Gritó y pataleó, se le olvidó cualquier cuidado de no llamar la atención. El pánico la cegó. Los que venían de fuera eran sanguinarios, violentos y desalmados. Aunque, ¿qué humano de aquella época no lo era? El pensamiento, que no debería estar allí, la hizo sentir peor. Gritó una vez más, alguna palabra incomprensible. De nuevo, contra todo lo que le habían enseñado que debía hacer, se le atestaron los ojos de lágrimas.
—¡Suéltenme...! —sollozó. No podía hacer más que gritar mientras subía y subía. Su impotencia era devastadora. En un grito débil añadió—: ¡Socorro!
No pudo hacer nada más. Solo cerró los ojos y, cuando volvió a abrirlos, se encontraba dentro de la nave. Por dentro era... más avanzada que cualquier maquinaria que había visto antes. Y eso que su padre era un importante inventor, y ella se había visto rodeada de las más complejas tecnologías desde que despertó en aquella incubadora.
Las paredes eran de acero, aquel material tan usado por la humanidad de aquel tiempo por su resistencia y bajo costo. Se hallaban atestadas de controles, pantallas y palancas. Se quedó de pie en aquel espacio, con el corazón como loco, buscando una salida. Antes de que pudiera decir algo, sintió una voz:
—Wendelin Wilsberson... —saboreó su nombre. Era masculina, ronca y... apagada—. Nos ha dado trabajo dar contigo. Tu creador ha conseguido esconderte muy bien, he de admitir. No creímos que sería tan difícil, tenemos la mejor tecnología del Sistema Solar.
Ella apretó las manos a sus costados. De las sombras, emergió un... hombre. Pero era distinto. Llevaba la piel de un color que jamás había visto, variando entre dorado y naranja, con el cabello rojizo corto y los ojos de un tono gris casi blanco. Jamás había visto a un humano así. Pero, ¿era aquel varón humano siquiera?
—¿Quién es usted? —preguntó ella después de aclararse la garganta. Le temblaba todo el cuerpo. Le daba la sensación de que la burbuja de protección donde su padre la había ocultado estaba rota del todo. Y tenía pavor a las consecuencias—¿Es acaso terrícola? —cuestionó, a pesar de saber la respuesta.
Él levantó una ceja como si lo hubiera ofendido. Llevaba un traje de cuero con detalles en dorado. Ladeó la cabeza e inspeccionó a Wen. Se le había destapado y soltado el pelo en el proceso de subir a la nave, pero aún llevaba media cara tapada. Supo qué miraba. Su mitad. La mitad que la hacía tener un ojo de acero, una mano y una pierna del mismo material. Y un corazón que ni siquiera era humano, si no hecho por su padre con piezas ensambladas con material genético.
Aparentaba tener unos veintipocos años humanos. Ella, a pesar de haber sido creada hace cinco años, tendría dieciocho si fuera humana, o eso creía, tal vez un poco más. Su funcionamiento era... peculiar.
Se pasó una mano por el mentón y siguió mirándola, comenzando a incomodarla. Había una emoción en sus ojos que ella no supo identificar, que camufló con impasibilidad. Llevaba artefactos que ella no conocía conectados a las orejas y en sus dorsos veía pequeños botones. Su traje era demasiado avanzado, incluso para los humanos de la Tierra.
—No, pequeña cyborg, no soy terrícola. —Ella apretó los labios. Sin importar que fuera exactamente... eso, odiaba esa palabra. Odiaba que la llamaran así. La hacía sentir como una máquina—. La duda ofende. Yo no mataría absolutamente toda la vida de mi planeta para que mi especie prosperase... —Aquel comentario la desarmó. Debió reflejarse en su rostro porque los rasgos afilados del hombre se volvieron algo burlones—. Uy, ¿he tocado un nervio? —Ante el tenso silencio de Wen, añadió—: Sí que lo he hecho. Soy Kai, por cierto, y soy de Saturno.
