El cielo estaba cubierto por un gris sombrío, como si el propio firmamento llorara por él. Tendido sobre el barro, con el cuerpo herido y el alma hecha pedazos, observaba las nubes moverse lentamente, arrastrando los últimos ecos de una batalla perdida.
A su alrededor, la tormenta rugía sin piedad, pero su mente ya no estaba ahí. Se había refugiado en otro tiempo, uno más cálido, más lejano. Vio destellos de su infancia, tan llenos de promesas y risas. El calor del sol en su piel, las voces de los que ya no estaban. Todo eso parecía tan distante ahora, como si hubiera ocurrido en otra vida.
Se preguntaba en qué momento exacto se había quebrado todo.
¿Cuándo la esperanza se volvió un lujo? ¿Cuándo la guerra se convirtió en su única realidad?
Tenía doce años cuando vagué sin rumbo, hasta que un bote pesquero le ofreció algo parecido a un nuevo comienzo. Pero el mar no fue un consuelo: fue otro campo de batalla. Las olas se convirtieron en enemigos, y el frío en su castigo constante.
Y entonces llegó esa noche.
El cielo rugía como si los dioses se pelearan entre sí. Ægir, decían, había desatado su furia, y Odin lo dejaba hacer. Las olas se elevaban como monstruos y chocaban contra la embarcación, como si tuvieran la intención de devorarla.
—¡Es la furia de Ægir! —gritó un pescador, aferrado a los remos.
—¡Y Odín no la calma! ¡Estamos perdidos! —exclamó otro, con los ojos llenos de miedo.
El viento aullaba como una bestia salvaje; el bote crujía, retorciéndose bajo el peso de cada embestida. Él intentaba aferrarse a las cuerdas, los dedos congelados, el corazón al borde del pánico.
—¡Agárrate fuerte, muchacho! —gritó el capitán— ¡No dejes que el miedo te hunda!
Una ola gigante se alzó como una pared de oscuridad; el bote se inclinó bruscamente. El agua lo envolvió en un instante.
—¡No! —alcanzó a gritar, antes de desaparecer bajo la superficie.
Todo se volvió negro.
El agua fría lo golpeaba, giraba y arrastraba hasta el fondo, como lo haría la muerte. No podía respirar; el mar lo estaba devorando. Cada intento por salir era en vano, la desesperación era total, se hundía, y con él también sus fuerzas.
Un jalón inesperado lo sacó de las profundidades; una red de pesca lo rodeó, sacándolo entre aguas embravecidas. La oscuridad se tornó en luz titilante entre relámpagos y voces humanas, mientras que el frío marino se desvaneció ante el golpe del viento helado.
—¡Lo tenemos! —gritó alguien.
Las voces eran diferentes, como si vinieran de otro mundo, pero persistentes. Manos firmes lo alzaron sobre la cubierta y lo depositaron en una superficie dura, aunque estable. Apenas podía ver, pero sintió la presencia de varios hombres a su alrededor.
—¡Es un niño! —exclamó un marinero de barba gris, agachándose junto a él.
Lo cubrían rápidamente y lo llevaban al interior de la nave, que era un lugar pequeño y húmedo, aunque a salvo del mal clima. Mientras el hombre de barba hacía una olla con agua caliente, lo recostaron entre sacos. El vapor se mezclaba con el olor a sal y madera mojada.
Otro marinero, de manos ágiles, comenzó a remover una sopa espesa en una olla tambaleante. Le ofrecieron cucharadas con cuidado, y aunque apenas podía tragar, el calor empezó a devolverle algo de vida.
—¡Más agua caliente! —se escucha la voz grave del hombre que parecía estar al mando.
Las voces de la tripulación eran un ancla. A medida que la tormenta cedió, el barco se mecía con menos violencia. En el horizonte, un resplandor tímido comenzaba a teñir el cielo: el amanecer.
Cuando abrió los ojos nuevamente, la tormenta era solo un rumor lejano. A su lado, el hombre de la barba gris ofreció una manta más gruesa y una mirada reconfortante.
—Has tenido suerte, muchacho —dijo con suavidad— Pero lo importante es que estás vivo.
Sintió el calor abrirse paso por su pecho, lento pero firme; mientras los marineros seguían ocupados a su alrededor, otro hombre, más alto y con voz autoritaria, se acercó.
—¿Cómo te llamas? —preguntó, con tono amable.
Intentó responder, pero solo salió un susurro ronco. El hombre asintió, comprensivo.
—No importa ahora —dijo, palmeando el hombro— Estás a salvo, eso es lo que importa.
Al amanecer, el mar comenzaba a calmarse; el sol, aún tímido, asomaba entre nubes dispersas, tiñendo las aguas de un dorado pálido. El viento violento de la noche ya no soplaba; a pesar de ser reciente, la tormenta se asemejaba a un mal sueño que se desvanecía con el amanecer.
Los marineros salieron uno a uno a cubierta, exhaustos pero aliviados, y comenzaron a inspeccionar los daños. El barco había sobrevivido, pero no sin secuelas: las velas rasgadas, mástiles agrietados y el casco marcado por la furia del mar. El capitán recorrió el barco con la mirada afilada, deteniéndose en cada rincón que requería atención urgente.
—Aguantamos la tormenta —dijo finalmente, con voz grave— Pero eso no nos quita los daños; debemos reparar y abastecer. Nos dirigiremos al muelle cercano. Preparen el bote para atracar.
No hubo protestas; los hombres se movieron con precisión, asegurando cuerdas y preparando la embarcación para el ataque. El ritmo del trabajo era metódico, nacido de las costumbres y la necesidad.
El capitán se giró hacia el niño, que observaba en silencio, los ojos todavía abiertos de asombro. Sin embargo, había una fortaleza en él, una resiliencia muda que no pasó desapercibida.
Se acercó, la voz bajando de tono.
—Ven conmigo al puerto, vamos a conseguir ropa nueva; lo que llevas puesto no te protegerá del frío por mucho tiempo.
El niño asintió, todavía atrapado entre el miedo reciente y la extrañeza de la seguridad. El capitán le palmeó el hombro con suavidad, un gesto breve, pero lleno de significado.
El barco se desliza hacia el muelle, sus velas ondeando con la brisa. El puerto estaba despierto y vibrante, lleno de movimiento: barcos atracando, hombres descargando mercancías, voces elevándose entre el crujido de la madera y el olor del mar mezclado con pescado fresco.