[[Mercur 65 de Invierno | 5:47 de la mañana | Ingreso a Belsarre]]
Desde la cabina del Bastión, el sonido sordo de la lona ondeando sobre el techo acompañaba el ligero retumbar del motor al ralentí. Maeve, recargada contra la ventana abierta del copiloto, agitaba el brazo con energía.
—¡Vamos, Capitana! —murmuró, más para sí misma que para alguien afuera.
Tras hacer la señal, se dejó caer nuevamente en el asiento. Acomodó el codo sobre la orilla de la ventana y apoyó la mejilla en la palma, usando el brazo como un trípode improvisado. Desde ahí, su mirada descansó sobre la figura de Ela, que apenas se había girado para devolver el saludo antes de alzar la lanza hacia la entrada de la villa.
Maeve frunció apenas el ceño.
—¿Qué crees que haya sido lo que llamó la atención de la Capitana… y de Amara?
El silencio se sostuvo unos segundos.
Lo único que respondió al inicio fue el suave cambio de marchas de la caja de velocidades, seguido por el familiar zumbido del Bastión comenzando a avanzar. Un rugido lento y pesado acompañó el impulso metálico de los neumáticos con remaches metálicos devorando el terreno húmedo.
—Lo notaste, ¿verdad? —insistió Maeve, sin apartar la vista del frente—. Estaban hablando y algo las hizo girar al mismo tiempo. No alcancé a escuchar qué fue desde aquí, pero ambas reaccionaron igual.
Un par de segundos después, Eogan respondió. Su voz seguía serena, aunque algo más rígida de lo habitual.
—Sí… lo noté. Tampoco escuché qué fue. Pero sea lo que sea, estamos entrando sin que Kaido haya vuelto. Si algo llamó su atención… quizá nos estemos acercando a problemas.
Maeve desvió la mirada hacia él apenas un instante. Eogan mantenía ambas manos firmes sobre el volante, los ojos atentos al arco de entrada que comenzaba a tragarse lentamente la sombra del vehículo.
Afuera, Ela y Amara avanzaron apenas lo suficiente para abrir paso entre las callejuelas y permitir el ingreso del Bastión. Caminarían desde fuera, una a cada lado del vehículo, funcionando como escoltas, listas para reaccionar ante cualquier cosa que pudiera moverse entre las sombras.
La única iluminación provenía del gris azulado de la madrugada cayendo sobre tejados y faroles apagados. Solo los reflectores del Bastión rasgaban la oscuridad, arrancándole fragmentos de forma a una calle angosta y retorcida que se extendía hacia el interior de la villa como una lengua negra.
Fue entonces cuando regresó.
Con un par de brincos rápidos, aunque cuidadosamente medidos, Kaido descendió entre balcones, cornisas y repisas. Se impulsaba de borde en borde con movimientos ágiles y precisos, dejándose caer hasta aterrizar con un golpe sordo justo frente al Bastión. —¡Capitana!
Maeve se incorporó de inmediato desde el asiento del copiloto. Eogan redujo ligeramente la marcha del Bastión. Afuera, Ela y Amara giraron hacia Kaido casi al mismo tiempo.
Ela dio un paso al frente, sosteniendo la lanza con firmeza.
—Qué bueno que vuelves.
Amara lo alcanzó apenas un segundo después.
—¿Estás herido? ¿Pasó algo?
Kaido respiraba con fuerza. No parecía lesionado, pero el aliento agitado lo delataba.
Había estado corriendo.
—Estoy bien —respondió rápido, dirigiéndose principalmente a Ela—. No me pasó nada… pero creo que tenemos problemas. Y creo que vienen para acá.
Tomó aire una vez más antes de continuar.
—Me encontré con algo…
Su voz perdió fuerza por un instante.
—Alguien. O algo.
Ela y Amara permanecieron atentas mientras el Bastión avanzaba unos metros más, quedando paralelo a ellos y bañando parte de la calle con la luz de los reflectores.
—Era un hombre. Vestía como un civil… pero atacó a una mujer. La lanzó al suelo y le mordió la clavícula.
Tragó saliva. Evitó por un momento la mirada de Maeve.
—Después de eso me vio… y empezó a correr hacia donde yo estaba.
No explicó cómo fue descubierto.
Tampoco intentó hacerlo.
Hubo una pausa breve. Apenas un desfase en el relato. Lo suficiente para que Ela lo notara.
—Ya no había mucho que hacer. El sigilo ya estaba arruinado —añadió con un leve gesto de hombros—. Así que decidí acercarme otra vez… para que, si algo pasaba, no me tocara solo a mí.
Ela entrecerró apenas los ojos.
Kaido había preferido regresar hacia el grupo antes que enfrentarse a aquello solo.
—No lo seguí después de eso —concluyó—. Apenas me alejé, no quise volver a darme la vuelta. No me alcanzó… pero no me tranquiliza nada que pudiera hacerlo.
Eogan giró apenas el rostro desde el asiento del conductor mientras la marcha del Bastión terminaba de detenerse.
Kaido apenas alcanzaba a concluir sus palabras cuando un gruñido se coló entre los edificios, reverberando con un eco húmedo y apagado.
No fue un sonido sutil.
Aunque parecía venir de lejos, había algo rasposo en él que ponía los sentidos en alerta de inmediato. La distancia resultaba difícil de calcular; quizá seguía lejos… o quizá las calles deformaban el sonido entre los muros de la villa.
Kaido giró parte del cuerpo intentando ubicar la dirección exacta. Ela alzó la mirada casi al mismo tiempo, mientras Maeve se incorporaba apenas desde la ventana del copiloto y Eogan endurecía el gesto detrás del volante.
El gruñido volvió a escucharse.
Esta vez acompañado de tropiezos. Algo golpeando superficies. Madera astillándose contra el suelo. Un sobresalto les entrecortó la respiración y tensó el cuerpo casi al mismo tiempo.
Un bulto húmedo acababa de desplomarse sobre el empedrado frente a ellos…