Coraje reencontrado: El regreso de Freya

Lo que quedaba de nosotros

Bajo un cielo de un azul inmaculado, el sol derramaba su luz dorada sobre un paisaje de serena belleza. Un extenso bosque se abría ante el día, exhibiendo una paleta de verdes que iba desde las sombras profundas de los árboles hasta el vibrante resplandor de las hojas bañadas en luz.

En medio de ese ambiente idílico, una pequeña exploradora con pelo pelirrojo avanzaba; sus rizos brillaban como el cobre cuando lo impacta la luz del sol. Freya, con pasos ligeros y decididos, recorría cada parte del bosque; su mirada inocente estaba llena de asombro y curiosidad ante los enigmas que se le presentaban. Vestida con ropas de colores vivos que contrastan con el verdor circundante, llevaba en una mano un diminuto arco, un regalo de su padre destinado a protegerla en sus travesías. El murmullo de las hojas al ser pisadas, el canto alegre de las aves y el suave susurro del viento crean una sinfonía natural, acompañando su risa infantil, que se fundía con la armonía del bosque.

Mientras avanzaba, sumida en la fascinación por los secretos de la naturaleza, sus ojos se encontraron de pronto con los de una figura enigmática que emergió entre la penumbra de los árboles. La figura, envuelta en una capa oscura que parecía fundirse con los verdes del entorno, irradiaba un aire de misterio y sabiduría. En ese instante, el tiempo pareció detenerse.

—¿Quién eres? —preguntó la joven Freya con voz temblorosa, una mezcla de inocencia y recelo.

La respuesta llegó en forma de una voz chirriante, pero de alguna manera suave, como el susurro del viento.

—Eso no es importante, pequeña —dijo la anciana, cuyos rasgos eran apenas visibles bajo la sombra de la capucha— Lo que realmente importa es lo que el destino tiene preparado para ti.

Con una sorprendente gentileza, la figura tomó la mano de Freya y, mientras sus dedos rugosos recorrían las líneas de la palma, murmuró:

—Veo en ti un camino lleno de desafíos, sombras que se ciernen sobre tu hogar y, sin embargo, una luz valiente que siempre brillará. Con ese arco en mano, te convertirás en la guardiana de tu propio destino.

Freya frunció el ceño, intentando descifrar aquellas palabras cargadas de un significado que le era ajeno:

—¿Desafíos? ¿Sombras? No entiendo...

La anciana esbozó una enigmática sonrisa y continuó:

—El futuro es como este bosque: un laberinto de senderos y secretos. Habrá momentos oscuros, pero recuerda que la luz siempre encuentra su camino, aun en la penumbra.

Ante esa declaración, la mirada de la niña se iluminó, y una chispa de esperanza se reflejó en sus ojos:

—¿Entonces en mi futuro habrá aventuras? —inquirió con entusiasmo.

—Sin duda, muchas aventuras te esperan —respondió la anciana, dejando escapar una risa suave que se mezcló con el murmullo del bosque— Y no solo eso: el destino te guiará hacia un gran amor, aquel que transformará tu vida.

La mención del "amor" provocó en Freya una mueca de desconcierto. En su mente se agolpaban imágenes confusas de momentos en que sus padres mostraban afecto, escenas que la llenaban de extraña repulsión.

—¡Qué asco! —exclamó la niña, meneando la cabeza con desdén— Yo no quiero casarme con alguien así... ¡Con un vikingo, por ejemplo!

La anciana soltó una risa que parecía danzar entre las hojas, y con voz pausada replicó:

—No puedes negar que el amor forjado en el destino te llevará a explorar nuevos horizontes. Descubrirás quién es, a su debido tiempo, cuando el tiempo y el destino se revelen ante ti.

Por un momento, el encanto del bosque y la magia del encuentro se entrelazaron con la inocencia de Freya. No obstante, mientras las palabras de la figura enigmática se propagaban por el aire, la mente de la niña fue invadida por recuerdos oscuros.

Aunque el entorno era hermoso, el eco de la guerra y la pérdida se sentía. Freya rememoraba el doloroso recuerdo de haber perdido a su padre a manos de enemigos, la traición y la sombra que la madre llevaba como una carga constante. Esos recuerdos, tan profundos como las espadas de épocas antiguas, se oponían a la mágica belleza del bosque y presagiaban una tormenta interior que aún tenía que enfrentar.

La tormenta azotaba con una furia implacable. El barco temblaba bajo el embate de las olas, y cada crujido de su estructura resonaba como un presagio fatal. Los tripulantes, con rostros tensos por el miedo, luchaban contra la naturaleza desatada. Los relinchos del caballo y los ladridos de los perros se mezclaban con el rugido del viento, creando una sinfonía caótica que ahogaba cualquier intento de orden.

Cuando finalmente tocaron tierra firme, los perros corrieron libres, ignorantes del peso de la tragedia. Los hermanos que bajaban del barco con pasos pesados hacían contraste con el silencio tenso. Freya y Mara sostenían el cuerpo sin vida de su madre con la fortaleza de aquellos que han amado intensamente. La figura de la reina, ahora inerte, se había convertido en símbolo de una pérdida imposible de nombrar.

Los trillizos permanecían en la orilla, sus miradas jóvenes llenas de confusión y tristeza. Intentaban comprender el significado de ese adiós en un lugar que prometía un nuevo comienzo, pero que ahora se teñía del dolor del pasado.

La reina había murmurado, antes de abandonar este mundo, palabras que todavía resonaban en la mente de Freya: el compromiso de proteger a sus hermanos y la referencia a un antiguo amigo de su padre, cuya salvaguarda sería vital. Con ese último suspiro, el viento salado del océano pareció llevarse también una parte del alma de Freya.

El tiempo avanzó como una tormenta implacable. Tres años habían transcurrido desde aquella fatídica llegada. La cabaña que habían reconstruido con manos temblorosas era ahora su refugio, aunque el invierno seguía siendo un enemigo despiadado. Las nevadas cubrían el bosque, silenciando la vida y haciendo escasear el alimento.

Freya, con la determinación fortalecida por el paso del tiempo, se marchó en busca de alimento acompañada de su fiel caballo, un magnífico Clydesdale que había sido su compañero durante muchos años. A pesar de que el viento frío le picaba la cara, ella continuaba mirando con atención hacia el camino.




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