Parte 1 LA ESPERA EN EL PUERTO
El puerto del Distrito Sur era una boca negra abierta al mar.
De noche, con la luna oculta tras un banco de nubes espesas, las grúas parecían esqueletos de dinosaurios abandonados en la orilla. Los contenedores se apilaban en torres de colores desvaídos por el salitre, formando calles estrechas por las que solo transitaban ratas, gaviotas dormidas y, de vez en cuando, algún vigilante nocturno que prefería no mirar demasiado.
Kael estaba agachado sobre un contenedor verde, a unos treinta metros del 47-B.
Llevaba allí desde las once de la noche. Había llegado temprano, como le habían enseñado en el programa pre-Cazador. "El que llega primero elige el terreno. El que elige el terreno elige la batalla." Una de las máximas que le había grabado a fuego uno de sus instructores, un veterano con medio rostro paralizado por una cicatriz de energía.
El contenedor 47-B era de color azul oscuro, con el número pintado en letras blancas y un sello aduanero falso colgando de la cerradura. Parecía abandonado, como todos los demás, pero Kael sabía que no lo estaba. Elsus le había dicho que el cargamento llegaba a medianoche. Y Elsus, por viscoso que fuera, no mentía en los detalles operativos.
El reloj interno de Kael marcaba las once y cuarenta y siete.
Trece minutos.
Se ajustó la sudadera. Hacía frío junto al mar. El viento soplaba en ráfagas irregulares que levantaban remolinos de polvo y salitre, pegando la ropa al cuerpo y haciendo que los ojos escocieran. Pero Kael no se movió. El frío era una incomodidad. Las incomodidades se ignoraban.
Pensó en su madre.
Siempre pensaba en su madre.
La habitación 317. Las máquinas. El pitido constante del monitor cardíaco, aquel sonido que era la banda sonora de su vida desde hacía dos años. Mientras estuviera allí agachado esperando a un criminal de Rango B, ese pitido seguía sonando. Cada segundo que pasaba era un segundo más que su madre estaba atrapada en aquel cuerpo inmóvil, sin piernas, sin voz, sin consciencia.
No podía permitirse esperar demasiado.
Tenía que terminar rápido.
PARTE 2: LLEGA DREX
A las doce menos cinco, dos figuras aparecieron al final del pasillo de contenedores.
Kael tensó los músculos.
La primera figura era un hombre corpulento, de unos cuarenta años, con el cráneo rapado y una barba negra que le cubría media cara. Vestía ropa de trabajo: pantalones de carga, botas de seguridad y una chaqueta reflectante que brillaba bajo la escasa luz de las farolas portuarias. Caminaba con la seguridad de quien ha hecho aquello cien veces y sabe que nadie va a molestarlo.
La segunda figura era un muchacho joven, quizás de diecisiete o dieciocho años, flaco y nervioso, que cargaba una caja de herramientas en las manos. Su cabeza giraba constantemente de un lado a otro, vigilando las sombras. Un novato. Probablemente un aspirante a criminal que Drex había tomado como ayudante.
Kael evaluó la situación.
Dos objetivos. El principal era Drex, Rango B, Osteocinesis. El secundario era un desconocido, probablemente sin poder relevante o con algo de poca monta. Si lo tenía, lo habría usado para defenderse en lugar de cargar herramientas.
El plan era simple: eliminar a Drex lo más rápido posible y, si el ayudante intentaba interferir, eliminarlo también. Sin testigos. Sin piedad.
Kael no estaba allí para hacer amigos.
Estaba allí para salvar a su madre.
Drex se detuvo frente al contenedor 47-B. Sacó una llave de su bolsillo y la insertó en la cerradura. El sello aduanero falso cayó al suelo con un ruido metálico.
—Abre —ordenó al muchacho.
El ayudante se arrodilló junto a la cerradura y empezó a manipularla con una herramienta que había sacado de la caja. Sus dedos temblaban ligeramente. Drex lo observaba con los brazos cruzados, impaciente.
—Más rápido. No tenemos toda la noche.
—Es que esta cerradura es nueva, jefe. No es como las otras.
—No me importa. Abre.
Kael no esperó más.
Se deslizó por el lateral del contenedor con la agilidad de un felino, usando la Propulsión de Vacío en las suelas de las zapatillas para amortiguar el ruido de sus pasos. En tres segundos estaba en el suelo, a quince metros de Drex y su ayudante, oculto tras una pila de palés de madera.
El corazón le latía con fuerza, pero su mente estaba fría. Como siempre. La frialdad era su mejor arma.
Levantó la mano derecha y creó una esfera de Vacío del tamaño de una canica.
Apuntó a la cabeza de Drex.
Y lanzó.
PARTE 3: EL PRIMER ATAQUE
La esfera de Vacío surcó el aire en silencio, negra como un fragmento de noche recortado del cielo.
Pero Drex no era un novato.
En el último instante, algo debió de alertarlo —un cambio en la presión del aire, un reflejo de la esfera en el metal del contenedor, un instinto depredador afinado por años de combate— y se giró bruscamente.
La esfera, que iba dirigida a su cabeza, impactó en su hombro derecho.
El resultado fue devastador.
Un círculo perfecto de carne, músculo y hueso desapareció del hombro de Drex. No hubo explosión, ni sangre al principio, solo una ausencia repentina. Luego, como le había pasado a Garrick, la sangre brotó a borbotones cuando los vasos sanguíneos sellados por la anulación se abrieron al resto del sistema circulatorio.
Drex soltó un rugido de dolor y furia.
—¡Emboscada!
El ayudante se levantó de un salto, soltando la herramienta y mirando a su alrededor con los ojos desorbitados. No tenía ni idea de dónde había venido el ataque.
Kael salió de detrás de los palés.
—Drex —dijo, con voz plana—. Eres un Rango B. Tengo órdenes de capturarte o matarte. No me importa cuál de las dos.
El ayudante dio un paso atrás, aterrorizado. Drex, en cambio, apretó los dientes y se giró hacia Kael. El agujero en su hombro seguía sangrando, pero no parecía afectarle tanto como debería. Su cuerpo era resistente. Muy resistente.