El bosque temblaba con el paso de los vikingos.
La luz pálida del amanecer apenas se filtraba entre las ramas desnudas, proyectando sombras largas sobre la tierra húmeda y marcada por las huellas desesperadas de quienes huían. El crujir de las ramas, el golpeteo firme de los cascos y el resoplido de los caballos rompían el silencio, levantando barro y hojas marchitas a su paso.
El suelo vibraba.
Como si la tierra misma supiera lo que estaba por ocurrir.
Magnus Bjorsson cabalgaba al frente, con los ojos clavados en el rastro. No necesitaba verlos para saber que los escoceses estaban cerca: podía sentirlos. Se movían con torpeza, heridos, desorientados, y el miedo, el miedo siempre dejaba un olor inconfundible en el aire.
Aún flotaba en la distancia el eco del combate, junto al olor a humo, cuero desgarrado y sangre reseca.
—Están agotados —gruñó uno de los jinetes a su lado— Ya no deben tener fuerzas para correr.
Magnus no lo miró.
—No hace falta que corramos —dijo con una calma inquebrantable—. Simplemente hay que empujarlos hacia la trampa.
El plan era sencillo: conducirlos hacia el barranco, donde un segundo contingente vikingo aguardaba. Como lobos cerrando el círculo sobre ciervos exhaustos. No se trataba de una batalla. Era cacería.
Un joven jinete se acercó al trote, la capa aún marcada por cenizas y hollín.
—¡Señor Magnus! —dijo entre respiraciones cortadas — Los vimos... rodean la colina desde el este. ¿Atacamos ahora?
Magnus alzó la vista.
A través de la niebla dispersa, las siluetas de los escoceses apenas eran sombras temblorosas entre los árboles. Parecían arrastrarse entre los árboles.
—¿Cuántos?
—Ciento cincuenta... quizás más. —El joven tragó saliva. Se comportan como si el mundo se les estuviera derrumbando encima.
Una media sonrisa asomó en el rostro de Magnus.
—Perfecto.
Su voz alzó entonces, firme, cortando la quietud del amanecer.
—¡Argyll! —ordeno. —Lleva la mitad de los hombres y ataca por el este. No dejes que ninguno cruce la colina.
—Sí, señor —respondió el enorme vikingo, girando su corcel de crines grises.
Los cascos golpearon el suelo con furia contenida, extendiéndose como una ola silenciosa entre los árboles. No hubo gritos, no hubo júbilo. Solo la calma terrible de quienes saben que el desenlace ya está decidido.
Los escoceses aún ni siquiera lo sabían.
Pero estaban condenados.
La formación vikinga se cerró como un puño. La tierra temblaba bajo los caballos, levantando polvo y hojas muertas que caían sobre los hombres que huían, sobre aquellos que todavía intentaban luchar... sobre los que ya habían aceptado su destino.
Magnus observaba desde lo alto de su montura, impasible. Sus ojos no veían caos, sino posiciones. No veía hombres... veía piezas que aún no habían caído.
—Divídanlos —ordenó con voz profunda.
Y la orden se cumplió.
Tal y como Magnus había previsto, los escoceses fueron separados en dos grupos: uno empujado contra la colina; Uno, Aprisionado entre el hierro vikingo y la pendiente; el otro, disperso por la llanura, huyendo sin rumbo fijo, intentando sobrevivir un poco más.
Las espadas chocaron.
Los gritos finalmente llegaron.
Y tanto escoceses como vikingos fueron cayendo.
La tierra se tiñó de barro y sangre.
Pero cuando el ruido empezó a apagarse, cuando solo quedaron los últimos hombres respirando a golpes, hubo uno que no cedió, uno que no retrocedió, uno que seguía peleando como si aún existiera esperanza.
El líder.
Un vikingo a pie se acercó corriendo hacia él con la espada levantada, listo para acabarlo de una vez... pero la voz de Magnus interrumpió como si fuera un muro.
—¡Detente!
El guerrero se quedó desconcertado. Magnus clavó su mirada en el escocés... y entonces desmontó lentamente; el peso de su presencia bastó para imponer silencio. Nadie esperaba que se acercara, sin prisma, sin intimidación innecesaria, como si aquello no fuera batalla, sino decisión.
El líder escocés levantó su espada una última vez. No por valor, sino por dignidad.
El enfrentamiento fue breve; Magnus lo desarmó con una brutal precisión y, tras un golpe seco, lo hizo caer de rodillas. El filo de la Claymore se apoyó en su cuello, obligándolo a levantar la mirada.
—Mírame —ordenó.
El escocés lo
—Atrás, regresen con el resto, esto lo hablaré yo.
Nadie discutió.
Los cascos se alejaron, las voces se fueron apagando y, por un instante, el campo quedó reducido a dos figuras frente a frente.
El hombre seguía de rodillas, con el barro pegado a las manos y la respiración rota. Era el último de los suyos en pie. El único que aún se atrevía a sostener la mirada.
La Claymore reposaba en su cuello.
Fría, pesada, inamovible.
Magnus no apartó la espada ni un instante; se inclinó apenas hacia él, lo suficiente para que su sombra lo cubriera por completo y su voz no saliera más allá de ese pequeño círculo de muerte.
Magnus inclinó la cabeza apenas, hablando en la lengua escocesa como si estuviera desempolvando un pasado prohibido.
—Nunca imaginé volver a verte... y menos así Blane.
Blane soltó una risa rota.
—Yo sí —respondió con amargura— Los que cambian de bando siempre regresan... tarde o temprano.
El murmullo del viento arrastró olor a hierro y tierra húmeda. A pocos pasos, los vikingos aguardaban, tensos, sin comprender una sola palabra, pero sintiendo que algo importante estaba ocurriendo.
Magnus se agachó un poco, apoyando la punta de su espada en el suelo, como si en realidad no quisiera matar... pero la sola presencia del arma recordaba que podía hacerlo cuando quisiera.
—No hables de bandos —murmuró— Ambos sabemos que Alaric cambia lealtades más rápido que la noche cambia al alba.
El rostro de Blane se endureció.
—Y aun así, le estás sirviendo.