Ella entreabrió los labios con sorpresa. No era un secreto para nadie que, hace ciento setenta años, unos pocos habitantes de la Tierra fueron a Saturno con el cuento de pactar una tregua y acabaron armando una guerra aún mayor cuando intentaron robar parte de su tecnología. No era la primera vez que hacían algo así, y Wen no estaba segura de que hubiera sido la última. Ganaron los nativos, expulsaron a los expedicionarios que habían ido en primer lugar. Al paso de varias décadas, se firmó un tratado para que se pudieran hacer visitas al planeta siempre y cuando fueran fuertemente controladas por el gobierno. Aunque era bien sabido también que los que vivían en Saturno odiaban a los terrícolas por todos aquellos que habían muerto tratando de salvar su tecnología... y su hogar.
—¿Por qué me habéis secuestrado? —inquirió en tono monocorde.
—¡Porque eres la más grande creación de Keneclurt Wilsberson, querida! —Aplaudió en el aire—¿Tienes idea de lo complicado que es hacer que un cyborg sonría siquiera?¡Y tú tienes toda la gama emocional! Es un logro que...
—¿Qué tiene que ver todo esto con Saturno? —interrumpió—. No lo entiendo.
—Esto es más grande de lo que puedes entender, pero, como avance, te diré que queremos dar con el código que usó tu creador para lograr que tuvieras... sentimientos.
—No es mi creador, es mi padre.
—Sí, bla, bla, bla. A esa clase de cosas me refiero, ¿ves? Ahora, vamos a lo importante, querida: ¿Qué estás dispuesta a hacer para salvar a tu ciudad de la destrucción total?
Wen bajó la mirada sintiendo el aire estancado en su cuerpo. ¿Por su ciudad? A ver, que no se había integrado del todo a ella, pero eso no quitaba que fuera su hogar. Había pasado desde su nacimiento correteando por esas calles, mirando los imponentes edificios... Vale, que había sufrido, pero Ashmak era su hogar, ¿no?
Miró al hombre frente a ella con la determinación en sus ojos.
—¿Qué va a pedir?
Él resopló y aplaudió en el aire encantado con la pregunta.
—¡Sencillo! —Presionó algo en la pared a su lado y al lado de ellos apareció una pantalla. En ella había dibujada la silueta de ¿un humano? ¿un cyborg? Su corazón resaltaba de un color rojo intenso, comparado con el resto del azul contorno—. ¡Tu corazón es la clave, pequeña cyborg!
Como volviera a llamarla así, Wen no respondía de sus actos.
—¿Mi... corazón? —cuestionó. Se llevó la mano al pecho por inercia. Sabía que su corazón era raro. Había sido, según su padre, su mejor creación. Ella no entendía esas palabras al principio, pero lo hizo cuando comenzó a reír, a llorar... A sentir. Sabía que era extraño. Un cyborg no debería tener emociones, al menos no uno con las características que tenía ella. Y ahí lo entendió.
Keneclurt había perdido a su esposa, Cybrana, antes de que pudieran tener hijos. Aquello le había hecho sentir fatal. Había guardado parte del ADN de ella y, con el material genético suficiente de ambos y unas cuantas piezas, había nacido Wen. Vale, no era una hija normal, y él no la había traído a la vida en las circunstancias más normales, pero... Era su padre. Porque lo era, ¿no? Llegar siquiera a dudarlo la hizo sentir fatal.
Su padre había diseñado un corazón robótico para ella, para que su cuerpo de cyborg tuviera un funcionamiento óptimo y compaginado a la perfección con su lado humano. Pero, ¿era ese solo su objetivo? ¿un buen funcionamiento?
¿Y si su verdadero propósito era, precisamente, los sentimientos? ¿Que, además de sangre, aquel órgano bombeara empatía, tristeza y amor?
Esas preguntas la pusieron de los nervios.
—Sí, guapa, tu corazón. Verás... —La pantalla cambió ante los botones que presionó en el dorso de su mano. Apareció una imagen de lo que reconoció como Saturno, por las tantas lunas en el cielo y sus inconfundibles anillos—. Seguro recordarás la invasión que hicieron los terrícolas a nuestro hogar en la Segunda Guerra de Las Naves, ¿no? —Ella, de mala gana, asintió—. ¡Fabuloso! Pues, te debo decir que los tuyos mataron a muchas personas.
