Snorri, aunque más reservado, empezaba a sentirse parte del grupo. A veces compartía cuentos de su madre y su padre fallecido, y reía con Thorgils como si siempre hubieran sido hermanos. La rutina diaria, los pequeños juegos y las historias alrededor del fuego le daban una sensación de hogar que apenas podía imaginar en su pasado.
Pero el viento parecía distinto aquella noche. Traía consigo un frío extraño y un olor a lluvia que nadie esperaba. Las sombras de las colinas se alargaban de manera inquietante, y los perros, normalmente tranquilos, empezaron a ladrar sin razón aparente. Snorri frunció el ceño; algo en su instinto le decía que no era un simple viento del norte.
Las antorchas titilaban, proyectando figuras danzantes sobre la nieve y la roca. Cada chispa parecía susurrar un aviso que nadie quería escuchar. Y entonces, cortando la quietud de la noche, sonó un cuerno. Un sonido grave y profundo que heló la sangre de todos. Nadie deseaba escucharlo, y todos supieron, sin necesidad de palabras, que algo terrible estaba por suceder.
—¡Hombres armados al norte! ¡Portan estandartes desconocidos! —gritó una vigía, corriendo hacia el centro del asentamiento.
—No puede ser... —susurró— No ahora.
El ataque de Erik Hákonsson fue brutal y sorpresivo. La aldea se vio envuelta en llamas, el mar se tiñó de rojo y, en el caos, el destino de muchos cambió para siempre.
El aire olía a humo y sangre.
Thorkell había perdido de vista a Leif, a Thorgils... incluso a Sigrid. Aún sentía el eco de su voz entre los gritos, llamando a su hijo mientras corría hacia la casa que compartían. Fue lo último que escuchó de ella.
Cuando llegaron al umbral, la casa ya ardía. Unos cuerpos yacían cerca de la entrada, cubiertos por las sombras del fuego. Thorkell se arrojó hacia ellos con la esperanza aún viva, pero Snorri lo detuvo con un gesto tembloroso.
—Thorkell... es mi madre —susurró, con los ojos vidriosos.
El cuerpo de Guðríðr yacía junto al de Sigrid, abrazados como si hubieran intentado protegerse mutuamente del ataque. La piel ennegrecida por las llamas, las ropas aún humeantes. Eran irreconocibles, pero sus colgantes seguían colgando del cuello. El de Guðríðr, con forma de estrella de ocho puntas. El de Sigrid, un martillo de Thor.
Thorkell cayó de rodillas, abrumado.
—No puede ser... no...
Snorri no lloraba. Solo temblaba, con los ojos clavados en el vacío.
—¿Por qué hicieron esto?
No hubo respuesta. Solo el rugido del fuego y el caos de la batalla más allá.
Y entonces, un grito rasgó la distancia:
—THORGILS
Thorkell se levantó de golpe. Apretó los dientes, secando las lágrimas con la manga de su túnica.
—Vamos. Aún puedes estar vivo.
Corrieron por las calles cubiertas de humo, evitando a los guerreros rivales, los cuerpos y las brasas ardiendo. El pueblo era un infierno desatado.
Finalmente, llegaron a la herrería, lugar donde los tres niños solían trabajar y jugar. Allí, en el suelo, junto a los restos destrozados del yunque, yacía Thorgils.
—¡Thorgils! —gritó Thorkell, cayendo de rodillas junto a él.
El niño aún respiraba, pero débilmente. Tenía una herida profunda en el abdomen, y su ropa estaba empapada en sangre. Apenas abrió los ojos.
—Thorkell... Snorri...
Thorkell lo sostuvo con cuidado, como si al hacerlo pudiera evitar que el alma se le escapara del cuerpo.
—Tranquilo, te vamos a sacar de aquí —dijo, con voz quebrada.
Pero Thorgils ya sacudía la cabeza con lentitud. Su mano, manchada de sangre, buscó la de su hermano.
—Cuida de ellos... —Thorgils esbozó una sonrisa apenas visible. Luego, su mirada se apagó.
Thorkell se quedó inmóvil, abrazándolo, con la frente apoyada contra la de él. Snorri se había apartado, dándoles espacio, con los ojos brillando, pero sin emitir sonido alguno. El silencio era insoportable.
Entonces, un grito de guerra se alzó desde la plaza. Ambos dirigieron su mirada hacia el sonido y se apresuraron hasta una antigua estructura de madera, donde se escondieron entre las sombras. Desde allí, vieron lo impensable.
Leif, cubierto de sangre y con la espada en mano, defendía la plaza junto a unos pocos hombres. Frente a él, entre la niebla y las llamas, apareció una figura imponente: Erik Hákonsson, con su capa negra ondeando tras él y una mirada de furia helada.
El combate fue breve.
Leif, ya lesionado, apenas logró protegerse del ataque salvaje. Cayó de rodillas. Erik alzó su espada y, sin piedad, la hundió en el pecho del explorador.
—¡Noooo! —gritó Thorkell, pero su voz quedó ahogada entre los gritos de la batalla.
Snorri se cubrió la boca, sus ojos abiertos de par en par. Ambos permanecieron ocultos, paralizados, mientras los enemigos tomaban el lugar y el cuerpo de Leif quedaba tendido en la plaza.
En ese instante, algo se rompió dentro de Thorkell.
Ya no había hogar. Ya no había padres. Ya no había sueños.
Tras ver cómo Leif caía, Thorkell no tuvo tiempo de gritar, de llorar, ni siquiera de pensar. Agarró a Snorri del brazo y corrieron sin mirar atrás. Las llamas crepitaban a su alrededor mientras esquivaban cuerpos, tejados derrumbados y gritos desgarradores. Solo se detuvieron cuando llegaron a una granja en las afueras, parcialmente cubierta por la nieve y olvidada por el caos.
Solo una misión: proteger a Snorri. Lo único que le quedaba.
La nieve caía sin cesar mientras Thorkell empujaba la pesada puerta del granero. Dentro, el silencio dolía más que el frío. Snorri estaba encogido en un rincón, temblando, con los ojos enrojecidos por el llanto.
Thorkell no dijo nada. Llevaba el cuerpo de Thorgils aún en la memoria, el calor escapando de su pecho en sus brazos. Después, ese grito sordo. Leif. La hoja de Erik Hákonsson atravesando a su maestro mientras las casas ardían.
Todo lo había perdido en una noche.
Se quedó un momento en pie, la respiración agitada. Luego se sentó junto a Snorri, sin mirarlo directamente. No hacía falta.