parte 1 ELSUS COBRA
Dos días después del funeral de su madre, Kael recibió una llamada.
No a su móvil —seguía destrozado en una papelera del puerto—, sino al teléfono fijo de la residencia donde había pasado las últimas noches. Una residencia barata, de esas que alquilaban habitaciones por horas, con paredes de papel y un olor permanente a tabaco rancio.
La voz al otro lado era inconfundible.
—Has matado al Rey Pálido —dijo Elsus—, has liberado a Violet. Estoy impresionado. De verdad. No pensé que sobrevivirías.
—¿Qué quieres?
—Directo como siempre. Me gusta. —Elsus hizo una pausa—. Quiero cobrar mi segundo favor.
—Dime.
—Quiero a Violet.
El silencio que siguió fue más frío que el mármol de la mansión del Este.
—No —dijo Kael.
—Es mi favor. Me lo debes. Tú mismo aceptaste el trato.
—No voy a entregarte a Violet.
—Kael, Kael... —Elsus soltó un suspiro teatral—. No te estoy pidiendo que me la entregues atada con un lazo. Solo te pido que no interfieras cuando mis hombres vayan a buscarla. Es un favor sencillo. Te apartas, miras para otro lado, y quedamos en paz para siempre.
—No.
—¿Por qué no? ¿Porque ahora eres su protector? ¿Porque crees que tienes algo que demostrar? Ella es una criminal buscada por media docena de gobiernos. Tú eres un Cazador. Tu trabajo es entregarla.
—Mi trabajo era encontrar una cura para mi madre. Mi madre está muerta. Ya no tengo trabajo.
—Entonces no tienes nada que perder.
—Tengo a Violet. —La voz de Kael sonó más dura de lo que pretendía—. Le prometí que sería libre. Y pienso cumplirlo.
Elsus guardó silencio unos segundos.
—Muy bien —dijo al fin—. Si quieres hacerlo por las malas, lo haremos por las malas. Tengo gente que me debe favores. Gente peligrosa. Gente que no se andará con miramientos. Piensa bien lo que vas a hacer, Kael. Porque una vez que esto empiece, no habrá vuelta atrás.
—Que vengan.
Y colgó.
PARTE 2: LA GENTE DE ELSUS
Vinieron aquella misma noche.
Eran seis. Kael los contó desde la ventana del segundo piso mientras se acercaban al edificio de apartamentos donde Violet se alojaba temporalmente. No eran Cazadores. No eran criminales de alto rango. Eran mercenarios de poca monta, matones con habilidades mediocres que le debían favores a Elsus y esperaban saldar sus deudas con sangre.
Uno podía lanzar ráfagas de aire comprimido. Otro tenía garras metálicas implantadas quirúrgicamente, no una habilidad sino una modificación corporal. Un tercero podía volverse invisible durante treinta segundos. Los otros tres tenían armas de fuego y la desesperación de quien no tiene nada que perder.
Kael los mató a todos.
Fue rápido. Fue limpio. Fue frío.
El del aire comprimido recibió una esfera en el pecho antes de poder levantar las manos. El de las garras metálicas intentó un ataque cuerpo a cuerpo y perdió ambas manos en un instante, luego la cabeza. El invisible fue detectado por el Radio de Aniquilación cuando intentó colarse por una ventana; la esfera que lo recibió lo atravesó antes de que pudiera volverse visible de nuevo.
Los otros tres murieron sin saber qué los había matado.
Kael salió del edificio cubierto de sangre ajena y caminó hacia el muelle viejo.
PARTE 3: EL FIN DE ELSUS
La Última Marea estaba vacía.
Las mesas estaban recogidas. Las sillas, apiladas contra las paredes. La lámpara de araña hecha con cabos de cuerda seguía encendida, pero su luz temblorosa solo iluminaba una figura solitaria sentada en la mesa del rincón.
Elsus.
Con su jersey verde de lana. Su barba blanca. Su taza de café intacta.
—Sabía que vendrías —dijo, sin levantar la vista—. Seis hombres. Mis mejores deudores. Y los has matado a todos.
—Me debes un favor —respondió Kael.
Elsus levantó la vista, confundido.
—¿Yo te debo un favor a ti?
—Sí. El de no haberte matado en el hospital.
—Ah. —Elsus esbozó una sonrisa cansada—. Eso fue un favor, sí. Pero no me debes nada. Yo te di la pista de Orin. Te presenté a Drex. Sin mí, no habrías encontrado a Violet. Sin mí, tu madre habría muerto sin que movieras un dedo.
—Mi madre murió de todas formas.
—Eso no es culpa mía.
—No. —Kael levantó la mano derecha—. Pero vas a pagar igual.
—Espera. —Elsus alzó las palmas—. Antes de que hagas lo que has venido a hacer, déjame decirte una cosa.
Kael esperó.
—Te he observado durante semanas. He visto cómo cazabas a Garrick, cómo venciste a Orin, cómo destrozaste a Drex, cómo mataste al Rey Pálido. Eres el Cazador más letal que he conocido en treinta años. Y tienes quince. ¿Sabes lo que significa eso?
—No.
—Significa que eres un monstruo. Pero un monstruo con propósito. Y eso es lo más peligroso del mundo. —Elsus se reclinó en la silla—. Merezco morir. He hecho cosas terribles. He vendido información que ha matado a inocentes. He traficado con secretos. He enviado a gente como tú a la muerte solo para ver qué pasaba. Pero tú no eres mejor que yo.
—Lo sé.
—Entonces, ¿por qué quieres matarme?
—Porque le prometí a Violet que sería libre. Y mientras tú estés vivo, no lo será.
—Justicia poética. —Elsus sonrió—. Me gusta. Adelante, pues.
Kael apoyó la palma de la mano sobre la cabeza de Elsus.
—¿Alguna última palabra?
Elsus lo miró a los ojos por última vez.
—Cuídala. Es lo único que te queda.
—Lo sé.
Pum.
PARTE 4: LA VISITA DE ORIN
Tres días después, alguien llamó a la puerta del apartamento de Violet.
Kael abrió.
Era Orin.
El viejo Cazador llevaba ropa de calle, no la camisa de franela y las botas de trabajo del bosque. Parecía más delgado, más cansado, pero también más ligero, como si un peso invisible hubiera desaparecido de sus hombros.
—Me enteré —dijo, sin preámbulos—. Lo del Rey Pálido. Lo de tu madre. Lo de Elsus.