La luna llena se alzaba majestuosa en el firmamento, bañando el pueblo con su resplandor argénteo. Envuelta en una sencilla túnica de lino, Freya dejó atrás su cabaña, sumergiéndose en la quietud de la noche. Solo el ulular del viento y el susurro de las hojas rompían el silencio, como si el mundo entero contuviera la respiración.
Al llegar a la orilla del río, se detuvo un instante, observando el reflejo de la luna bailando sobre la superficie del agua. El río parecía llamarla; su corriente murmurante le susurraba promesas de alivio y claridad. Sin dudarlo, dejó caer la túnica sobre la hierba escarchada y avanzó con pasos firmes hacia el agua.
Apenas sus pies tocaron la corriente, un escalofrío recorrió su cuerpo. El agua estaba helada, como dagas invisibles perforando su piel. Su intuición le sugería que retrocediera un momento; no obstante, en vez de eso, inhaló profundamente, cerró los ojos y avanzó más. Sentía cómo el frío se aferraba a su piel, pero poco a poco su cuerpo se acostumbró. Era como si el agua la reclamara, envolviéndola en un abrazo gélido que, lejos de incomodarla, le ofrecía una sensación de liberación.
Se inclinó ligeramente y sumergió las manos en el agua cristalina, llevándolas a su rostro en un gesto pausado. Sus dedos recorrieron sus mejillas, su frente, su cuello, sintiendo cómo el frío despejaba su mente. Luego, con un movimiento lento, hundió la cabeza en el agua, dejando que sus rizos pelirrojos flotaran a su alrededor como algas danzantes.
Permaneció así unos instantes, disfrutando de la paz que le brindaba el silencio acuático. Allí, sumergida, todo parecía distante: la guerra, la incertidumbre, el peso del destino sobre sus hombros. Solo existía el río y su cuerpo fundiéndose con él.
Cuando emergió, exhaló con suavidad, sintiendo cómo el aire helado chocaba contra su piel mojada. Se llevó las manos al cabello y, con movimientos hábiles, lo masajeó suavemente, eliminando la suciedad y la tensión acumulada. Luego, dejó que el agua corriera por su espalda, arrastrando con ella todo rastro de fatiga.
Desde la línea del bosque, una figura se mantenía inmóvil entre las sombras. Erik observaba en silencio, su mirada atrapada en la escena frente a él. No había seguido a Freya con intención de espiarla, pero cuando la vio caminar hacia el río, su curiosidad lo retuvo. Ahora, contemplaba cómo la luna dibujaba reflejos plateados en su piel mojada, cómo su cabello rojo parecía fuego líquido bajo la luz nocturna.
No había deseo en su mirada, sino algo más profundo: admiración. Había algo en la forma en que Freya se movía, en cómo desafiaba el frío sin vacilar, que hablaba de su fortaleza, de su espíritu indomable. Sin que ella lo supiera, esa imagen se grabó en su mente como un recuerdo imborrable.
Freya, ajena a su presencia, salió lentamente del agua y permitió que la brisa nocturna secara su piel. El frío mordía, pero en lugar de incomodarla, la hacía sentir más despierta, más viva. Se cubrió con la túnica de lino, que se pegó a su cuerpo aún húmedo, y emprendió el camino de regreso a la cabaña, sin notar que, desde la distancia, Erik seguía observándola, pensativo.
Cuando Freya entró en la cabaña, el calor del fuego la envolvió de inmediato. Se acercó con pasos silenciosos y vio a Freydis acomodando una manta sobre Mara, quien dormía plácidamente. La escena le arrancó una sonrisa.
Freydis levantó la mirada y la recorrió con los ojos. Su cabello aún goteaba, y la tela de su túnica se pegaba a su piel húmeda. Con una ceja arqueada y una sonrisa divertida, murmuró:
—No me digas... ¿Decidiste bañarte en el río?
Freya se dejó caer junto al fuego y extendió las manos hacia las llamas.
—¿Y qué si lo hice? —respondió con calma.
Freydis chasqueó la lengua y negó con la cabeza, divertida.
—En pleno invierno... Ni siquiera los hombres del pueblo más rudos hacen algo así sin una razón válida. La mayoría preferimos calentar agua y no morir congelados.
—No fue para tanto —dijo Freya con una pequeña sonrisa— El frío es intenso al principio, pero luego... se vuelve soportable.
—O tal vez te volviste insensible por el frío y no te diste cuenta —replicó Freydis con una risa suave.
Freya rodó los ojos y apoyó la cabeza en sus rodillas.
—Solo necesitaba despejarme.
Freydis la observó en silencio por un momento antes de responder con un tono más suave:
—¿Funcionó?
Freya tardó en contestar. Miró las llamas que danzaban en el hogar y sintió su calor en la piel. Finalmente, asintió.
—Sí.
Freydis, entusiasmado con la aprobación, se acomodó mejor junto al fuego.
—Entonces, valió la pena. Aunque la próxima vez, avísame. Me gustaría verte intentarlo otra vez cuando el agua esté casi congelada.
Freya dejó escapar una risa leve.
—No cuentes con ello.
Freydis soltó una carcajada baja y palmeó suavemente el brazo de Freya antes de recostarse sobre su manta.
Después de la conversación, Freydis se acercó a Freya y le tendió una manta cálida, notando cómo su cabello aún goteaba y su camisón húmedo se pegaba a su piel.
—Tómala antes de que empieces a tiritar —comentó con una sonrisa divertida, aunque sus ojos reflejaban un dejo de preocupación.
Freya tomó la manta con agradecimiento, se envolvió en ella y se aproximó al fuego.
El crujido de la escalera anunció la llegada de los trillizos, que descendían con pasos torpes y ojos entrecerrados, aún atrapados en la somnolencia.
—¿Por qué estás mojada, Freya? —murmuró uno de ellos, frotándose los ojos con el puño.
—Porque es un pez —bromeó otro, antes de soltar un gran bostezo.
Freya despeinó sus cabellos con cariño antes de ponerse de pie.
—Voy a cambiarme antes de resfriarme —dijo, y comenzó a subir las escaleras.
Cuando pisó el primer escalón, la puerta de la cabaña se abrió y una ráfaga de aire frío entró en la habitación. Erik entró, sacudiendo la nieve de los hombros y frotándose las manos para entrar en calor.