Contrato vacio

El contrato vacio Capitulo 8

parte 1 LA MANO MUERTA

El vestíbulo de la mansión se había convertido en un campo de batalla.

Los agujeros que las esferas de Vacío habían abierto en las paredes dejaban pasar la luz grisácea del amanecer, creando haces de polvo flotante que se entrelazaban como fantasmas. El suelo de mármol estaba salpicado de sangre —la de Kael, la del Rey Pálido— y fragmentos de piedra y madera arrancados por los impactos.

Kael estaba de pie junto a la escalera principal, con el pecho subiendo y bajando agitadamente.

Su mano izquierda colgaba inerte a un lado del cuerpo.

Muerta.

La piel había adquirido un tono grisáceo, como arcilla seca. Los dedos estaban ligeramente curvados, congelados en la posición en la que el Rey Pálido los había tocado. No dolía. Esa era la peor parte. Si doliera, significaría que todavía había nervios vivos, que la sangre seguía fluyendo, que quedaba esperanza.

Pero no dolía.

Era un trozo de carne muerta colgando de su muñeca.

El Rey Pálido seguía en el centro del vestíbulo, sosteniendo el espejo con la mano derecha. El agujero en su hombro izquierdo seguía sangrando, pero no parecía afectarle. Sus ojos blancos, sin pupilas, reflejaban la luz como dos monedas de plata.

—¿Ves lo que te he hecho? —dijo, con aquella voz sibilante—. Un solo toque. Una sola mano. Imagina lo que pasaría si te tocara el pecho. O la cabeza. O el corazón.

—No voy a darte la oportunidad.

—Ya me la has dado una vez. Me la darás otra. Todos lo hacen. La gente cree que puede esquivarme para siempre. Pero basta un error. Un solo error. —Sonrió—. Y tú ya has cometido uno.

Kael miró su mano muerta.

Luego alzó la vista hacia el Rey Pálido.

—¿Sabes cuál es tu error? —le preguntó.

—Ilumíname.

—Pensar que esto me va a detener.

Kael levantó la mano derecha. Una esfera de Vacío apareció sobre su palma, más grande que las anteriores. Del tamaño de un melón. El esfuerzo de mantenerla le hizo temblar el brazo, pero no la soltó.

—Tu toque es letal a corta distancia —dijo—. Tu espejo puede desviar mis esferas frontales. Pero tu habilidad depende de que te acerques a mí. Y tu espejo solo cubre un ángulo.

—¿Y qué propones?

—Esto.

Kael no lanzó la esfera contra el Rey Pálido.

La lanzó al suelo.

PARTE 2: EL HUNDIMIENTO

La esfera de Vacío del tamaño de un melón impactó contra el mármol del vestíbulo con un silencio absoluto.

Y desapareció un cráter.

No un agujero pequeño. No un círculo del tamaño de un plato. Un cráter de dos metros de diámetro que se tragó las baldosas, la capa de cemento bajo ellas y parte del subsuelo de tierra. El suelo del vestíbulo se derrumbó con un estruendo de piedras desplomándose.

El Rey Pálido, que estaba justo en el borde del cráter, perdió el equilibrio.

No cayó. Dio un salto hacia atrás con aquella agilidad antinatural que había mostrado antes. Pero el espejo se le resbaló de la mano. Kael vio cómo caía al fondo del cráter, girando sobre sí mismo, reflejando fragmentos de luz antes de estrellarse contra los escombros y hacerse añicos.

—Adiós al espejo —dijo Kael.

El Rey Pálido se giró hacia él. Su sonrisa había desaparecido. Por primera vez, en sus ojos blancos había algo parecido a la irritación.

—Eres molesto —dijo.

—Me han dicho cosas peores.

Kael no esperó.

Creó dos esferas medianas, una en cada mano —bueno, en la mano derecha y en el espacio sobre su muñeca izquierda, porque su mano izquierda ya no obedecía— y las lanzó en rápida sucesión. La primera apuntaba al pecho. La segunda, a las piernas.

El Rey Pálido esquivó la primera agachándose. La segunda la detuvo con algo que Kael no esperaba.

Su propia manga.

Se quitó la chaqueta con un movimiento rápido y la usó como un escudo improvisado. La esfera impactó contra la tela y la atravesó limpiamente, pero para cuando llegó al cuerpo del Rey Pálido, su trayectoria se había desviado lo suficiente como para solo rozarle las costillas. Otro arañazo superficial. Otro hilo de sangre oscura.

—Eres hábil —admitió el Rey Pálido, arrojando la chaqueta hecha jirones al suelo—. Pero sigues teniendo un problema. Cada vez que atacas, te acercas más a mí. Y cada vez que te acercas, yo tengo más oportunidades de tocarte.

—Entonces no me acercaré.

Kael dio un paso atrás.

Y luego otro.

Y otro más.

Se estaba alejando. Retrocediendo hacia la puerta principal.

El Rey Pálido frunció el ceño.

—¿Huyes?

—No. Te llevo a donde quiero.

Kael salió al exterior.

PARTE 3: EL PRIMER RAYO DE SOL

El amanecer había ganado la batalla contra la niebla.

Los primeros rayos de sol se filtraban entre los robles centenarios, tiñendo el claro de la mansión de un dorado pálido. El rocío brillaba sobre la hierba como miles de diamantes diminutos. El aire olía a tierra mojada y a hojas podridas.

El Rey Pálido salió tras Kael.

La luz del sol le dio de lleno en el rostro.

Y por primera vez, Kael vio algo que no había notado en la oscuridad del vestíbulo.

La piel del Rey Pálido no era simplemente pálida. Era translúcida. Como el papel de cebolla. Bajo la luz natural, Kael podía ver la red de venas azuladas que recorrían sus sienes, sus mejillas, su cuello. Sus ojos blancos, que en la penumbra parecían simplemente vacíos, ahora mostraban un iris apenas perceptible, de un gris tan claro que casi se confundía con la esclerótica.

No era un fantasma. No era un demonio. Era un hombre.

Un hombre con una habilidad terrible, pero un hombre al fin y al cabo.

Y los hombres sangraban.

—¿Crees que la luz del sol me debilita? —preguntó el Rey Pálido, con una risa seca—. ¿Has leído demasiadas novelas de vampiros?

—No. Pero quería verte bien la cara. Para recordarla.

—¿Para recordarla? —El Rey Pálido inclinó la cabeza—. ¿Tan seguro estás de que vas a sobrevivir?



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En el texto hay: acción / suspenso

Editado: 26.04.2026

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