Como una bestia primigenia, inmóvil y alerta, Drakonvick apareció entre la niebla. El portón se abrió sin ceremonias, y las torres se alzaban sombrías contra el cielo nocturno. No hubo cuernos ni gritos de bienvenida, nada más que el ruido sordo de los cascos sobre las piedras del patio.
Ewan fue el primero en desmontar, con el rostro tenso y endurecido por el viaje y por lo que traía consigo.
Magnus lo siguió, erguido y sereno, como quien no siente urgencia por justificarse. Entre ambos, sosteniendo de manera precaria sobre un caballo, yacía el cuerpo inconsciente de un hombre. Su rostro estaba hinchado y amoratado, casi irreconocible.
Freydis los esperaba al pie de la escalinata. Vestía de oscuro, con el cabello recogido, y la antorcha a su lado proyectaba sombras duras sobre sus facciones. No parecía sorprendida, pero sí alerta; su mirada recorrió la escena con rapidez y se detuvo, un instante demasiado largo, en el cuerpo inerte.
Freydis no esperaba a nadie.
—¿Por qué están aquí? —preguntó, con una voz neutra pero firme, mientras su mirada recorría al pequeño grupo.
Ewan inclinó apenas la cabeza.
—Órdenes de Ulfrik.
El ceño de Freydis se frunció con sutileza. Dio un paso más cerca.
—¿Qué ha ocurrido?
Fue Magnus quien avanzó entonces. No se impuso, pero había en su calma algo sólido, como si cada palabra estuviera tallada en piedra.
—Hubo un incidente en el camino —explicó— en un puente.
Freydis alzó la vista hacia él.
—Explícate.
—Ese hombre empujó a Freya al río —continuó Magnus sin titubear.
El nombre resonó en el aire helado. Freydis se quedó rígida.
—¿Freya? —repitió, con incredulidad— ¿Al río, con este frío?
—Al río helado —confirmó Ewan, con la voz grave.
Freydis se llevó la mano al pecho, conteniendo la respiración.
—¿Está viva?
—Sí. Erik saltó tras ella. La sacó.
El alivio cruzó su rostro apenas un segundo antes de endurecerse. Su mirada descendió lentamente hasta el prisionero inconsciente.
—¿Y él?
—Erik lo sometió —respondió Magnus— después de sacar a Freya.
Freydis observó los moretones, la sangre seca, las manos atadas con torpeza.
—Eso no parece solo sometimiento.
Magnus sostuvo su mirada, sereno.
—No lo fue.
Mientras hablaban, una figura se había detenido a cierta distancia. Mara. Había salido al oír los caballos y ahora observaba en silencio, el ceño fruncido. Al escuchar el nombre de Freya, su atención se tensó. No dijo nada, pero no apartó los ojos del prisionero.
Freydis giró sobre sus talones.
—Llévenlo a las celdas —ordenó— Que no recupere la conciencia sin que yo esté presente.
Luego se detuvo y volvió la mirada hacia Magnus, evaluándose como si lo viera por primera vez.
—Ulfrik confió en ti para traerlo aquí. Espero que no se haya equivocado.
Magnus no desvió los ojos.
—No se equivocó.
Freydis asintió, aunque su expresión no se suavizó.
—Mañana hablaremos.
Ewan se llevó al prisionero entre los muros. Freydis permaneció inmóvil. Solo cuando desaparecieron de su vista dejó escapar un largo suspiro.
Freya estaba viva.
El viento empujaba la nieve en espirales pequeñas cuando Magnus regresó desde las celdas. El prisionero había quedado bajo vigilancia estricta, pero el cansancio seguía adherido a sus huesos como el frío.
Freydis no se había movido del pie de la escalinata.
—Está en una celda —dijo Magnus— Dos hombres con él. No despertará sin que lo sepamos.
Freydis exhaló lentamente.
—Bien. No quiero errores con ese hombre.
—No los habrá.
—Eso espero —contestó Freydis— Pero tú tampoco deberías quedarte aquí de pie hasta que el cansancio te venza.
Magnus se limitó a asentir con una inclinación mínima de cabeza, el gesto de alguien acostumbrado a recibir órdenes, pero no a explicarse.
—He dormido en peores lugares.
Freydis soltó un breve suspiro, impaciente.
—Drakonvick no necesita héroes agotados que se rompan en silencio.
Giró entonces hacia Mara, que seguía a pocos pasos, con las manos entrelazadas bajo el manto, intentando no llamar la atención.
—Mara. ¿Puedes alojarlo?
La pregunta la tomó desprevenida. Mara alzó la vista, encontrando de golpe los ojos de Magnus. Eran claros, atentos, demasiado presentes.
—Sí… —respondió tras un breve segundo— Hay un cuarto libre.
Freydis asintió, como si eso resolviera algo más que una simple cuestión de espacio.
—Entonces queda decidido.
En el patio, el viento levantó remolinos diminutos de nieve. Una antorcha chisporroteó, lanzando sombras largas que alargaban las figuras sobre las piedras de la pared.
Magnus dio un paso hacia Mara.
—No pretendo incomodar —dijo, con una voz baja, controlada.
—Mientras no traigas sangre a mi casa —respondió ella, más por costumbre que por verdadera amenaza— estaremos bien.
Por un instante, ninguno de los dos se movió. La cercanía era mínima, pero suficiente para que Mara percibiera el olor a cuero húmedo, a metal frío, a viaje largo. Magnus, por su parte, la observó con una atención que no era descarada, pero sí intensa, como si tomara nota de cada detalle: la tensión en sus hombros, el cansancio bajo sus ojos, la firmeza con la que se mantenía erguida pese al frío.
—Sígame —dijo ella al fin, dándose la vuelta— Hace frío.
Cruzaron el patio en silencio. La nieve crujía bajo sus botas, y desde algún lugar llegaba el sonido lejano de una puerta cerrándose, de voces apagadas, de vida continuando pese a todo.
Freydis los observó alejarse unos pasos, con el manto agitándose a su alrededor.
—Descansa, Magnus —dijo— Mañana necesitaré tu cabeza fría, no tu orgullo.
Magnus no respondió con palabras. Solo inclinó la cabeza una vez más.
Mara caminó unos pasos por delante, guiándose entre las construcciones de madera y piedra. Su casa no era grande, pero sí sólida, con el techo bajo preparado para resistir el peso de la nieve y una pequeña ventana por donde escapaba una línea tibia de luz.