Los líderes de los clanes se juntaban en la mesa del consejo, al tiempo que las antorchas iluminaban el amplio salón de piedra.
El aire estaba cargado de tensión, y las miradas entre los presentes dejaban claro que las palabras que se intercambiaban definirían el futuro de la región.
El rey Floyd se encontraba en la cabecera de la mesa, con la corona pesando sobre su cabeza como el peso de la responsabilidad que cargaba. A su derecha, Lord Evan McGallagher permanecía en silencio, atento a cada palabra. Frente a ellos, los líderes de los clanes Dustan y Macallan, junto con sus seguidores, esperaban la decisión que marcaría el destino de sus tierras.
—No puede ser en serio, Floyd —espetó Lord Aidan Dustan, golpeando la mesa con el puño— ¡Romper la tradición que no ha regido por generaciones! ¡Es una afrenta a nuestra historia y nuestra sangre!
—No es una afrenta, Lord Dunstan —respondió el rey con calma, aunque su voz tenía el filo de la advertencia—Es un acto de amor hacia mi hija. No la obligaré a un matrimonio que la haga infeliz, solo por mantener una costumbre arcaica.
—¡Esas costumbres son las que han mantenido la paz entre nuestros clanes! —intervino Lady Mora Macallan, su voz llena de indignación— Si tu hija rechaza el compromiso, ¿Qué mensaje das a nuestros hijos? Que pueden desobedecer los pactos de sus padres sin consecuencias. ¡Que el linaje de los reyes ya no vale nada!
—El linaje de los reyes no se define por matrimonios forzados, sino por su capacidad de gobernar con justicia —respondió Floyd con firmeza— No puedo gobernar con honor si no puedo garantizar la felicidad de mi propia hija.
Las palabras del rey hicieron eco en la sala, pero lejos de apaciguar los ánimos, parecieron encender una chispa aún más peligrosa. Lord Dustan se inclinó hacia adelante, clavando los ojos de Floyd con una mirada gélida.
—Entonces, si no nos das otra opción, exigimos reparación —dijo con tono amenazante— Si Freya no cumple con su compromiso, que al menos nos ofrezcas tierras o riquezas en compensación.
El murmullo entre los presentes creció Algunos asentían para expresar su aprobación, y otros, por el contrario, cruzaban los brazos con escepticismo. Floyd miró de reojo a Evan, buscando en su expresión una respuesta que no necesitaba ser dicha en voz alta. Ceder a esa exigencia significa demostrar debilidad, y debilidad era lo único que no podía permitirse en ese momento.
—No pagaré un precio por la libertad de mi hija —respondió con voz de hierro— Ni con tierras ni con oro. Freya no es una moneda de cambio.
La sala se llenó de un silencio sepulcral. Entonces, Lord Dunstan se puso de pie, con los nudillos blancos de la presión con la que apretaba el borde de la mesa.
—Entonces, que así sea. Si no hay precio, no hay paz.
Lady Macallan asintió con el ceño fruncido, y los guerreros de ambos clanes se levantaron con él. La decisión estaba tomada.
Sin más palabras, se giraron y abandonaron la sala, dejando tras de sí el eco de su declaración de guerra.
Floyd cerró los ojos por un instante, sintiendo la tormenta que se avecinaba. Evan apoyó una mano en su hombro.
—Hiciste lo correcto, su majestad. Pero esto no terminará aquí.
El rey asintió. No, no terminaría allí. La guerra había comenzado antes incluso de que se derramara la primera gota de sangre.
Ahora, el eco de los tambores retumbaba en el aire. El estandarte de su reino ondeaba sobre el campo de batalla, mientras el viento traía consigo el olor a tierra removida y metal. Floyd cerró los puños sobre las riendas de su caballo y alzó la vista al cielo, buscando en las nubes alguna señal que infundiera fuerza.
No era su primera guerra, pero habían pasado años desde la última vez que el campo de batalla lo había reclamado. Aun así, esta vez era diferente. Ya no luchaba solo por su reino, sino por el futuro de su familia. Sus pensamientos lo llevaron a Freya, a los trillizos y a su esposa.
Sabía que ella, más que nadie, entendería la decisión que había tomado, pero eso no evitaba que sintiera el peso de su mirada incluso en la distancia.
A lo lejos, entre la bruma y el polvo levantado por los caballos, pudo ver los emblemas enemigos. La duna tallada del Clan Dunstan y, junto a ella, el símbolo del Clan Macallan: una lira, una manzana y un escudo entrelazados. Un día antes, los vigías habían informado sobre su desembarco en el extremo norte del territorio. Ahora estaban aquí.
Floyd se inspiró profundamente. No había marcha atrás. La tormenta no solo acechaba en el horizonte; estaba a punto de desatarse sobre ellos.
Los recuerdos de su despedida lo atormentaban mientras rezaba en silencio por la seguridad de su familia. De repente, la imagen de Freya emergió en su mente, un torbellino de emociones que amenazaba con abrumarlo.
—Por favor, papá, regresa sano y salvo —solicitaba su voz en el eco de sus recuerdos, mientras sus hermanos lo abrazaban y su esposa luchaba por contener las lágrimas.
—Lo haré, hija —prometió, forzando una sonrisa que ocultaba la incertidumbre. ¿Cómo podría cumplir esa promesa en medio de la inminente batalla, cuando cada paso lo alejaba más de aquellos a quienes amaba?
En otro lugar del campo de batalla, Lord Evan McGallagher observaba la tierra extendida a sus espaldas. Tras el incidente con los juegos y las justificaciones del rey, había decidido respaldar a Floyd. Sin embargo, nunca imaginó que aquellos en quienes había confiado se volvieran en su contra. Un escocés del Clan Dunstan se abalanzó sobre él, y tras esquivar otro ataque, Evan respondió con un golpe certero que acabó con la vida del enemigo. Su espada, ahora manchada de la sangre de quienes alguna vez consideró aliados, brillaba bajo el sol mientras retrocedía, jadeando por el roce cercano a la muerte. El estruendo del metal y los gritos de los moribundos llenaban el aire, mientras los enemigos barrían con furia a los montañeses. Cuando las naves enemigas surcaban la amplia playa para traer refuerzos, una pregunta rondaba su mente: ¿dónde estaban sus refuerzos? El silencio de sus compatriotas retumbaba más fuerte que el choque de espadas.