Coraje reencontrado: El regreso de Freya

Susurros de guerra

Con el pasar de las horas, la suave luz del día fue cediendo su lugar a la oscuridad de la noche. El cielo, antes teñido de dorados y naranjas, se transformó lentamente en un vasto manto de terciopelo salpicado de estrellas titilantes. La luna, plateada y majestuosa, ascendía en lo alto, bañando la tierra con su pálida luz.

Freya observa cómo las sombras se alargan en la sala, proyectando figuras danzantes sobre las paredes de piedra y los muebles de madera. El fuego crepitante en la chimenea arroja destellos cálidos y fugaces, iluminando la habitación con un resplandor acogedor, pero insuficiente para disipar la inquietud que se arremolinaba en su interior.

Sabía que tenía que ir al Gran Salón. Era imprescindible llevar a cabo la reunión convocada; tenían que debatir estrategias y tomar decisiones importantes. Con resolución, se levantó y ajustó. Su capa que rodea los hombros. La noche se les venía encima con su manto de incertidumbre, pero en su pecho había una llama indomable.

Con paso firme y decidido, salió al pasillo. La tenue luz de las antorchas apenas lograba disipar la penumbra que se aferraba a los muros de piedra. El eco de sus pasos resonó en el suelo de piedra, acompañado por el murmullo lejano del viento que se colaba entre las grietas.

Al cruzar las puertas del Gran Salón, la solemnidad del lugar la envolvió. La estancia, imponente y cargada de expectativa, estaba iluminada por el fuego central, cuyas llamas arrojaban sombras danzantes sobre la larga mesa redonda.

El fuego crepitante en el centro de la sala proyectaba destellos dorados sobre la larga mesa redonda, en la que los bancos almacenaban a aquellos que pronto se juntarían. El ambiente estaba impregnado de expectativa. De pie alrededor de la mesa, los seis altos jefes imponían con su sola presencia, cada uno portador de un linaje, un territorio y un poder que moldeaba el destino de la región.

Sin embargo, dos asientos permanecían vacíos, su ausencia tan notoria como la sombra de una tormenta en el horizonte. Freya se fijó en ellos por un instante antes de dejar que su mirada recorriera los rostros de los líderes presentes, cada uno reflejando su propia historia y carácter.

Finn MacAllister, el más anciano del consejo, dominaba el área noreste con la firmeza de un roble centenario. Su cabello blanco como la nieve y el rostro marcado por los años no hacían más que reforzar su autoridad. A su lado, Torben Olsen, con su cabello negro y corto, irradiaba la misma intensidad que los ríos de lava que atravesaban las montañas del borde sur. Sus ojos oscuros brillaban con la fiereza de un guerrero que nunca conoció el miedo, y su postura desafiante advertía que no era un hombre al que se pudiera subestimar.

Pero no todos habían podido asistir. Ewan MacLeod, señor de la provincia noroeste, se enfrentaba a un conflicto en sus valles y su deber como líder lo mantenía lejos del Gran Salón. Su ausencia era un peso tangible en la reunión. Tampoco estaba Magnus Bjornsson, el joven regente del sudeste, cuya reputación era incuestionable. Su determinación y habilidades le habían valido el respeto de sus aliados y el temor de sus enemigos, pero aquella noche su asiento permanecía vacío.

Más allá, Callum McGregor observaba la escena en silencio. Gobernante del suroeste, su conexión con el antiguo reino de Strathclyde y su herencia celta le conferían un aire distinto a los demás. Sus palabras eran pocas, pero cuando hablaba, su voz profunda dejaba una huella en quienes lo escuchaban. Finalmente, Sven Larsen, el líder sajón del sur, se mantenía con la espalda erguida y la mirada afilada. Su cabello rubio y las gruesas pulseras de oro en sus muñecas eran símbolos de su linaje. No era solo un guerrero; era un estratega, un hombre cuya reputación trascendía sus victorias en el campo de batalla.

Freya dejó escapar un leve suspiro, sintiendo el peso del momento. Cada uno de aquellos hombres llevaba sobre sus hombros la carga del liderazgo, la responsabilidad de su gente. En sus ojos vio preocupación, pero también determinación. Y fue esa determinación la que avivó su propio espíritu.

—Queridos amigos, hemos convocado esta reunión para discutir un asunto de suma importancia: la recuperación de Escocia y el retorno de Freya —comenzó Ulfrik, su voz firme y decidida— Como saben, Dunholm ha caído en manos del clan MacAllan, quienes buscan asesinar a Freya para impedir que reclame el trono que por derecho le pertenece.

La sala entera parecía contener el aliento. El fuego de la chimenea proyectaba sombras alargadas sobre las paredes de piedra, haciendo que la tensión en el aire pareciera aún más palpable.

—En Dunholm, los escoceses se están fortaleciendo bajo nuevos líderes —continuó Ulfrik, con preocupación evidente en su tono— Debemos estar preparados para lo que viene. Sin embargo, no podemos perder de vista nuestra misión principal. Freya es la clave para restaurar la estabilidad en nuestras tierras, y debemos hacer todo lo que esté en nuestras manos para apoyarla en su camino hacia la victoria.

Finn MacAllister se inclinó hacia adelante, su mirada endurecida por la experiencia.

—Asumir el trono es solo el primer paso —declaró— pero no debemos engañarnos. Los Macallan no se detendrán hasta que Freya esté muerta y nuestra nación sea un escombro.

—Por eso debemos actuar con prudencia y determinación —intervino Torben, con una expresión grave—Necesitamos un plan sólido y la unidad de todos nuestros clanes. Freya debe estar protegida a toda costa, y Escocia, liberada de sus opresores.

—Estoy de acuerdo —añadió Sven, con su semblante sombrío—Nuestro deber es defender a nuestra princesa y luchar por la libertad de nuestro pueblo. No podemos permitir que los Macallan triunfen.

—Sin embargo, no podemos dejarnos dominar por el miedo —dijo Callum, su tono sereno pero firme— Debemos actuar con valentía, pero también con inteligencia. Si enfrentamos a los Macallan sin estrategia, podríamos desencadenar un conflicto aún mayor y condenar a nuestro pueblo a la devastación.




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