A medida que la noche se adentraba en su reino de sombras, el silencio en la caverna se volvía casi sobrenatural. Los ecos del goteo del agua y el crujir de la madera sobre el suelo de piedra eran los únicos sonidos que rompían la quietud.
Mientras tanto, sus hermanos ya se habían acomodado en el improvisado campamento, y la figura reconfortante de Thorkell velaba por ellos. Antes de sentarse cerca de la entrada, el hombre se aseguró de que los trillizos estuvieran bien cubiertos con mantas y les dio unas suaves palmaditas en la espalda, como haría un hermano mayor.
Poco a poco, la fatiga se apoderó de todos, y los murmullos suaves de un sueño inminente comenzaron a permear el ambiente. Sin embargo, Freya se negó a abandonar la vigilia.
Con su mano en el pomo de su espada, se colocó cerca de la entrada de la caverna para hacer guardia, pero su cuerpo se veía vencido por el agotamiento, y los parpadeos cada vez más frecuentes revelaban su cansancio.
Thorkell, al notar su esfuerzo, se giró hacia ella con un gesto firme pero comprensivo.
—Ve a descansar, Freya —dijo con suavidad, aunque su tono dejaba claro que no estaba pidiendo, sino dando una orden—Yo me quedaré en guardia.
Freya miró a sus hermanos dormidos y luego a la cueva oscura. La responsabilidad seguía pesando sobre sus hombros, pero algo en la voz de Thorkell la hizo dudar. Había algo tranquilizador en su presencia, algo que la hacía sentir que, mientras él estuviera allí, todo estaría bajo control.
—No puedo dejarte solo. —Su voz, aunque decidida, reflejaba el desgaste.
Thorkell se acercó un poco, su figura imponente y tranquila.
—Eres fuerte, pero todos necesitamos descansar. —Yo cuidaré de ellos mientras gozas un descanso. Su mirada firme y sincera, pero la suavidad de su voz tenía un vestigio de dulzura que Freya no podía pasar por alto. Confía en mí, nadie les hará daño mientras yo esté aquí.
Freya lo miró, evaluando sus palabras; aunque su instinto le decía seguir alerta, algo en su interior la calmó. Con una mirada hacia sus hermanos y el profundo sentido de confianza que Thorkell había inspirado en ella, asintió finalmente.
—Está bien… pero si algo ocurre, me despertarás.
Thorkell asintió, sin perder su concentración en la oscuridad afuera. La caverna, que parecía esconder tantos secretos, fue testigo de cómo Freya cedió al cansancio, y se recostaba junto a sus hermanos, con una ligera sonrisa de alivio.
A medida que la noche avanzaba, la caverna se sumía en un silencio profundo, roto solo por el eco lejano del viento que se colaba entre las grietas de las rocas.
Freya se mantenía despierta, su mirada fija en la entrada, mientras el cansancio intentaba nublar sus pensamientos. De vez en cuando, sus ojos se deslizaban hacia Thorkell, cuya figura imponente seguía vigilando la oscuridad con una calma desconcertante.
De repente, un suave crujido rompió la quietud. Freya, en alerta, se tensó. No era un sonido natural del viento ni del agua. Fue algo más, algo que no encajaba en la quietud de la caverna. Alzó la vista, buscando en las sombras.
—¿Thorkell? —susurro, su voz apenas un murmullo.
El hombre levantó la mano en señal de silencio y, con pasos silenciosos, se acercó a la entrada. Sus ojos brillaban con un destello de alerta.
—Quédate aquí —ordenó, su tono grave y seguro.
A pesar de su resistencia, Freya se acercó y permaneció allí. Aunque confiaba en Thorkell, no podía impedir que la incertidumbre la invadiera. Cada movimiento en la penumbra la mantenía alerta.
Thorkell, con su postura imponente, observó el borde de la cueva. A través de la abertura, apenas visible por la luz tenue de la luna, una figura delgada se deslizaba entre los árboles, moviéndose con una gracia inquietante. Parecía un espectro, su silueta borrosa, casi imperceptible en el bosque.
Freya contuvo el aliento, sus ojos fijos en la figura. Algo en su interior le decía que no era un animal ni una sombra creada por el viento. Era algo más.
—Thorkell… —susurro de nuevo, más fuerte esta vez, incapaz de mantener la calma.
Él levantó la mano, indicando que debía esperar. Avanzó hacia la entrada de la caverna, con una agilidad sorprendente para alguien de su tamaño. La figura en la oscuridad, sin embargo, no se detuvo. Su presencia continuó avanzando, desapareciendo y reapareciendo entre los árboles, como si la oscuridad misma hubiera tragado su forma.
Un escalofrío recorrió la espalda de Freya. ¿Quién o qué era? ¿Amigo o enemigo? Su corazón latía con fuerza mientras intentaba mantener la calma, sabiendo que el destino de todos depende de cómo maneja la situación.
Thorkell, ahora de pie en la entrada, finalmente habló, su voz profunda como el trueno:
—No te muevas, no hagas ruido.
Freya asintió, pero su mirada nunca se apartó de la figura que se desvanecía lentamente en la oscuridad. Su cuerpo estaba rígido, preparado para lo que pudiera suceder.
En ese momento, la figura se detuvo, como si hubiera sentido su presencia. Un par de segundos que parecieron eternos pasaron en silencio. La figura permaneció inmóvil. Entonces, como si en el aire hubiera cambiado, se desvaneció de nuevo entre los árboles, esta vez sin hacer el más mínimo sonido.
Thorkell esperó un momento, con los ojos entrecerrados, evaluando la situación. Cuando estuvo seguro de que nada peligroso acechaba, dio un paso atrás.
—Nada que temer, Freya —su tono no era para tranquilizarla, sino para asegurarle que el peligro había pasado— Ahora duerme; mañana puede que haya respuestas.
Freya, aunque inquieta, asintió. Aunque las sombras de la noche aún la rodeaban, su confianza en Thorkell, aunque silenciosa, era evidente. Él sabía que mientras estuviera ahí, nada malo les sucedería.
Cerró los ojos, intentando aferrarse a la paz momentánea que la cueva ofrece, el suave murmullo del viento entre las rocas como una canción reconfortante. Pero ese respiro fue breve, como la última bocanada de aire antes de la tormenta. Freya apenas había cerrado los ojos cuando el sonido, tan sutil como un susurro, se coló en su mente. Un crujido leve, casi imperceptible, que hizo que su corazón diera un vuelco.