El cuerpo se desplomó desde un segundo nivel como una marioneta sin hilos, girando torpemente antes de estrellarse contra el empedrado. El impacto sonó húmedo, violento, pero no hubo grito ni intento alguno de amortiguar la caída. La figura volvió a incorporarse casi de inmediato, torciendo una pierna al levantarse como si el dolor no significara nada.
Había caído justo frente al escuadrón.
Ela y Amara reaccionaron al instante, acomodándose en posición defensiva incluso antes de terminar de procesar lo que tenían enfrente. Kaido no necesitó más: desenvainó ambas dagas y retrocedió de un salto hasta alinearse junto a ellas.
El Bastión terminó de frenar con un estruendo metálico. Apenas después se escuchó el clic brusco del cinturón liberándose; Eogan ya se preparaba para bajar.
Maeve abrió la puerta de golpe y descendió de un salto, ligera, con una mano extendida hacia el frente incluso antes de tocar el suelo.
El individuo —o lo que fuera aquello— levantó lentamente la cabeza.
Y echó a correr hacia ellos.
El trote llegó de golpe, descompuesto, demasiado rápido para la forma en que el cuerpo parecía doblarse sobre sí mismo, movimientos retorcidos, muy alejados de lo que ellos podrían imaginar como humanos.
Amara giró el torso elevando su lucerne como un martillo a dos manos, la pesada cabeza del arma lista para descargar un golpe descendente. Ela plantó el escudo al frente y retrasó apenas la lanza, alineando la punta para un empuje directo. Kaido flexionó ligeramente las rodillas, acomodando el peso entre ambos pies mientras seguía el avance de la criatura con las dagas preparadas.
Y justo cuando aquello estaba a apenas unos pasos de ellos:
—THALUMBËA.
Maeve.
Una estela zigzagueante atravesó la calle acompañada de pequeños destellos que se intensificaban conforme avanzaba. El impacto golpeó de lleno el rostro de la criatura. Esta echó la cabeza hacia atrás en un reflejo brusco, como si una luz intensa le hubiera atravesado los ojos, pero la propia inercia terminó traicionándola. Trastabilló, cayó de bruces contra el empedrado…
Y no volvió a moverse.
El único sonido que permanecía era el ronroneo grave del Bastión, inmóvil todavía, aunque con el motor encendido, la calle quedó sumida en una quietud incómoda. Los jadeos de esa… cosa, apenas perceptible por debajo de los ruidos del vehículo.
Eogan, que ya había salido del vehículo, permanecía junto a la puerta del conductor con el antebrazo apoyado sobre el marco metálico, observando la escena con una mezcla de sorpresa y desconcierto. No esperaba que todo terminara tan rápido.
Ela, Amara y Kaido seguían en guardia, las armas aún alzadas, atentos al menor movimiento extraño del cuerpo tendido sobre el empedrado. Pero nada ocurrió.
Poco a poco, la tensión comenzó a abandonarles los hombros.
Volvió a inspeccionarlo, murmurando en voz alta mientras revisaba el estado de la ropa y la piel.
—Olor intenso… humedad. Lleva bastante tiempo expuesto a la intemperie. La lluvia lo alcanzó varias veces. El calzado, los pantalones y la parte baja del torso siguen empapados. Hay fango, suciedad… La piel está fría, pero no presenta signos de hipotermia. Podría estar relacionado con el proceso de… lo que parecería necrosis. – Suspiro, abanicando un poco con la palma antes de reincorporarse. — Pero sigo insistiendo, no es necrosis. El individuo está vivo.
Sus dedos rozaron una mancha húmeda en la ropa antes de mirarla de cerca.
—Y tiene sangre fresca encima. Aunque no parece ser suya.
—¿De alguien más? —preguntó Amara, con un matiz más tenso esta vez.
—Víctima reciente —comentó Kaido, sin apartar la vista del cuerpo.
Maeve continuó moviendo cuidadosamente uno de los brazos del sujeto, comprobando la rigidez de las articulaciones antes de concluir:
—Creo que sería mejor atarlo.
La sugerencia tenso los hombros de todos en el equipo, Ela mantuvo la mirada fija, expectante, los ojos abiertos apenas más de lo normal, el rostro inclinado hacia Maeve como si buscara en ella una respuesta que el resto aún no tenía forma de formular. Una espera silenciosa, cargada, dirigida hacia quien, al menos en ese momento, parecía entender mejor lo que tenían enfrente.
Maeve giró lo suficiente para encarar a Ela de frente, sosteniendo la mirada sin parpadear, sin una sola señal de incomodidad.
—A menos que su decisión sea otra, capitana —dijo tras una pausa breve, firme—. No creo que haga falta deshacernos de él.
Ela sostuvo su mirada unos segundos más, luego bajó la vista hacia el cuerpo.
—Muy bien —dijo al fin—. Traigan la cuerda. Lo ataremos y lo pondremos en la parte trasera del Bastión.
Maeve soltó con cuidado el brazo del sujeto, que había estado manipulando hasta ese momento. Se incorporó mientras sacudía el polvo de las manos, como si la conversación ya hubiese terminado para ella.
—Y bien… les puedo confirmar que este no es un convergente.
El silencio que siguió fue más cortante que el anterior.
Ela entrecerró los ojos. Kaido dio un paso al frente, todavía con la tensión pegada al cuerpo, como si el impulso de la persecución no hubiera terminado de salirle de la sangre. Amara le dedicó una mirada breve, pero algo fuera del grupo le robó la atención al instante.
Desde el Bastión se oyó de nuevo el abrir y cerrar de una puerta. Las pisadas lentas, pesadas, comenzaron a acercarse, todavía demasiado lejos como para distinguir palabras, pero lo bastante claras como para recordarles que no estaban solos ni un segundo.