Corazón de acero (relato)

3

Para aquel entonces, Wen no veía. Las lágrimas se lo impedían. Sollozó, sin poder contenerse, y sintió el frío del acero de su mano derecha cuando la usó para taparse el rostro. No era justo. Nada de aquello lo era. Toda aquella gente inocente... ¿Qué había de los que no podían pagarse un reemplazo del sistema? ¿O de los que, simplemente, no querían? ¿Por qué debían verse obligados a ceder?
¿Por qué? Tantas y tantas preguntas sin respuesta le atiborraron el cerebro y respiró profundamente para aliviar la punzada en las sienes.
—¿Qué quieren de mi corazón, Kai? —preguntó ella con voz derrotada después de un rato—. Ve al grano, por favor.
Él apretó algo y todas las pantallas, con su brillo, desaparecieron, dejando un ambiente sombrío. Opaco, como el escenario dominante de la Tierra. Kai caminó y volvió a abrir el compartimento en la pared. Aquella vista hizo a Wen apretar los labios, de nuevo. Pero él se acercó y, con una mirada trémula a aquel sitio, dijo:
—Queremos descifrar el código que usó tu creador para que tuvieras sentimientos con el fin de regenerar la vida en Saturno.
—¿Qué? —Abrió los ojos de par en par—. ¿Cómo?
—Cuando ocurrió la masacre, un importante científico tomó una iniciativa. Guardó material genético de varias víctimas, algunos amigos y familiares... En fin. Las almacenó en Titán. Cuando supimos lo que tu creador había hecho, se nos ocurrió que tal vez, si dábamos con tu código de creación, podíamos crear cyborgs con emociones. Y, con ellos, como ya dije, regeneraríamos la vida que perdió Saturno en aquel entonces.
Ella entreabrió los labios, abrumada por aquella perspectiva. Ciertamente, no tenía idea de su código de creación. Sabía lo suficiente de tecnología para reparar ciertas partes de su cuerpo si le daban trabas en una emergencia, pero su padre la había mantenido en cierto nivel de ignorancia. En aquel momento deseaba haber preguntado más, haber sucumbido a la curiosidad que a veces la abordaba.
Aunque tuvo la duda de por qué querían hacer algo así a tantísimos años del ataque en el que todas aquellas personas perdieron la vida, se obligó a tragarse esa inseguridad.
—No sé nada de ello —informó por si acaso. Él asintió con rigidez.
—Somos conscientes, no te preocupes.
—Entonces, ¿vinieron solo a llevarme? —Se sintió nerviosa cuando él la miró a los ojos con... ¿condescendencia?
—Lo siento, pequeña cyborg, pero como te dije al principio... Esto es más grande de lo que puedes entender. —Wen sintió un estallido, se llevó las manos a la cabeza por instinto. Abrió los ojos con temor y miró al hombre frente a ella.
Kai, aunque había flexionado un poco las rodillas y el torso por el movimiento repentino, no dio señales de sorpresa.
Él sabía qué pasaba.
—¿Qué habéis hecho? —su voz fue un hilo.
El hombre negó con la cabeza.
—Ya hablaremos luego... —Sostuvo el aparato de su oreja—. Aquí el Comandante Ershalorde, solicito trasladar la nave número dos a la Nave Madre. El cyborg K.W. está conmigo. Repito: el cyborg K.W. está conmigo.
Wen apretó los labios. Odiaba cuando la hacían sentir como un objeto. Cuando la nave se movió, se aguantó con fuerza a los bordes de la silla en la que había permanecido durante toda la conversación. Miró a Kai, que ahora sabía que era un Comandante —sea lo que fuera que eso significara en los rangos de poder de Saturno—, con rabia contenida.
—¿Qué está pasando?¡Dime la verdad, maldición! —gritó, la frustración relució con fuerza en su tono.
Él la miró de soslayo, casi parecía aburrido. Cansada, hizo ademán de levantarse a golpearlo, pero antes de que pudiera una cadena le rodeó el abdomen pegándola al espaldar. Soltó un gruñido frustrado y, cuando abrió la boca para decir algo, Kai la señaló con el dedo índice.
—Abres la boca antes de tiempo y te pongo una mordaza. No estás en posición de tentar a la suerte, pequeña cyborg. Ya estamos llegando... Sujétate fuerte —añadió lo último con sorna. Wen se mordió la lengua para no darle una mala contesta. Nunca se había visto expuesta a una situación en la que tuviera tantas ganas de soltar improperios, de maldecir, de golpear... de matar.
Todo su cuerpo gritaba que aquel hombre era una amenaza.
Pero no pudo hacer nada mientras la llevaba a la Nave Madre. Por el compartimento de la pared vio como se movían por Ashmak a toda velocidad. Hasta que frenaron. Estuvo a punto de golpearse la nuca con el espaldar de la silla, pero el hombre siguió firme en su sitio. Vio como se adentraban en una estructura de metal azul. La gran nave. Un miedo atroz le recorrió la columna. ¿Qué iba a ser de ella? Pero, sobre todo: ¿Qué demonios ocurría fuera? ¿Qué habían sido aquellas explosiones?
Se removió en la silla, preocupada. ¿Y si su padre estaba en peligro? El solo pensamiento la hizo tener ganas de gritar. Siguió removiéndose, pero las cadenas eran demasiado gruesas. No podía romperlas. Esa certeza la destrozó por varios segundos. ¿Y si lo ocurría algo y ella no podía hacer nada? Si no se hubiera saltado el toque de queda, si hubiera estado con los pies en la tierra en lugar de estar buscando ver un estúpido eclipse...
