La lluvia seguía cayendo, fría y constante, envolviendo a Freya en un manto de humedad helada. Angus resopló con impaciencia mientras ella acariciaba su crin empapada, tratando de encontrar algo de consuelo en el calor del animal. El olor a tierra mojada impregnaba el aire, mezclado con el aroma del cuero húmedo de su montura.
Erik desmontó con movimientos ágiles y avanzó hacia ella. Parecía una figura tallada por la tormenta, con el cabello pegado al rostro y la mandíbula apretada.
—No deberías estar aquí —dijo con voz firme, aunque no había reproche en su tono.
Freya alzó la vista; sus ojos ardían a pesar del frío que mordía sus huesos.
—Tú tampoco deberías estar aquí bajo la lluvia —respondió con tono cortante, desafiando la cercanía de Erik con la mirada.
El viento sacudía las ramas de los árboles cercanos y la tormenta parecía intensificarse, pero la tensión entre ambos era aún más palpable que la tormenta misma. Erik no se inmutó ante las palabras de Freya. En cambio, sus ojos mostraron una mezcla de dolor y determinación, como si cada palabra que intercambiaban fuera una carga que llevaba consigo. La lluvia caía con fuerza, empapando a Freya y Erik mientras sus respiraciones se mezclaban con el rugido de la tormenta. Angus resopló detrás de ella, impaciente por la inclemencia del clima.
—He hecho una promesa —dijo Erik con voz firme—: asegurar comida para nuestra gente, sin importar las condiciones.
Freya se quedó inmóvil por un momento. Luego negó con la cabeza, con una mezcla de rabia y dolor nublando su rostro.
—Mientes —susurró, su voz quebrándose al enfrentarlo.
Erik frunció el ceño, sorprendido por la dureza de sus palabras.
—Freya...
—¡Mientes! —repitió ella con más fuerza, alzando la voz por encima del viento— Si realmente cumplieras tus promesas, habrías estado allí para ayudar a uno de los tuyos. A mi padre.
La tormenta rugía a su alrededor, pero Freya apenas lo notaba. Los recuerdos comenzaron a aflorar, fragmentos borrosos de aquella noche fatídica: las llamas devorando las casas, los gritos desesperados, la sangre empapando el suelo.
—Él... —continuó, su voz quebrándose— Siempre me habló de los vikingos. Decía que eran valientes, que luchaban por su gente. Pero, ¿dónde estaban cuando los escoceses atacaron? Mi padre, el hombre que pensó que podía confiar en ustedes, murió por su lealtad.
Erik apretó los puños, sus ojos reflejando el peso de la culpa.
—Fuimos, Freya. Llegamos tarde, pero fuimos. Perdimos a todos nuestros hombres.
—¡Entonces no fue suficiente! —gritó ella— Si realmente eran tan valientes, ¿por qué no enviaron más hombres? Mi padre era leal. Dio su vida por algo en lo que creía, pero ustedes no hicieron lo mismo.
El viento se llevó sus palabras, pero Erik las sintió como dagas en el corazón.
—Tomamos la mejor decisión que pudimos —dijo con voz grave—No había un camino sin pérdidas.
—Pero tú sigues aquí, respirando —respondió Freya con amargura—Mi padre no.
La tormenta no cesaba, pero entre ellos algo comenzaba a cambiar. Erik se acercó, su expresión endurecida por la determinación.
—Por eso estoy aquí ahora. No voy a dejar que la historia se repita. No voy a abandonarte, Freya.
Ella apretó los labios, tragándose el nudo en la garganta. Quería creerle, pero las cicatrices del pasado eran profundas.
El silencio llenó el aire entre ellos. La tormenta rugía a su alrededor, pero de alguna manera, parecía que todo se había detenido por un momento. Ambos sabían que las palabras no eran suficientes para curar lo que había sido roto, pero quizás había algo más que podría empezar a sanar las heridas del pasado.
Freya, temblando no solo por el frío, sino por la carga emocional que se había apoderado de ella, susurró.
—Nunca olvidaré lo que pasó... pero tal vez haya algo que aún pueda salvarse.
Erik asintió lentamente, su rostro marcado por la tormenta tanto como por el arrepentimiento.
—Lo sé. Y estoy aquí para intentar salvar lo que aún queda, Freya. No solo por tu padre, sino por ti y por todos los que aún luchan.
—¿Realmente harías eso por mí? —inquirió con cautela. Freya levantó la cabeza, sorprendida por las palabras de Erik.
—Por supuesto —respondió Erik con una sonrisa amistosa— Es mi deber como aliado de tu padre y también como amigo.
—Gracias —dijo con sinceridad— Realmente aprecio tu ayuda. —Freya se sintió aliviada al saber que tenía un aliado en Erik.
—Estamos juntos en esto —dijo Erik, poniendo una mano reconfortante en su hombro— Y juntos encontraremos una manera de mantener a salvo a tu pueblo y derrotar a tus enemigos—Freya se sintió reconfortada por las palabras de Erik y la promesa de su ayuda.
—Pero ¿cómo escaparemos? ¿Qué plan tienes? —preguntó con preocupación.
—No será fácil —dijo con seriedad— Pero conozco estas tierras mejor que nadie y sé cómo evitar los peligros. Necesitamos planear cuidadosamente y actuar con precaución para evitar ser descubiertos. —Erik frunció el ceño, pensativo.
—Haré lo que sea necesario para proteger a mi pueblo y mantenerlos a salvo —Freya afirmó con determinación, sabiendo que no había margen para errores.
—Lo sé —dijo Erik con una sonrisa— Eres valiente y fuerte, como tu padre lo fue antes que tú. Pero debemos ser cautelosas y planear cada detalle. No podemos permitirnos fallar.
—Lo entiendo. ¿Por dónde empezamos? —Freya asintió en acuerdo. Erik expresó gratitud con una mirada ante la confianza de Freya.
—Debemos dirigirnos a mi clan —afirmó Erik con resolución. —Mi padre estará allí, y podremos hablar con él y otros líderes para explorar las opciones que tenemos para proteger a tu pueblo y evitar que tus enemigos te encuentren.
Freya asintió, sintiendo un poco de esperanza en su corazón. Sabía que no sería fácil, pero con la ayuda de Erik y su clan, quizás podría encontrar una solución.