Los tacones de sus botas resonaban con fuerza sobre el empedrado de la calle, elevándose por encima de la cacofonía de risas y voces que parecían provenir de todas direcciones, pero, sin importar hacia dónde mirara, Ela no lograba ver a nadie.
Las luces de la ciudad contrastaban con el naranja y rosa pálido que teñían el cielo nublado, mientras la brisa arrastraba esos aromas tan familiares, tan reconfortantes. Y esa vez no difería mucho: se sentía, hasta cierto punto, tranquila… casi letárgica. Pero, muy en el fondo, algo se sentía incómodo. Mal.
Cada paso la alejaba más. El ruido comenzaba a sentirse ahogado; la brisa, que alguna vez trajo dulces y cálidos perfumes, ahora se tornaba más y más fría. Las luces seguían ahí, las veía… pero por algún motivo ya no iluminaban. Ela, que apenas ahora parecía notar los cambios, centró su atención. {{¿Traía su uniforme? ¿Dentro de la ciudad? ¿Qué podría estar pasando que ameritara…?}}
Apresuró el paso. Un sentido de urgencia se apoderó de ella. Las risas, las voces, el eco de sus tacones: todo se apagaba tras su trote nervioso. Más pronto que tarde, ya estaba corriendo entre las calles de Sköldrheim, perdiéndose entre avenidas principales y callejuelas intrincadas. La luz natural había desaparecido, y solo quedaban los faroles de las calles… y otras, nuevas, provenientes de balcones y grandes ventanales. Algunos vacíos. En otros, siluetas inmóviles y borrosas apenas se dejaban distinguir.
Uno de los ventanales tenía marco, pero no vidrio. Aun así, por un instante, Ela creyó ver su reflejo. Pero no era ella. Era otra mujer. Mayor. Con el mismo escudo… y sangre en el costado.
—¡Isabella!
Bella...
ELA...
Escuchaba su nombre a lo lejos. ¿Su madre? ¿Sus compañeros? ¿Su padre?
Cada vuelta de esquina aumentaba su desesperación. Su respiración agitada se hacía más audible. Las calles le eran familiares, pero no lograba identificar en qué distrito estaba. Y justo cuando estuvo por darse por vencida…
—GONG.
Una campanada disruptiva quebró su pensamiento. La sacó del estupor. A lo lejos, se erguía un torreón sobre un robusto edificio.
—¡El Arkanvm! —Su voz cambió de inmediato. Sonaba más tranquila, con un atisbo de claridad—. Quizás debería acercarme a busc...
—¡Ela!
Una voz cortó sus pensamientos en seco. Esta vez, mucho más clara. Esta vez… sí sabía de quién provenía. Al girar, ahí estaban, detrás de ella, expectantes.
—¡Chicos! —La felicidad afloró en su tono—. No saben cuánto me alegra verlos… ¡Pentagrama, en formación!
Cuadró su postura, esperando que sus compañeros hicieran lo mismo. Pero nada ocurrió.
—¿Maeve? ¿Kaido? —Sus rostros lucían sombríos, distorsionados. La oscuridad impedía verlos bien—. ¿Eogan?
Los rostros parecían los suyos… pero algo en sus ojos estaba mal. Fijos. Demasiado abiertos. Como si miraran, pero no vieran.
Su postura se relajó; la incomodidad era ahora visible en su mirada. Apretó la mandíbula. Tensión en sus labios.
—¿Amara...?
Nadie respondió.
—Por favor, dejen los juegos. Tenemos cosas que hacer. A mi paso.
Ela dio media vuelta. Ya no corría, pero su paso era firme, decidido, en dirección al edificio del Arkanvm. Tras ella, escuchó las pisadas de sus compañeros… aunque, otra vez, lejanas, con eco. Temió volverse y no encontrarlos allí. Pero no se detuvo. Siguió.
Al llegar al portón, algo no cuadraba. Cada paso que daba hacia el edificio lo mostraba distinto: menos brillante, menos majestuoso. Grietas emergían por doquier, como si siempre hubieran estado ahí y ella nunca las hubiera notado.
Las grietas no eran solo grietas. Algo las cubría. Una capa arenosa, húmeda. Como si el edificio hubiera sido devuelto desde la tierra misma. Como si hubiera estado sepultado.
Enredaderas crecían desde lugares improbables. Uno de los pilares cayó de lado, sin más. Ela se detuvo. Algo estaba profundamente mal.
Aun así, llegó a las puertas. Lentamente, comenzó a empujarlas, con esperanza de ser recibida. Que alguien corriera a ayudarla. Que alguien la saludara. Nadie lo hizo.
Todo estaba a oscuras. Solo la luz lunar se filtraba por ventanales sin cristal. Cuando finalmente logró abrir los portones por completo —que chirriaban, como si resistieran—, una de las hojas cayó al suelo. El golpe fue seco, pesado, levantando una nube de polvo. Pero lo más desconcertante no fue eso: no era la recepción que recordaba.
Parecía… una librería. O un archivo viejo. Estanterías repletas de libros, cajas que Ela solía ver llenas de documentos, pilas desordenadas en el suelo.
—¿Pentagrama? Respondan... —Ela se giró. Ya no escuchaba sus pisadas. Ya lo sabía.
Estaba sola.
Una hoja salió disparada desde una estantería y se deslizó hasta sus pies. Estaba arrugada, húmeda. Ela se inclinó a recogerla. Runas medio trazadas, quemadas en sus bordes. Alcanzó a leer apenas una palabra:
FOSCAR...
Y luego se deshizo en ceniza.
GGRRAK.
Un crujido lejano. Algo se rompía. Ahogado.
CLONK.
—¿Esa es...?
CLONK.
—Ah, sí. Esa es.
CLANK.
Un último retumbar seco. Objetos pequeños cayendo sobre una superficie metálica. El sonido era inconfundible.
...La campana.
Después del último golpe, Ela creyó escuchar algo más. No sobre el suelo... sino bajo él. Como si algo respondiera. Un eco grave. Lento. Como un rugido dormido.
Su atención volvió al interior. El estruendo la había sacado del trance, pero ahora algo más dentro de la habitación la llamaba.
—¿Y tú qué haces ahí? —Ela dio pequeños pasos hacia el objeto de su atención—. ¿Cuánto tiempo llevas aquí?
Una mariposa.
Pequeña, de alas negras como la obsidiana, con detalles rojo sangre. Posada sobre una pila de libros caídos.
Ela se acercaba con cuidado, temiendo espantarla. La mariposa alzó el vuelo. A oscuras, Ela apenas podía seguirla. Solo cuando la luz tocaba sus detalles carmesíes distinguía su camino.