parte 1 EL DISTRITO ESTE
El Distrito Este era un fantasma envuelto en niebla.
A diferencia del Sur, que se pudría a la vista de todos con sus bares de mala muerte y sus polígonos abandonados, el Este se escondía. Las colinas que rodeaban la ciudad estaban cubiertas de bosques densos, robles centenarios y caminos de tierra que serpenteaban entre la vegetación como cicatrices olvidadas. Las mansiones que salpicaban la zona habían pertenecido a familias ricas hacía décadas, cuando el puerto aún traía prosperidad y no solo contrabando.
Ahora eran cadáveres de piedra.
Kael avanzaba por un sendero cubierto de hojas muertas. El amanecer estaba cerca, pero la niebla que subía del valle lo ocultaba todo, difuminando los contornos de los árboles y convirtiendo el paisaje en una acuarela de grises. El frío era húmedo, pegajoso, de ese que se mete en los huesos y no sale ni con fuego.
No llevaba linterna. No la necesitaba. Sus ojos se habían adaptado a la oscuridad durante horas de entrenamiento nocturno en el programa pre-Cazador. Además, la linterna del móvil era inútil cuando tu móvil estaba muerto en una papelera del puerto.
El sendero desembocó en un claro.
Y allí, recortada contra el cielo que empezaba a clarear, se alzaba la mansión.
PARTE 2: LA MANSIÓN DEL REY PÁLIDO
Era un edificio de tres plantas construido en piedra gris, con tejados a dos aguas cubiertos de musgo y gárgolas erosionadas por la lluvia que miraban al visitante con cuencas vacías. Las ventanas estaban tapiadas con tablones, pero entre las rendijas se filtraba una luz tenue, amarillenta, que delataba actividad en el interior. La puerta principal, de madera maciza reforzada con herrajes de hierro, estaba cerrada. Una verja oxidada rodeaba el perímetro, pero estaba abierta, como si el dueño no temiera visitas.
O como si las esperara.
Kael se agachó tras un roble y evaluó el terreno.
No había guardias visibles. No había perros. No había cámaras de seguridad. Eso podía significar dos cosas: o el Rey Pálido era un arrogante que confiaba ciegamente en su poder, o tenía sistemas de seguridad menos convencionales. Trampas. Habilidades de detección. Algo que no se veía a simple vista.
Kael apostó por lo segundo.
Pero no iba a dejar que eso lo detuviera.
Rodeó la mansión pegado a la línea de árboles, buscando un punto de entrada alternativo. Lo encontró en la parte trasera: una puerta de servicio, más pequeña, junto a lo que parecía una antigua carbonera. La cerradura estaba oxidada, pero la puerta estaba entornada.
Demasiado fácil.
Kael se acercó con cautela. Apoyó la palma en la madera y empujó lentamente. La puerta cedió con un quejido de bisagras oxidadas.
El interior estaba oscuro.
Entró.
PARTE 3: EL INTERIOR DE LA BESTIA
El olor fue lo primero que lo golpeó.
No era olor a polvo y abandono, como cabría esperar de una mansión en ruinas. Era olor a antiséptico. A lejía. A hospital.
El pasillo en el que se encontraba era estrecho, con paredes de piedra desnuda y un suelo de baldosas ajedrezadas que habían perdido el brillo hacía décadas. Pero estaban limpias. Demasiado limpias. Alguien las fregaba regularmente.
Kael avanzó en silencio.
El pasillo desembocaba en una cocina abandonada. Los fogones estaban cubiertos de telarañas, pero la mesa central estaba impoluta. Sobre ella, una bandeja con instrumental médico: jeringuillas, vendas, frascos de suero.
No era una cocina. Era una sala de preparación.
El corazón de Kael se aceleró.
Siguió avanzando. La cocina comunicaba con un vestíbulo principal de techos altos, donde una lámpara de araña cubierta de polvo colgaba sobre un suelo de mármol agrietado. Las escaleras principales subían hacia la oscuridad de la planta superior.
Pero Kael no miró hacia arriba.
Miró hacia abajo.
En un rincón del vestíbulo, bajo la escalera, había una puerta metálica. Moderna. Con un teclado numérico junto al pomo. Totalmente fuera de lugar en aquella mansión decrépita.
Una puerta de seguridad.
Un sótano.
Kael se acercó al teclado. No sabía la combinación. No necesitaba saberla.
Apoyó la palma sobre el metal y creó una esfera de Vacío del tamaño de un plato. La puerta dejó de existir en un círculo perfecto. El acero, los cables, el mecanismo de cierre: todo desapareció en un instante de negrura silenciosa.
Kael apartó los restos y entró en el sótano.
PARTE 4: LA JAULA DE LA SANADORA
El sótano era un pasillo largo y estrecho, iluminado por tubos fluorescentes que zumbaban con un ruido irritante. Las paredes eran de hormigón pintado de blanco. El suelo, de baldosas hospitalarias.
A ambos lados del pasillo había puertas de cristal blindado.
La mayoría estaban vacías. Habitaciones blancas, camillas desiertas, monitores apagados. Pero al fondo, en la última puerta de la izquierda, había luz.
Y una figura.
Kael se acercó.
A través del cristal vio una habitación más grande que las otras. Una cama con sábanas blancas. Una mesa con libros y una lámpara. Un lavabo. Un armario. No era una celda. Era un apartamento diminuto, limpio, casi confortable.
Y en el centro, sentada en una silla junto a la cama, estaba ella.
Violet.
Era más mayor que en la foto de la carpeta de la Agencia. Diez años habían pasado. El pelo oscuro que antes le caía sobre los hombros estaba ahora recogido en una coleta apretada, con algunas canas prematuras en las sienes. Su rostro era delgado, anguloso, con pómulos marcados y ojos que habían visto demasiado. Vestía ropa sencilla: un jersey de lana gris, pantalones de tela, zapatillas de estar por casa.
Parecía una prisionera. Pero una prisionera bien tratada.
Levantó la vista cuando Kael se acercó al cristal.
Sus ojos eran de un verde intenso, casi irreal, como esmeraldas flotando en agua clara. Lo miraron con una mezcla de sorpresa, cautela y algo que Kael no supo identificar.