Coral de Fuego

Capítulo XVII

NAT

Salí del dormitorio preguntándome como llegaría a la puerta del salón Salavert. Después de todo, no es como si pudiera preguntar. Pero justo al momento de cerrar mi puerta, me llegó un mensaje de texto 

«Ve a la biblioteca. Pide el libro que le dejé a la bibliotecaria y busca el espejo del marco de oro.»

Como buena alumna, eso mismo fue lo que hice. Me encaminé hacia la biblioteca y busqué a la bibliotecaria. 

La biblioteca se encontraba junto a los dormitorios. Desde fuera parecía pequeña, pero por dentro, te sentías como en un mar de libros. Estante tras estante y todos repletos. Salas de lectura y escritorios largos en algunas partes. Escaleras a segundos pisos y un techo de cristal para poder leer con luz natural. Y en el centro de todo, un pequeño escritorio con algunos libros y una señora sentada en su silla. La bibliotecaria. 

—Buenas tardes, disculpe, ¿no le dejaron de casualidad un libro para mí? Soy Natalia.

—Hola querida. Sí, un profesor me dijo que vendrías a recogerlo—la señora de unos sesenta años se puso a buscar el libro en su pequeño escritorio. —Por donde lo habré puesto—dijo mientras abría uno de sus pocos cajones —mira aquí está —me entregó un pequeño libro trampa —nunca he entendido porqué no solo les dicen todo derecho en vez de andar dejando estas cajas por ahí.

—¿Disculpe?

—Uy si, esto los maestros los llevan haciendo toda la vida. Mira ábrelo —aunque sabía que éramos las únicas en la biblioteca, dudé un poco de si hacerlo o no. La abrí. Efectivamente, la cajita tenía en ella una pequeña carta y una pluma antigua parecida a un estilógrafo. —Ves, no tienen mucha imaginación. Lo mismo de siempre. Lo que buscas, esta por aquel pasillo. 

Sin dudar de la bibliotecaria, me dirigí hacia donde me señaló. A una de las muchas salitas de estudio, la diferencia, era que únicamente tenía un sillón que miraba por la ventana. Esta tenía una mesita a su lado y junto a la ventana, estaba el espejo. 

Me senté en el sillón para poder leer la nota y así me enteré de que el estilógrafo era en verdad una pluma de sangre. 

«Nat, si estas leyendo esto, significa que estás ya frente al espejo. El estilógrafo que acompaña esta carta es un estilógrafo de sangre. Funciona con tu sangre como tinta y autentifica tu identidad para entrar a salones como a los de nuestra familia. 

Para entrar al salón lo único que tienes que hacer es leer este encantamiento al espejo y después firmar tu nombre con la pluma sobre tu reflejo. Este desaparecerá y podrás cruzar el espejo. 

Para cada uno la entrada es diferente, así que no sabría decirte que hacer después. 

Nos vemos pronto,

Will.»

Siguiendo los pasos, tomé el encantamiento y lo recité: 

classrooms tredecim ad quod pertinet sanguine meo.

El espejo se tornó opaco; yo, tomé la pluma, y justo cuando la apoyé en la superficie, sentí como los dedos de la mano con la que la sujetaba se pegaban a la pluma y succionaban de ellos el líquido de mis venas. La pluma ya tenía tinta; firmé mi nombre. 

El vidrio opaco del espejo se desvaneció y en el, unas escaleras aparecieron. Al final de las escaleras, había una pequeña puerta, misma que al cruzarla, te llevaban a un pozo dentro del bosque.

Me acerqué, y en cuanto mis manos se posaron en su orilla, una visión se apoderó de mi.

Yo estaba entrando al edifico de los dormitorios, y me acerqué a un cuadro con las mismas escrituras de la puerta. Escrituras de mamá. Las recorrí con los dedos y justo al llegar a la figura de una luna, saqué la pluma y la inserté justo entre las dos puntas. Crucé la puerta y entré al salón. La visión había acabado, pero no sin antes mostrarme que la misma luna se encontraba en el espejo de la biblioteca, en el librero de mi habitación, y en un reloj antiguo del cual no logré reconocer su ubicación.

Cuando abrí los ojos, estaba sentada en el sillón de la salita de la biblioteca; parecía como si me hubiese quedado dormida. Sin perder tiempo, me paré e ingresé la punta de la pluma en la luna del espejo, la puerta se reveló y la crucé. Había ingresado al salón Salavert. 

—Bueno pues, encontrar este lugar es más complicado de lo que pareciera— le dije a Will que se encontraba de pie frente a la chimenea mientras me sentaba en uno de los sillones. 

—Pues si es secreto, de algún modo te deben de registrar ¿no?

—Ja ja.

—Mira, ya estas aquí, podemos comenzar.

Levanté la mano en señal que quería hablar.

—¿Tengo que hacer notas?

—No, quiero que escuches, después de todo, la historia también está en los libros —dijo mientras me señalaba un librero lleno de la esquina.

—Vale pues, comencemos. 

—¿En qué nos quedamos ayer?

—Me ibas a explicar como funciona mi talento.

—Cierto, pues por ahí hay que comenzar —se puso a caminar por el salón y comenzó. —Habentis maleficia: un talento que depende de muchas cosas. Poderoso y casi sin límites. Capaz de replicar, invocar y conjurar. 

—Will... hablas mucho y dices poco. 

—Con tus escudos, como tu les llamas, analizas a las personas y te permiten ver su talento para poder replicarlo. 

—De hecho, es como si solo con verlos me surgiera un pequeño encantamiento que lo replicase. —Will me volteó a ver y continuó.

—Conjuras con distintos encantamientos, mismos que te permiten hacer varias cosas; como los que mamá te dio. Y por último, puedes invocar energías ancestrales; como el viento del norte; la furia de Poseidón, también conocida como huracanes y tsunamis; la vida de la naturaleza; entre muchas otras. Como podrás ver, tienes mucho poder dentro de ti, poderes peligrosos —me miraba directamente a lo ojos— pero por la misma razón, tienes que aprender a controlarlos. No puedes perder el control, no te puedes volver dependiente de tus talentos tampoco, y a nadie debes de mostrarle abiertamente lo que eres capaz de hacer. 




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