Largas y livianas zancadas. Las tejas crujían débilmente bajo cada pisada mientras Kaido avanzaba por los tejados, la mirada descendiendo hacia callejuelas y corredores estrechos, escudriñando cada rincón mientras intentaba descifrar la mejor ruta a seguir. A lo lejos, los esqueletos de edificios derruidos recortaban el horizonte bajo la penumbra húmeda de la madrugada.
Su atención se afilaba en los pequeños detalles, buscando cualquier cosa fuera de lugar. Algunas farolas parpadeaban erráticamente; otras, completamente muertas, apenas dejaban manchas dispersas de luz sobre el camino.
Conforme se adentraba más en la villa, comenzó a notar cambios sutiles en las construcciones. Menos grietas. Menos madera improvisada. Menos escombros acumulados entre las calles.
—Me estoy acercando al centro de la villa… creo que ya puedo volver.
Entonces, un lento chirrido de madera húmeda atravesó el silencio y le cortó el pensamiento a la mitad.
Kaido se detuvo apenas un instante.
—Eso no sonó lejos… Debería regresar ya, pero quizá sea algo útil.
Sin perder tiempo, cambió de dirección. Saltó de un tejado a otro, deslizándose entre ranuras angostas y muros ladeados con movimientos ligeros, casi invisibles entre las sombras.
Unos minutos después, otro sonido confirmó que avanzaba en la dirección correcta: pisadas húmedas, torpes, arrastrándose sobre barro y adoquines sucios.
Desde una cornisa, medio agazapado, logró divisarla.
Una mujer caminando sola por la calle.
—Así que usted es quien llamó mi atención… —murmuró para sí mientras descendía un poco más el cuerpo, observándola mejor.
La mujer avanzaba con nerviosismo, encorvada sobre sí misma, girando la cabeza constantemente hacia los alrededores como si esperara encontrar algo entre la oscuridad.
—Pero ¿qué hace caminando sola a estas horas…?
Vestía ropa claramente pensada para el campo: botas gruesas cubiertas de barro, una falda de doble fondo y una capa encapuchada para protegerse de la llovizna. En la mano derecha cargaba una cubeta metálica; con la otra mantenía la capucha sujeta con fuerza contra el viento.
Kaido entrecerró apenas la mirada.
—Hmm… tiene sentido. Sigue siendo una villa pequeña. Aunque no vi ningún pozo al entrar… quizá esté más cerca del centro. Debería…
La mujer dio un último vistazo a su alrededor y aceleró el paso. Seguía viéndose torpe y nerviosa, pero ahora había más urgencia que duda en sus movimientos. Kaido se enderezó apenas, aún ligeramente agachado, y comenzó a seguirla desde los tejados. De cualquier manera, si quería volver con los demás, tendría que compartir parte de la ruta con ella durante un par de calles.
—Imagino que renovaron edificios cerca del pozo… si es que hay uno. Supongo que pronto lo veré de frente…
Sus pies comenzaron a girarse de camino de vuelta.
—Debo reportar la ruta de acce—
Algo lo detuvo. No eran solo las pisadas de la mujer. Algo más se arrastraba entre las calles, acompañado por una respiración pesada y húmeda que le erizó la nuca.
{{Mierda…}}
Un grito ahogado, seguido por el golpe metálico de una cubeta contra el empedrado, confirmó sus sospechas. Había algo más ahí.
Las extremidades de Kaido comenzaron a tensarse: piernas, brazos, hombros, cuello. Las cosas estaban por torcerse… y mucho más rápido de lo que habría querido.
—¡NO! ¡A-Aléjate!
Kaido giró hacia el grito casi por reflejo. Se deslizó por un tejado inclinado para acercarse, deteniéndose justo en el borde, a punto de lanzarse por impulso.
Entonces lo vio.
Un segundo individuo. Un hombre. Sus prendas estaban sucias, empapadas, y sus movimientos resultaban erráticos, torpes… pero demasiado rápidos para verse naturales. Saltó sobre la mujer como un animal salvaje, aplastándola contra el suelo con violencia.
Mierda. ¿Pero qué…?
El corazón le retumbaba en el pecho, las piernas le temblaban. Quería bajar y ayudarla, pero estaba solo. Nadie del equipo sabía hacia dónde había ido.
Pensamientos rápidos cruzaron su mente. No parecía físicamente más fuerte que él… pero ¿y si hacía algo más? Kaido nunca había sido bueno identificando cosas. No como Maeve. Aunque claro, ese era justamente su fuerte.
—¡GARGHHH…!
El grito desgarrador y húmedo lo arrancó de su parálisis. Aquello le había mordido la clavícula. Kaido se irguió de golpe. Tenía que actuar, pero el movimiento fue demasiado brusco.
Una teja vieja bajo su pie cedió al instante, quebrándose en pedazos que se estrellaron contra el suelo con un estruendo seco. El sonido retumbó por toda la calle, suficiente para que aquello levantara la mirada.
—Genial… como si tuviera opción ahora.
La mujer sollozaba entre hipidos, pidiendo ayuda. Y la criatura… la criatura alzó lentamente el rostro. Kaido sintió el escalofrío recorriéndole la espalda cuando aquellos ojos se clavaron en él.
Adiós sigilo… qué remedio.
Kaido arrancó otra teja y la lanzó con toda su fuerza. El proyectil impactó de lleno contra la frente del monstruo, que seguía encorvado sobre cuatro extremidades encima de la mujer. El golpe seco cortó abruptamente tanto los gruñidos como el llanto.
La criatura retrocedió con violencia. Luego se incorporó a medias y, de forma súbita, echó a correr directamente hacia Kaido.
—¿Pero si estoy encima de la cas—? ¡AHH!
El sobresalto lo dejó descolocado: el hombre —la cosa— comenzó a escalar la pared como una araña.
—¡Kuso! ¡Kuso, KUSO!
Sus pies se movieron antes de que pudiera terminar de pensar. El sigilo ya estaba completamente arruinado… pero eso no significaba que no pudiera intentar perderlo en el camino.