Convaleciendo al corazón

Capítulo 16

Savannah

—Definitivamente no estaba así anoche.

Tras soltar un bostezo me tallo los ojos con pereza. Llevo la vista hasta Jareth, quien sigue durmiendo cómodamente, ausente del conflicto interno que me ha generado.

No debería tomarle importancia al hecho de que no solo se ha tomado la molestia de acomodarme correctamente en la cama, sino que se ha asegurado de que no pasara frío, pero me es imposible, más aún con el vívido recuerdo del beso que compartimos.

Sacudo mi cabeza en una negativa, ni el beso ni ésto tienen que significar algo, puede que, como suele decirme, solo se haya preocupado por mí y buscó ser amable. Sí, eso debe ser. Una mueca se dibuja en mis labios, ni lo uno ni lo otro me dejan tranquila.

Hago la cobija a un lado e inmediatamente me pongo de pie con la única idea de iniciar mi día con la mayor normalidad posible, sin preocupaciones inexistentes ni, mucho menos, sentimientos asfixiantes que lo arruinen por completo. De modo que siendo mucho más positiva que de costumbre, camino hasta el pequeño armario que tenemos en la habitación y saco unos jeans acampanados azul oscuro y una blusa tipo suéter morada.

Una vez lista me aseguro por última vez de traer la llave y el celular conmigo, tomo mi mochila y abandono la habitación en un santiamén, todo por no tener que hablar con Jareth. Por más positiva que esté siendo no sé si quiero escuchar lo que sea que él tenga por decir y, todavía peor, no tengo la menor idea de siquiera si hay algo que yo quiero decirle.

Sé que, pase lo que pase, me mantendré firme en mi postura, así que no entiendo por qué lo sigo evitando, menos cuando bien sé que tarde que temprano tendremos que dejar todo atrás y hacer como si nada hubiera pasado. Después de todo no solo somos compañeros de clases, sino también de habitación, cosa que lo complica todo.

Elimino el espacio entre el edificio oeste y el comedor en el edificio principal. Todavía falta una hora para que sirvan el desayuno, pero espero poder convencer una vez más a alguna de las cocineras de que me pase algo.

—Buenos días, hija, has vuelto a llegar temprano —apunta Margaret, una señora regordeta que es de lo más amable y tan dulce como la miel.

—Buenos días, Margaret —saludo—. ¿Crees que podrías volver a hacer una excepción por mí?

Nadie está en el comedor a esta hora, por lo que me permito adoptar un comportamiento infantil. Bato las pestañas, pongo ojos de cachorrito a la par que hago un mohín y junto las palmas de mi mano.

Margaret ríe y niega con la cabeza, haciéndome pensar que me dará por mi lado, claro, hasta que habla—. Lo siento, pero esta vez tendrás que esperar, hemos tenido algunos inconvenientes en la cocina y estamos un poco retrasadas.

No me pasa desapercibido el cambio de tono en su voz, que ahora se escucha acongojado, mucho menos el suspiro que ha soltado, detonando todas mis alarmas, con todo, me obligo a mantener la calma y mostrar más curiosidad que preocupación cuando pregunto:

—¿Problemas? ¿Ha pasado algo grave?

—Ivette ha tenido un infarto, y no solo eso, al caer se tiró encima una olla con agua hirviendo. Los paramédicos acaban de llegar. —Suspira una vez más y no puedo evitar contagiarme por su angustia, pero quiero intentar animarla.

—¿Sabes? Yo puedo ayudarles en la cocina para que esté todo lista para el desayuno —propongo en un tono consolador.

Margaret parece dudar algunos segundos pero finalmente accede, por lo que atravieso una puerta que dice: “Solo personal autorizado” y me adentro en la cocina, encontrándome con el desastre que ha causado tanta conmoción.

En una esquina están dos mujeres de unos 60 años, al igual que Margaret, llorando por Ivette, quien esta tendida en el piso y recibiendo RCP por parte del paramédico.

La tensión en el aire me abruma en cuestión de segundos, pero trato de ignorar mis propias emociones para poder servir de algo aquí, y no encuentro lugar donde pueda ser más útil por el momento que intentando tranquilizar al par de mujeres. Camino hasta ellas y las tomo a ambas de la mano en un intento por transmitirles algo de paz.

—Hola, mi nombre es Savannah, y entiendo perfectamente cómo se sienten, pero es importante que se tranquilicen, ésto también podría afectar su salud. Además todo va a estar bien, los paramédicos ya están aquí, ¿y ven? —digo señalando a donde los paramédicos se encuentran colocando a la pobre Ivette sobre una camilla, lo más seguro para trasladarla a la ambulancia—. Van a llevarla a un hospital para brindarle mejores cuidados. Ahora lo mejor que podemos hacer es preparar todo para que el desayuno se sirva a tiempo.

Luego de unos 10 minutos logro hacer que se calmen y sean capaces de volver a sus actividades. Enseguida me dirijo hacia Margaret, quien es, aparentemente, la más calma de todas.

—Voy a conseguir un trapeador antes de que haya otro accidente.

Señalo el charco de agua que se ha creado en el piso, y apenas termino de hablar salgo de la cocina para buscar a algún conserje o el cuarto de limpieza, lo que se me atraviese primero. Ya que lo consigo camino de regreso a la cocina, donde parece haber un poco más de orden, y paso el trapeador por el charco hasta secarlo.

Repito el recorrido para dejar el trapeador en su lugar y tras lavarme las manos me la paso de un lado a otro, ayudando a las mujeres a terminar con sus tareas asignadas y hacer lo que hacía falta, asegurándome de que las cosas no volvieran a salirse de control. Incluso, de vez en cuando, suelto algún chiste, adivinanza o anécdota para subirles el ánimo.

Al cabo de una media hora comenzamos a servir los platos, de modo que para las 7:00a.m., que es la hora a la que empiezan a llegar los alumnos, somos capaces de irle entregando a cada uno su respectivo plato. El problema estuvo en que se me ocurrió que, ya que estaba ayudándoles todo lo posible, también podría colaborar en ello, aunque no contaba que justo a la persona que no quería ver, me tocara entregarle su plato.




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