Cuando iniciaban el viaje de vuelta a Drakonvik, la luz dorada del ocaso se filtraba por las copas de los árboles y teñía el cielo con colores cálidos. La euforia del juego fue dando paso al silencio. Erik caminaba en la delantera, su expresión más sombría, cargada de pensamientos. Snorri, en cambio, seguía contando historias a los trillizos, su voz llenando el aire con relatos de antiguos guerreros y dioses.
Freya, sin embargo, se hundía en sus propios recuerdos. La guerra de Dunholm no solo había causado muertes, sino que también había dejado heridas que nunca sanaron completamente.
Habían perdido demasiado.
Ella había perdido demasiado.
La imagen de su padre, el rey Floyd, se dibujó en su mente con la misma claridad que el día en que lo vio partir por última vez. Un nudo de emociones le apretó el pecho. La risa de Snorri, las voces de los niños… todo se sentía como una ilusión frágil, algo que la guerra podría arrebatar en cualquier momento.
El viento susurraba entre los árboles, arrastrando consigo memorias y presagios. Las sombras crecían, agarrándose sobre la tierra, como si la noche misma estuviera tejiendo su manto sobre ellos.
Al llegar al pueblo, una sensación de vacío los envolvió al notar la inusual quietud de Drakonvik. Las calles, normalmente llenas de actividad, ahora parecían desiertas y silenciosas, como si la vida se hubiese desvanecido de repente.
Freya recorrió el entorno con la mirada, sintiendo un ligero escalofrío.
—¿Dónde están todos? —preguntó en voz baja, rompiendo el inquietante silencio.
Erik se giró hacia ella, su expresión seria.
—La mayoría están en la reunión de los jefes en el sur. Los demás se han resguardado del frío en sus hogares.
Freya vio a Snorri, que se frotaba las manos para calentarlas, y después a los trillizos, cuyos cuerpecitos temblaban debido al frío.
—Creo que deberíamos regresar. Está helando, y yo tampoco he comido nada desde que salí de la casa de tu madre —sugirió, acercándose a sus hermanos para ayudarlos mejor.
Erik frunció el entrecejo, como si estuviese a punto de discutir, pero cuando vio que los labios de los pequeños eran azulados, asintió con un ligero suspiro.
—Tienes razón. Volvamos.
La calidez del hogar de Freydis los envolvió apenas cruzaron el umbral. Mientras Freydis hilaba con la rueca y Thorkell removía el contenido de una olla de hierro grande sobre la chimenea, el aire se llenaba con el aroma de un guiso espeso y con el crepitar del fuego.
Los trillizos corrieron, mientras los lebreles sacudían la nieve y se ubicaban junto al fuego. Erik y Snorri se dejaron caer en los bancos, disfrutando del calor que los devolvía a la vida.
Freya colaboró en poner la mesa, y pronto todos estaban saboreando el guiso caliente. La comida reconfortó su estómago vacío, cada bocado disipando el frío que aún le quedaba en los huesos.
Entre bocados, Freya alzó la vista hacia Thorkell, quien comía en silencio, con la mirada fija en su plato.
—¿Te encuentras bien? —preguntó con suavidad.
Thorkell levantó la mirada por un instante.
—Sí, estoy bien —respondió en un tono tranquilo, pero sin convicción.
Un breve silencio cayó sobre ellos. Luego, sin más, Thorkell dejó su cuenco y se puso de pie.
—Me retiraré a mi habitación —dijo antes de alejarse.
Freya lo siguió con la mirada, sintiendo que algo más pesado que el cansancio lo oprimía. Cuando la puerta de su habitación se cerró tras él, volvió su atención a Freydis con una expresión interrogante.
—¿Qué le sucede a Thorkell?
Snorri dejó escapar un suspiro, como si la pregunta hubiera traído consigo un peso que preferiría no cargar.
—Está afectado por el recuerdo de aquel día… —murmuró, con la mirada perdida en el fuego.
—¿Aquel día? —Freya frunció el ceño.
Snorri asintió lentamente.
—Cuando fuimos a Groenlandia con mi madre y mi padrastro, conocimos a Thorkell y a su hermano, Thorgills. Éramos jóvenes entonces, pero compartimos muchos momentos juntos.
—¿Cómo eran? —preguntó Freya, sintiendo una curiosidad genuina.
Snorri dibujó una leve sonrisa nostálgica.
—Thorgills era el mayor y el alma de cualquier reunión. Un guerrero nato, siempre con una historia épica en la boca y el deseo de explorar el mundo ardiendo en los ojos. Decía que ningún hombre debía conformarse con ver siempre el mismo horizonte. Thorkell, en cambio, era su opuesto. Tranquilo, reflexivo… Su mundo no era el campo de batalla, sino la fragua.
Freya ladeó la cabeza.
—¿Era herrero?
—Sí. Desde niño, ayudaba a su padre en la forja, moldeando metal con paciencia y destreza. Nunca buscó la gloria en el combate, no como su hermano. Pero cuando Hakonsson atacó a Drakonvik… —Snorri hizo una pausa, como si necesitara tomar aire— Thorgills no dudó en luchar. Se colocó la armadura y se lanzó a la batalla.
Freya apretó los labios.
—¿Y Thorkell?
—Intentó detenerlo. Le dijo que huyera, que buscara otra manera de sobrevivir. Pero Thorgills solo sonrió y le respondió: "Ahora sí es nuestra lucha".
Snorri tomó un sorbo de su hidromiel antes de continuar.
—Thorkell no podía dejarlo solo. Así que lo siguió. No sé en qué momento se separaron, pero cuando la muralla cayó y los hombres de Hakonsson entraron… Thorgills fue de los primeros en caer.
Freya sintió que algo se le encogía en el pecho.
—¿Murió luchando?
—Sí. Dicen que derribó a muchos enemigos antes de caer. Thorkell llegó hasta él, intentó llevarlo a un lugar seguro, pero era demasiado tarde. Tenía una herida mortal en el vientre. Aun así, incluso con su último aliento, Thorgills le dijo algo.
—¿Qué le dijo?
Snorri se inclinó hacia adelante, sus ojos brillando con tristeza.
—"Cuida de ellos".
Freya no pudo evitar preguntarse si "ellos" significaba su familia… o todo Drakonvik.
—Desde entonces, Thorkell cambió. Cerró la fragua, dejó de hablar de sueños o del futuro. Perdió su propósito.