Contrato vacio

El contrato vacio Capitulo 5

parte 1 LA HORA MÁS OSCURA

Eran las tres de la mañana cuando Kael llegó al Hospital General del Este.

El edificio se alzaba contra el cielo nocturno como un monolito de hormigón y cristal, con las ventanas de las habitaciones formando un mosaico irregular de luces encendidas y apagadas. Pocas cosas hay más silenciosas que un hospital de madrugada. Los pasillos vacíos. Las salas de espera desiertas. El eco de los pasos sobre el linóleo.

Kael entró por la puerta principal, donde un guardia de seguridad con cara de sueño apenas levantó la vista de su novela de bolsillo. La placa de Cazador colgaba visiblemente del cuello, y eso era suficiente para que nadie le hiciera preguntas.

Recorrió el pasillo del ala este sin prisa.

Conocía cada centímetro de ese recorrido. Lo había hecho cientos de veces en los últimos dos años. Primero a diario, cuando el accidente acababa de ocurrir y los médicos aún tenían algo de esperanza. Luego cada dos días. Luego cada tres. Ahora, desde que había firmado el contrato con la Agencia, iba siempre que podía permitirse el billete de metro y el tiempo de sueño que le robaba la visita.

La habitación 317 estaba al final del pasillo, junto a una ventana que daba al jardín interior del hospital. De día, los pacientes podían ver los árboles y el pequeño estanque con peces de colores. De noche, solo se veía el reflejo de las luces fluorescentes sobre el cristal.

Kael se detuvo frente a la puerta.

El letrero junto al marco decía: PACIENTE: M. LEDA. ESTADO: CRÍTICO ESTABLE. VISITAS AUTORIZADAS: FAMILIARES DIRECTOS.

Familiares directos.

Técnicamente, Kael no era familia directa de M. Leda. No existía ningún documento legal que lo acreditara. No había certificado de adopción, ni sentencia judicial, ni partida de nacimiento con su nombre junto al de ella. Todo eso se había perdido en el accidente. O, más exactamente, nunca había llegado a existir.

Porque el accidente ocurrió justo el día en que iban a firmar los papeles.

Kael empujó la puerta y entró.

PARTE 2: LA MUJER QUE LE ENSEÑÓ A SER HIJO

La habitación 317 olía a desinfectante de flores, a sábanas limpias y a ese olor indefinible que tienen los cuerpos que llevan demasiado tiempo sin moverse. Las máquinas ocupaban más espacio que la cama: el respirador artificial con su fuelle rítmico, el monitor cardíaco dibujando picos verdes en una pantalla negra, la bomba de alimentación goteando una solución lechosa a través de una sonda nasogástrica.

Y en el centro de todo aquello, envuelta en sábanas blancas, estaba su madre.

M. Leda.

Cuarenta y tres años. Pelo castaño que empezaba a encanecer en las sienes. Piel pálida por la falta de sol. Ojos cerrados. Siempre cerrados.

Kael se acercó a la cama y se sentó en la silla de plástico que había junto a la cabecera. Era una silla incómoda, de esas que te dejan marcas en los muslos si te quedas demasiado tiempo. Pero a Kael no le importaba. Se había sentado allí tantas veces que su cuerpo se había adaptado a la forma del plástico.

—Hola, mamá —dijo, en voz baja.

Las máquinas siguieron pitando con su ritmo mecánico.

—He tenido una noche larga. He cazado a mi primera rata. Un tipo llamado Garrick. Un inútil con un poder de mierda. Me pagaron mil doscientas unidades. Suficiente para dos meses más.

Silencio.

—Luego he ido a un bar en el muelle viejo. He conocido a un intermediario. Elsus. Me ha dado dos nombres: el Rey Pálido y Orin. He ido a buscar a Orin. Era un Cazador retirado, de los mejores. Casi me parte en dos con un hacha. Pero he ganado yo.

Silencio.

—Me ha hablado del Rey Pálido. Un Rango SS. El que protege a Violet. Voy a ir a buscarlo.

Silencio.

Kael se quedó callado un momento. Luego apoyó los codos en las rodillas y entrelazó los dedos bajo la barbilla, mirando el rostro inmóvil de su madre.

—Antes de irme... necesitaba verte. Necesitaba recordar por qué estoy haciendo todo esto.

Las máquinas pitaron.

Y Kael cerró los ojos.

Y recordó.

PARTE 3: EL NIÑO QUE NADIE QUERÍA

Había nacido con el Vacío.

Eso ya lo convertía en un niño problemático. Pero el verdadero problema no era su poder. Era su madre biológica.

Kael no recordaba su rostro. Solo recordaba fragmentos: una voz aguda gritando por teléfono, el olor a tabaco rancio en un apartamento diminuto, platos sucios amontonados en el fregadero. Y una frase, repetida tantas veces que se le había grabado en la memoria como un tatuaje:

"Eres una carga. No vales nada. Si no fuera por ti, yo podría tener una vida."

Tenía cuatro años cuando su madre biológica lo abandonó.

Lo dejó en una guardería pública del Distrito Sur, diciendo que volvería a recogerlo por la tarde. Nunca volvió. La policía la buscó durante meses, pero nunca la encontraron. Algunos decían que se había ido de la ciudad. Otros, que se había metido en algo turbio y había acabado mal.

A Kael nunca le importó.

Porque para cuando la policía cerró el caso, él ya estaba en un centro de acogida. Y allí, entre literas metálicas y educadores sociales desbordados, aprendió tres cosas:

1. Su habilidad era peligrosa.
2. Los adultos no eran de fiar.
3. Nadie quería adoptar a un niño que podía hacer agujeros en la realidad.

Pasó un año en el centro. Un año de entrevistas con posibles familias adoptivas que se echaban atrás en cuanto veían el expediente de su habilidad. Vacío. Anulación de materia. Peligro potencial no determinado. Las etiquetas se acumulaban como capas de pintura vieja, cubriendo al niño que había debajo.

Hasta que apareció M. Leda.

Kael recordaba aquel día con una claridad que dolía.

Tenía cinco años. Estaba sentado en un banco del patio del centro de acogida, solo, mientras los otros niños jugaban al fútbol con una pelota desinflada. Ninguno de ellos quería jugar con él. Algunos le tenían miedo. Otros simplemente lo encontraban raro.



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En el texto hay: acción / suspenso

Editado: 26.04.2026

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