El aire a su alrededor se sentía denso, casi irrespirable. La pérdida de sus aliados no era solo un vacío, era un dolor punzante, como una lanza atravesando el pecho. Pero lo que más desgarraba a quienes estaban presentes no era el humo ni la sangre seca en sus ropas, sino la imagen del jefe Ulfrik, de rodillas, frente a un montículo de piedras cubierto de flores silvestres. Allí descansaba Thorkell.
No pudieron ofrecerles a todos una despedida en el mar, como dictaban las tradiciones. El fiordo estaba lejos, y los cuerpos eran demasiados. Así que cavaron con las manos, con palas, con lo que tuvieran, y los cubrieron con piedras, con respeto y rabia contenida.
Freya permanecía en silencio, sintiendo que algo se había quebrado en su interior. No había conocido a Thorkell toda su vida, pero en el poco tiempo que compartieron, él había sido amable. Había cuidado de sus hermanos, había hablado con ella sin juzgarla... y había reconstruido su arco, ese que tanto significaba para ella.
Y ahora... él ya no estaba.
Cuando Freya volvió a centrarse en los montículos de piedra que cubrían los cuerpos caídos, distinguió a Ulfrik Haddock acercándose. Su andar era lento, como si cada paso pesara más que el anterior.
—Torben Olsen... cayó en la batalla —dijo con un hilo de voz grave.
Freya tragó saliva.
—¿Y los demás jefes? —preguntó en un susurro, sin alzar la mirada— No sé cuánto más puedo soportar.
Ulfrik negó despacio con la cabeza.
—Están vivos... pero muchos están malheridos.
Hubo un silencio espeso. Luego, él inspiró hondo.
—Estuve con Torben en sus últimos momentos. Me pidió que te lo dijera... que hasta el final, creyó en vos. Que nunca dudó de que eras la heredera que Escocia necesitaba.
Las lágrimas ardieron en los ojos de Freya. Bajó la vista, sintiendo un nudo en el pecho.
—Gracias por decírmelo... —susurró.
Ulfrik la observó un momento en silencio, y su voz tembló un poco más al hablar de nuevo.
—¿Has visto a Erik? Lo estoy buscando.
—Está en la colina... —dijo Freya, señalando con la cabeza.
—Está bien... —añadió Ulfrik con un tono de tristeza— Snorri... sé que esto lo destruyó. Thorkell era más que un hermano para él.
Freya se mordió el labio. Dudó un segundo antes de responder.
—Está con Heather. Lo vi hace un rato... No quiso hablar con nadie, pero ella no lo dejó solo.
Ulfrik suspiró, como si eso aliviara un peso en su pecho.
—Bien... gracias, muchacha.
Ella solo asintió, sin encontrar palabras. Lo observó alejarse en dirección opuesta a la colina, hasta que su figura desapareció entre los cuerpos, flores y piedras.
Entonces Freya retomó su camino hacia donde estaba Erik.
Él seguía de pie, igual que cuando lo había dejado, con la espalda rígida, mirando el cielo que lentamente se teñía de naranja. Esta vez tampoco volvió al escucharla llegar.
Sin pronunciar una palabra, ella extrajo un pequeño paño que había llevado consigo durante todo el tiempo... Con cuidado lo puso en la mano de Erik.
Él se sobresaltó y la miró. Al ver lo que le había dado, sus labios temblaron y los ojos se le llenaron de lágrimas. Llevó una mano a la boca, intentando ahogar el llanto que subía desde lo más profundo.
Freya no dudó. Dio un paso y lo abrazó, como hacía años no abrazaba a nadie.
Él la abrazó con fuerza y escondió la cara en su hombro, dejando, por fin, que las lágrimas fluyeran sin límites. Freya sintió cómo las lágrimas comenzaban a deslizarse por sus propias mejillas, mientras el peso del día, el cansancio y la tristeza la vencían. Ya no tenía fuerzas para contener nada.
Por un momento, permanecieron así, aferrados el uno al otro como si el dolor pudiera disiparse al compartirlo. Finalmente, los sollozos de Erik comenzaron a calmarse. Se apartó apenas, con los ojos enrojecidos e hinchados, el rostro marcado por las lágrimas.
—Lo siento —murmuró con la voz quebrada.
—Erik... no tienes que disculparte —respondió Freya con suavidad— Yo estuve igual cuando supe que papá había muerto.
Desvió la mirada hacia el horizonte, donde la última luz dorada del día aún se aferraba al cielo. El silencio que siguió no fue incómodo. Fue necesario. Como si las palabras no fueran suficientes, pero tampoco necesarias.
—Pensé que... —La voz de Erik se estremeció. Tomó una respiración profunda, intentando estabilizarse. —Pensé que podría manejarlo... después de lo que pasó con Freyr.
Se mordió el labio, como si le doliera recordar, y la miró.
—Me equivoqué. Esto es aún peor.
Freya hizo un gesto suave para que Erik se acercara a ella y luego se sentó en la hierba marchita, todavía teñida de gris por el invierno que se alejaba. Él lo realizó, sin pronunciar palabra, como si ese pequeño acto fuera exactamente lo que necesitaba.
—Freyr era más que un hermano —empezó, vacilante, con la mirada fija en el suelo. Las palabras parecían salir desde lo más profundo, desde un lugar que había mantenido oculto durante los últimos seis años. —Era mi amigo. Hacíamos todo juntos.
Tragó saliva, como si cada recuerdo fuera una piedra difícil de tragar.
—A diferencia de Thorkell y Snorri, él era serio... pero cuando bromeaba, lo hacía de una forma tan inesperada que me hacía reír hasta dolerme el estómago. —Sonrió apenas, un reflejo doloroso de esos momentos ya lejanos— Me enseñó a usar armas, me llevó a cazar muchas veces...
Guardó silencio por un instante. El peso de lo que venía le tensó los hombros.
—Y luego... cuando nos devolvieron su cuerpo... —La voz se le quebró— Estaba ensangrentado. Muerto. Nunca había visto la muerte antes. No así. No tan real. Tan fría.
Freya no dijo nada. Solo se acercó un poco más; su cercanía era una respuesta más poderosa que cualquier palabra.
Erik respiró hondo. Seguía mirando al suelo, como si al hacerlo pudiera volver atrás y cambiar algo. Pero no podía.