La mañana de la partida llegó con un cielo grisáceo, cubierto por nubes bajas que parecían abrazar el valle en un silencioso presagio. Dentro de la cabaña, Freya se movía con calma, más serena que en días anteriores. Había recuperado algo de su luz, y aunque el miedo seguía ahí, se sentía en paz consigo misma.
Antes de marcharse, subió las escaleras hacia el cuarto donde los trillizos jugaban, ajenos a la gravedad del día. Al verla, se lanzaron sobre ella con risas y gritos, envolviéndola en un abrazo cálido que la desarmó por dentro.
Freya se inclinó, los observó a los ojos con una sonrisa dulce y extrajo de su bolsillo un pequeño objeto de madera: el osito que Snorri le obsequió.
—Este osito me lo dio Snorri hace poco —dijo, sosteniéndolo en la palma de la mano— Quiero que se quede con ustedes mientras yo no esté. Para que, cuando lo vean, se acuerden de mí.
Uno de los niños lo tomó con cuidado, examinando con curiosidad, mientras los otros dos lo miraban fascinados.
—¿Y va a cuidarnos como tú? —preguntó uno con voz bajita.
—Claro que sí —respondió Freya, acariciándole la mejilla— Es un guardián valiente. Como ustedes.
Los tres sonrieron, y uno de ellos apretó la figura contra su pecho. Freya los abrazó con fuerza, sintiendo cómo ese gesto la llenaba por dentro.
—Los amo —susurró con cariño, besando sus frentes— Y quiero que escuchen siempre a Mara, ¿sí?
Asintieron enérgicamente, y al separarse de ellos, Freya lo hizo con una sonrisa. No había lágrimas. Solo amor.
Al bajar, encontró a Mara esperándola junto a la puerta. No hizo falta que dijeran mucho. Se miraron, y Freya se acercó para abrazarla sin dudar.
—Voy a volver —dijo en voz baja, más para convencerse que para prometer.
—Lo sé —respondió Mara, con la voz contenida pero firme. Le acarició el cabello como cuando era niña. —Pero si por algún motivo no lo haces, que sepas que te has vuelto fuerte. Ya eres la mujer que tu padre habría querido ver.
Freya cerró los ojos un instante y asintió contra su hombro. No contestó. Simplemente la abrazó con más fuerza, preservando ese instante como un refugio al que volver cuando el miedo apretara demasiado.
—¿Estás lista para partir? —preguntó Snorri, montado sobre un brioso corcel castaño, sin silla, con una sonrisa orgullosa.
Freya lo miró, entre confundida e incrédula.
—¿Qué estás haciendo arriba de ese caballo?
—No es evidente que cabalgaré con Erik y contigo, ¿verdad? —replicó de manera sarcástica.
Antes de que ella pudiera responder, Erik se acercó, cruzado de brazos y con el ceño fruncido.
—Snorri. Baja de ahí. Vas a pie con los demás soldados, como se te indicó.
—¿Por qué? ¡Freya va a caballo! ¡Y tú también! —protestó con un gruñido frustrado.
—Freya es mayor de edad. Tiene derecho a montar —dijo Erik con calma, aunque con firmeza— A ti aún te falta demostrar tu valía.
Snorri chasqueó la lengua y miró a Freya buscando apoyo. Pero ella no se lo dio.
—Snorri —dijo, asiendo fuertemente su brazo y dándole la vuelta hacia ella— Esto no es un juego. En este momento, te guste o no, es hora de cumplir órdenes. Si quieres ganarte tu lugar, hazlo con acciones. No con rabietas.
Por un momento, Snorri pareció querer replicar, pero se contuvo. Gruñó, se bajó del caballo de un salto y volvió a caminar con el grupo, murmurando algo para sí.
Freya lo siguió con la mirada; luego volvió la vista al cielo encapotado. Inspiró hondo. El viento traía consigo olor a tierra mojada y caballo, y una nube espesa se deslizaba rápido sobre sus cabezas.
Erik apareció a su lado, con una mano firme en el hombro.
—Es hora.
Ella asintió y montó a Angus sin decir palabra alguna.
En la cabaña, Thorkell se acercaba a Freydis mientras los demás hacían los últimos preparativos. Ella estaba de pie junto a la cabaña, con los brazos cruzados y la mirada perdida en el horizonte. El aire olía a tierra húmeda y a despedidas no dichas. Apenas lo vio, su expresión se suavizó, pero no dijo nada. Fue él quien rompió el silencio, con una voz más baja de lo habitual.
—Nunca pensé que me costaría tanto despedirme de este lugar... pero sobre todo, de ti.
Freydis lo miró, conteniendo la emoción, pero con una leve sonrisa en los labios.
—Me criaste —dijo él con voz baja, cargada de emoción— Puede que no tengamos la misma sangre, pero eres más mi familia que nadie. Siempre lo fuiste.
Freydis desvió la mirada, tragando saliva. Por un momento, no dijo nada. Pero luego extendió la mano y apoyó la palma sobre el pecho de Thorkell.
—Eres igual a Leif —murmuró— No por la sangre, sino por lo que llevas en el alma. Él era testarudo como tú. Noble como tú. Si estuviera aquí... estaría orgulloso.
Thorkell sintió que algo se le quebraba por dentro, pero se obligó a mantenerse firme. Asintió, apenas.
Freydis respiró hondo, con el pecho apretado por la angustia.
—Ya he perdido a tres de mis hermanos, un sobrino... y a mi hijo mayor. Vuelve, Thorkell. No quiero... no soportaría perder a otro hijo.
—Siempre me llamaste así... —susurró él, con un nudo en la garganta— Y siempre lo fui. No por la sangre, sino porque así lo decidimos.
Se separó apenas, solo para verla a los ojos.
—Si me pasara algo, díganle a los trillizos que reserven un lugar para mí en sus historias. Que digan que su amigo demostró ser valiente. Pero hazlo con una sonrisa, no con lágrimas.
Freydis le dio un golpe suave en el pecho con el puño cerrado, conteniendo las lágrimas.
—No digas tonterías. Si no vuelves completo... te buscaré hasta el más allá para darte una buena golpiza.
Thorkell sonrió, con los ojos brillantes.
—Entonces no tengo elección.
Ulfrik se apartó de los hombres y se fue en dirección a la cabaña principal antes de que la partida diera inicio. Freydis aguardaba ahí, con los brazos cruzados bajo el alero de madera, como si su carácter fuera capaz de acallar todo el sufrimiento que producen las despedidas.