—Los tuyos también —gruñó. Sabía que los de la Tierra no eran santos, pero tampoco podía solo... lanzarlos por la borda, ¿no? Eran su gente.
Él volteó los ojos y entreabrió los labios, haciendo que ella notase por primera vez lo marcados que tenía los colmillos. Se pasó una mano por el pelo y tecleó en los botones de su mano. Allí, mostró un mapa que ella no entendió.
—Es Titán, la mayor luna de Saturno. —La miró a los ojos—. Mi hogar...
Ella bajó la mirada al suelo, seguía nerviosa y asustada, pero debía mantener la calma, no tenía más opciones. Tragó saliva con pesadez y miró la imagen.
—Creí que la mayor parte de la vida de Saturno estaba en Encélado —comentó, confusa—. Es la luna donde se halló suficiente fósforo para...
—Eso fue hace siglos, querida. Aunque me alegra que hayas estado haciendo los deberes. —Ella apretó los labios—. Y sí, hubo una época en que la mayor parte de la vida se logró esconder en Encélado, pero, como habrás notado, ya no es así. Cuando nuestros ancestros, aquellos valientes que se atrevieron a vivir en Marte, evolucionaron lo suficiente para hacerlo sin barreras, se mudaron a Titán. Además de ser la mayor luna, es... segura, imponente. El mayor satélite del Sistema Solar, de hecho. —Hinchó el pecho con orgullo—. Tenía todo para ser nuestra capital. Son pocos los habitantes que aún viven en la tierra firme, la mayoría se ha ido acomodando a las lunas. Es más fácil evadir invasiones desde allí.
—Sigo sin entender por qué...
—Déjame terminar, pequeña cyborg —interrumpió, la chica lo fulminó con la mirada—. El caso es que los tuyos, de los cuales solo matamos unas dos décimas, mataron a más de trescientos de los míos… —su voz se volvió más dura que el acero que los rodeaba—. Civiles, por si fuera poco. Inocentes. Niños, ancianos... —Negó con la cabeza y Wen lo vio apretar los puños hasta que sus nudillos lucieron pálidos—. Los humanos somos desalmados por nacimiento, o eso nos han hecho creer. Pero cuando dejamos la Tierra, la mayoría evolucionaron, recuperaron su vínculo con la naturaleza... Excepto los que se quedaron. Estaban demasiado obsesionados con que la Tierra fuera... —Al no encontrar la palabra, abrió un compartimento en la pared que los dejó ver la lejanía. Edificios, naves flotantes... Humo. No había vida. Solo... Acero. Wen sintió sus ojos empañarse al instante y desvió la vista con la mandíbula tensa—. Esto. Esto es lo que morían por crear. Este es el mundo por el que lo eliminaron todo. ¿Te parece acaso que es un mundo bueno para vivir? Un mundo en el que, literalmente, te cuesta respirar.
—Es... yo... —se calló. No sabía qué decir. En aquel momento, Kai estaba poniendo en palabras todos los pensamientos sobre los humanos que la habían atormentado toda su corta vida. Estaba dolida, abrumada, confusa, contrariada. Se aferraba a que era humana, que su apariencia semi-robótica no la encasillaba como una cyborg. Pero, ¿valía la pena realmente ser llamado humano? Después de todo lo que habían hecho a aquellas alturas. De toda la destrucción.
—Porque no sé si lo sepas, Wen —la voz del hombre había perdido toda la burla, siguió apretando botones y las paredes se llenaron de pantallas, que a su vez se llenaron de imágenes. Dichas imágenes la hicieron ahogar un grito y llevarse las manos a la boca—. ¿Lo estás viendo, no? Absolutamente todos los humanos que no han reemplazado su sistema respiratorio por uno robótico están muriendo de asfixia. Se estima que, dentro de un mes más o menos, solo queden cyborgs en la Tierra. —Soltó una risa carente de gracia—. ¿Quién lo diría, no? En el planeta más habitable, en el paraíso del espacio, el lugar con más vida del Sistema Solar... —Suspiró—Es increíble lo que ha hecho la humanidad, y detesto con todas mis fuerzas que sea mi especie.