Wen estaba segura de que aquel día pasaría algo grande.
Quería pensar que, por fin, podría ver un eclipse. No ocurría uno hacía doscientos años aproximadamente.
Bajó los ojos a la pantalla de su reloj. ¿Podría ser cierto? ¿Podrían haberle dado bien los cálculos y ocurriría un eclipse aquel día? Los datos decían que sí. Ajá, se había peleado con su padre por ello, porque consideraba que perdía el tiempo esperando indefinidamente que aquel inusual fenómeno ocurriese. Las naves de patrulla daban viajes sobre los edificios, escaneando cada actividad sospechosa. Desde hacía una década, en el año 2359, las habían implementado después de que hackearan la base de datos de la seguridad cibernética de la ciudad. Después de todo, era bien conocido que en la capital se ubicaba la información más importante del Gobierno Nacional.
Wen tenía ciertos... privilegios. Era la hija del alcalde de Ashmak, su padre la había creado mediante un complejo experimento genético y, al final, de aquella incubadora había nacido aquella chica de ojos vivos y sagaces.
Pero ser la hija del Doctor Wilsberson, por más que la salvase en muchísimas situaciones, no la alejaba del toque de queda y sus respectivas consecuencias. Cuando los robots de seguridad emitieron la alarma dando inicio a aquella restricción, ella no estaba en su casa, como hubiera debido. Sino en una azotea. Al otro lado de la ciudad. Ah, y con un telescopio, oculta bajo el cobijo de la oscuridad nocturna, esperando no ser vista por las naves de patrulla. Nadie le impediría ver el eclipse... en caso de que sucediera, claro. Se recogió el pelo, de un raro color azul tirando a verde, en un moño desordenado y se puso las gafas de último desarrollo que le mostraron varias pantallas a su alrededor. Revisó las variables y usó sus manos para navegar por toda la información. ¿No eran aquellos los factores en los que se basaban antaño para saber si había algún eclipse? Entonces, ¿por qué no pasaba? Había visto lo mucho que había cambiado el mundo en los últimos siglos, sí, ya no era como antes. Pero no entendía cómo eso había afectado también... ¿al espacio?
¿Los humanos que habían emigrado a otros planetas hacía poco más de dos siglos habían sentido cambios igual de abrumadores en su atmósfera?
Aunque muchos de los ciudadanos de allí habían ido a planetas como Marte, Júpiter y Saturno a expediciones con la agencia profesional encargada de los viajes espaciales, no era su caso. A ella su padre se lo había prohibido terminantemente. Según él, el mundo extraterrestre era peligroso y hostil. No era muy diferente a la Tierra, entonces, creía ella. Suspiró y se quitó las gafas, dejando de ver todo de color azul y viendo las pocas estrellas que quedaban visibles en el cielo, aquellas que no se camuflaban con el humo.
Le rompía el corazón.
Había visto fotos de como era el cielo quinientos años antes. Era tan brillante, tan colmado de estrellas, todas como diamantes... Pero ya no. Le destruía pensar que pertenecía a una especie que, para prosperar, había elegido acabar con todas las demás a su paso. A penas quedaba vida. Los animales estaban casi extintos por completo, ver árboles en algún sitio era prácticamente imposible y, para rematar, aquella asquerosa masa de humo constante sobre el cielo no la dejaba ver las estrellas. Se le cristalizaron los ojos al pensar en toda la vida que murió para que todos aquellos humanos vivieran. ¿Era necesario? ¿Había que acabar con... todo? El humano había nacido y crecido con la naturaleza, era parte de ella. ¿Por qué había estado tan... empeñado en destruirla?
Se pasó el dorso de la mano por las lágrimas. Se suponía que ella no debía llorar. Era una... Un experimento, después de todo. Su padre había usado partes robots para crearla. Llevaba casi la mitad del cuerpo hecha de acero. Las emociones no deberían... ser tan perceptibles. No debería sentir, a secas. Sin embargo, a veces sentía que era la única humana entre todo aquel avance tecnológico.
Se paralizó al ver algo.
Una luz.
Una luz parpadeaba a lo lejos, detrás del humo. Se camuflaba detrás de las estrellas, pero ella la veía. Se levantó del suelo y dejó todos los instrumentos de lado. Estiró su mano derecha, la que estaba hecha de acero, y tocó uno de los botones que guardaba. Al instante una barrera virtual apareció entre sus dedos y puso ambas manos frente a su cara para ver mejor.
La barrera detectaba cualquier OVNI, la habían integrado después de la Segunda Guerra de las Naves, en la que su padre había perdido a la mujer que estaba destinada a ser su madre. Desde entonces todos los robots la tenían, y ella también gracias a su mitad no humana. Tensó la mandíbula cuando la pantalla se iluminó con un círculo rojo alrededor de esa luz que ella había visto. Las palabras ''OVNI a la vista'' se repitieron varias veces mientras ella pensaba a toda velocidad qué hacer. Jamás se había enfrentado algo así. ¿Y si venían a atacar? ¿Y si se armaba otra guerra? Ay, Dios. Se pasó la mano humana por el pelo y miró su mano de acero con una mueca. Había entrenado, sabía luchar. Pero, ¿qué haría ella en medio de una invasión extraterrestre? Se vio tentada a salir corriendo, pero existía el peligro de ser descubierta por las naves de patrulla. Dios mío, si se enteraba su padre de que se había saltado el toque de queda estaría en un lío muy gordo. La luz se acercó más. Más. Más.
Cuando estuvo más a la vista distinguió... una nave. La nave más enorme que había visto en su vida. Abrió los ojos con asombro. Su padre le había mostrado la nave más imponente del ejército robótico de la ciudad el año pasado, y era la mitad de aquella. Con un material que le pareció grueso a la vista, cañones de rayos laser y un color azul metálico, la gran nave aterrizó en el centro de la ciudad. Estaba tan ensimismada que no había notado que las alarmas de invasión foránea llevaban un par de minutos sonando. Apretó el reductor en su muñeca y todos sus instrumentos de medida se encogieron lo suficiente para meterlos en la bolsa pequeña que colgaba de su cadera. Se apretó el moño y se subió la tela que le dejaba solo los ojos al descubierto, a la vez que la capa del traje que le tapaba el pelo. Tragó saliva mirando desde el borde del edificio. ¿Treinta pisos? ¿Cuarenta? El hotel más importante de Ashmak no era precisamente una edificación pequeña. Miró los otros techos, un poco más bajos, y sacó de su bolsa el cordel con tecnología de elasticidad que su padre había diseñado unos meses atrás. Lo hizo grande con el rayo que había usado antes y se preparó para lanzarlo y saltar. Lo tiró lo suficientemente lejos para que se enganchara en la lámpara en la azotea de otro edificio y jaló para comprobar que el nudo fuera estable. Cuando estuvo segura, apretó los dedos alrededor de la cuerda... y saltó. Aplicó lo mismo, saltando de techo en techo, tratando de que las naves de patrulla ni los robots de seguridad la vieran. Pero ahogó un grito cuando un foco blanco la rodeó. Levantó la cabeza al cielo de golpe. No era una nave patrulla, no era un robot de la seguridad...
Era una versión pequeña de la gran nave que había visto antes.
Se apresuró a correr, pero de repente comenzó a flotar. ¡Maldición! Un foco sin campo gravitatorio, debió haberlo sabido. Muy usado por los extraterrestres cuando vinieron a la tierra en las guerras de...
Dejó de pensar cuando se dio cuenta de lo que realmente estaba pasando.
Los invasores la estaban secuestrando.