—Quita esa cara, pequeña cyborg. —Kai se puso un chaleco por encima del traje—. Pareces a punto de entrar en erupción.
Ella ignoró su comentario y analizó su entorno. Debía hallar una salida. Sus manos estaban demasiado lejanas como para que pudiera activar sus gafas de alta visibilidad. Maldijo entre dientes. El hombre a unos tres metros de ella la observó con ojos entrecerrados antes de decir:
—No puedes salir de aquí, querida. Al menos no de la forma en la que tus brillantes ojos están buscando.
Desvió los ojos y apretó los dientes. Mil veces maldito. Aspiró con fuerza y una ola de... ¿partículas de arena? se le metió en la nariz, haciéndola toser con brusquedad.
—Demonios... —masculló, sorprendiéndose a sí misma. Ella rara vez maldecía.
—Cerramos la nave lo más posible, pero siempre se cuela algo de arena. Saturno es precioso, pero tiene demasiada para mi gusto. No sé si siempre ha estado ahí, no hay demasiados registros de antes de que los humanos lo habitasen, pero, ¡Por Dios! Estresa, sobre todo si...
Ella gruñó y él calló, sonriente. Aquel hombre era el fastidio en persona.
La puerta de un costado —una que Wen no había visto, por cierto— se abrió de par en par. Una mujer, con los mismos rasgos físicos de Kai, entró. Su pelo rojizo era largo y liso hasta la cintura, lo llevaba suelto y perfectamente peinado hacia atrás con una especie de gel, dejando el rostro despejado. Aunque la chica notó que la mujer tenía ya sus años.
—Vaya... —Miró a Wen como si fuera un animal en exhibición—. Esto es increíble, no puedo creer que la tengas.
—No fue tan complicado como creímos. —Kai se pasó la mano por el pelo—. Sinceramente, pensé que una leyenda de la robótica como Keneclurt enseñaría a su creación a huir mejor. O a defenderse, ya que estamos.
Wen le enseñó los dientes con rabia.
—¡Madre mía! —Rio la señora—Un poco fiera sí que es, sí... —Cuando se acercó a ella, Wen se esforzó en que no se notara el temblor en sus rodillas—. No me explico cómo pudo crear algo tan hermoso y efectivo a la vez. ¿Te das cuenta, cielo, de que eres una obra de arte en la robótica? Jamás vi algo... alguien como tú, y he vivido más de cinco décadas rodeada de los grandes de la tecnología en Saturno. Soy Tesla, por cierto. La Capitana Tesla Ershalorde.
Wen abrió los ojos como platos al oír el apellido.
—Sí, pequeña cyborg. —Kai se acercó a ellas—. Tesla es mi madre.
Ella puso expresión de sorpresa. Sí que se parecían mucho, pero ella —a pesar de haber mencionado que tenía poco más de cinco décadas— se veía demasiado joven. Parecía tener, como mucho, quince años más que Kai.
—No pongas esa cara, cielo —rio la señora—. Sé que este hombre parece un vejestorio a mi lado, pero hace casi tres décadas salió de mis entrañas.
—Eso ha sido muy gráfico —musitó Kai, asqueado.
—Las cosas como son, mi vida. —Le apretó un cachete y el hombre volteó los ojos. Wen sintió que estaba invadiendo un momento muy íntimo. No estaba segura, no había conocido a su madre... biológica, o lo que sea. Y su padre no era demasiado presente. A pesar de ostentar tener emociones, y de que aquellos extraterrestres dijeran lo mismo, se sentía fuera de lugar en ese tipo de escenas—. Y, si mantengo este físico, es por el clima de Saturno, es muy bueno para el cutis. —Le guiñó un ojo.
—Madre, no digas tonterías, es...
—No me desmientas en público, Kaishian, es de mala educación.
¿Kaishian?
Wen frunció las cejas. ¿Ese era su nombre completo? A él tampoco pareció agradarle que ella tuviera aquel dato en su poder, porque la fulminó con la mirada.
—Madre... —se quejó. Aunque le sacaba como una cabeza a su madre, parecía ser indefenso ante aquella dama de labios gruesos y curvas generosas. En cuanto cruzaban las miradas, aquel hombre alto y musculoso se volvía un niño sumiso y obediente.
Ella se giró a Wen con ojos afables.
—Y tú, cielo, ¿por qué no hablas? —Ella miró a Kai, haciendo que su madre hiciera lo mismo. Puso las manos en jarras y frunció el ceño—. Kaishian, ¿Qué le has dicho a la muchacha?
—Que si decía algo la amordazaría —contestó con nulo remordimiento. Tanto Wen como él se sorprendieron cuando le golpeó la nuca con fuerza—. ¡¡AY!! ¡Madre!
—Así no se trata una dama, no te he educado así.
—No es una dama —la miró e hizo una mueca—, es una máquina.
Ante aquel comentario, Wen no pudo más. Soltó un gruñido de esfuerzo y sintió todo su cuerpo vibrar. Apretó los músculos con fuerza y sintió la cadena hacerse trizas. Vio a Kai palidecer al verla levantarse con los ojos surcados en llamas. Su ojo metálico refulgía, literalmente, de un color rojo escarlata mientras su parte robótica emitía chirridos de esfuerzo por la tensión en sus extremidades. Antes de que pudiera decir algo, ella le dio una patada en el abdomen y el hombre salió volando y chocó contra la pared de la nave.




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