estuviera dispuesto a hablar. Nada de violencia. Nada de amenazas. Solo una conversación entre profesionales.
Pero Elsus le había advertido: "Si descubre que te he dado su ubicación, es posible que te mate antes de escucharte."
Kael no sabía si Orin era paranoico, violento o simplemente un hombre que valoraba su privacidad por encima de todo. Lo que sí sabía era que un ex-Cazador con quince años de experiencia en soledad no sería fácil de abordar.
Se incorporó lentamente.
—Voy a entrar —murmuró para sí mismo, como si decirlo en voz baja lo hiciera más real—. Voy a hablar con él. Y si se pone violento...
No terminó la frase. No hacía falta.
Su Vacío ya estaba despierto.
PARTE 2: LA TRAMPA
Kael dio tres pasos hacia la cabaña.
Y entonces el suelo desapareció bajo sus pies.
No fue un hundimiento gradual. Fue un colapso instantáneo. La tierra se abrió como una boca hambrienta y Kael cayó al vacío sin tiempo de reaccionar.
El pozo tenía unos cuatro metros de profundidad. Las paredes eran de tierra compactada, demasiado lisas para escalar sin equipo. El fondo estaba cubierto de hojas secas que amortiguaron ligeramente la caída, pero el impacto le robó el aire de los pulmones.
Kael se quedó tumbado boca arriba, mirando el rectángulo de cielo nocturno que enmarcaba la boca del pozo.
—Mierda —jadeó.
Una trampa. Un pozo de caída camuflado con ramas y hojarasca, justo en el camino de acceso a la cabaña. Orin no solo era paranoico: era meticuloso. Aquel pozo no era improvisado. Las paredes eran demasiado rectas, el fondo demasiado limpio. Lo había cavado él mismo, probablemente hacía años, y lo había mantenido en perfecto estado.
Kael se incorporó sobre los codos. Le dolía la espalda del golpe, pero nada roto. Nada grave.
—¡Orin! —gritó, con la voz reverberando en el pozo—. ¡Soy Cazador! ¡Vengo de parte de la Agencia! ¡No quiero problemas!
Silencio.
Luego, una sombra tapó la boca del pozo.
Era un hombre.
Alto. Muy alto. De espaldas anchas y brazos largos, con el pelo canoso cayéndole sobre los hombros y una barba descuidada que le llegaba al pecho. Vestía una camisa de franela remangada hasta los codos, unos pantalones de trabajo manchados de tierra y unas botas de cuero gastado. En la mano izquierda sostenía una linterna de aceite. En la derecha, un hacha de leñador.
—Has cazado tu primer Rango C esta noche —dijo Orin. Su voz era grave, áspera, como el roce de dos piedras—. Garrick el Topo. Un agujero en la cabeza y dos en las piernas. Eficiente. Despiadado. Y ahora estás aquí.
Kael se puso en pie.
—¿Cómo sabes lo de Garrick?
—Porque llevo quince años fuera de la Agencia, pero no estoy desconectado. —Orin alzó la linterna para iluminar mejor el pozo—. Y porque Elsus me ha llamado hace media hora para decirme que un Cazador adolescente con cara de pocos amigos venía de camino. Me ha parecido una buena idea recibirte así.
Kael apretó los puños.
Elsus. El maldito intermediario le había tendido una trampa. O quizás no era una trampa, sino una prueba. O quizás simplemente le divertía ver cómo un novato se enfrentaba a un veterano. Fuera como fuera, el resultado era el mismo: Kael estaba en el fondo de un agujero y Orin lo miraba desde arriba con la misma expresión que se reserva para los insectos atrapados en un tarro.
—Solo quiero hablar —dijo Kael, forzando la calma—. Busco a Violet. Me han dicho que tú sabes algo sobre el Rey Pálido.
Orin enarcó una ceja.
—El Rey Pálido. —Pronunció el nombre con un peso distinto, como si cada sílaba le costara un esfuerzo—. Hacía mucho que nadie me preguntaba por ese fantasma. ¿Quién te ha hablado de él?
—Elsus.
—Mientes. Elsus no habría soltado ese nombre así como así. Te lo habrá vendido a cambio de algo.
—Le debo dos favores.
Orin soltó una risa corta.
—Dos favores a Elsus. Pobre chico. Más te habría valido quedarte en el agujero. —Levantó el hacha y la apoyó en el hombro—. Voy a darte una oportunidad. Vuelve por donde has venido. Olvídate de Violet, del Rey Pálido y de mí. Si lo haces, te dejo salir del pozo sin hacerte daño.