Sus pisadas se hundían lentamente en la arena áspera que cubría las colinas desérticas. El hombre avanzaba con la mirada ausente, siguiendo un rastro invisible; algo que llevaba tanto tiempo persiguiendo, que ya no sabía si realmente seguía buscando encontrarlo… o si simplemente había olvidado cómo detenerse.
En su cabeza, una voz femenina resonó una vez más, arrogante, casi divertida.
—Así que esto elegiste al final… ¿eh? Perderte en medio de la nada. Arrastrarnos contigo hacia la muerte. Si vas a desperdiciar así tu cuerpo, al menos déjaselo a alguno de los dos.
Otra voz respondió antes de que él pudiera hacerlo. Grave. Profunda. Como si emergiera desde el fondo de una grieta interminable.
—¿A alguno de los dos? No. A mí. No confíes en esa criatura. Yo sí sabré darle uso a lo que queda de ti.
Entonces él apretó los dientes, cerrando los ojos apenas un instante mientras el viento seco golpeaba contra su rostro.
—Estoy cansado… y no tengo ánimos de escucharlos.
El silencio cayó durante unos instantes. Incluso las voces parecieron replegarse hacia algún rincón lejano de su mente, dejando atrás únicamente el sonido de sus pasos hundiéndose en la arena y el silbido del viento atravesando las colinas vacías.
Hasta que algo, a lo lejos, llamó su atención.
Un hilo delgado de humo se alzaba entre las dunas, apenas visible contra el horizonte pálido, desvaneciéndose lentamente en el aire.
Sin decir palabra, el hombre levantó apenas la mirada y enderezó un poco la postura antes de comenzar a caminar hacia allí, paso a paso, dejando que el viento siguiera golpeándole el rostro. La voz femenina soltó un suspiro molesto, aunque esta vez no insistió.
Y por un rato, las voces guardaron silencio.
Horas, quizás.
Hasta que finalmente algo volvió a aparecer frente a él.