Corazón de acero (relato)

4

—¡No soy una puta máquina! —gritó hacia la masa de metro noventa que se retorcía gruñendo en el suelo.
El Comandante masculló una maldición, aun siseando en una posición nada bonita, y miró a Tesla.
—¡Dile algo, Madre!
—Te lo tenías merecido, mi vida. Yo no te enseñé a insultar así a las mujeres. Y sí, es una dama. Una con un cuerpo... distinto, pero una dama. Lo sabes tú y lo sé yo. Y, sin importar qué necesitamos de ella, debemos tratarla con respeto. De lo contrario, no estaríamos rebajando al nivel de los terrícolas que nos invadieron hace más de un siglo, ¿no crees, Kaishian?
El hombre bajó la mirada y se cruzó de brazos con gesto enfurruñado después de haberse puesto de pie entre quejidos y maldiciones. Se encaminó al otro extremo de la habitación, pero, al notar que su madre había levantado la mano, se detuvo en seco. La mujer se acercó a él y le apretó el hombro.
—¿Qué? —inquirió él mirándola.
La mujer suspiró.
—No me gusta que te comportes así, Kaishian. Yo di a luz a un hombre y crie a un soldado. En ese orden. No quiero que cambies nunca aquello que fuiste siempre primero.
—¿Hombre?
—Humano, hijo. Y un humano de verdad siente empatía. Esta chica no tiene la culpa de la situación tan fea de ahí fuera, ni de cómo la crearon —añadió lo último dándole a su hijo una mirada significativa—. Es incluso más víctima de la humanidad que tú y yo, y lo sabes perfectamente. Así que, te imploro, que me hagas sentir orgullosa de ser tu madre, como siempre lo has hecho.
Kai tragó saliva con fuerza. En aquel momento, durante aquella escena, Wen se sentía como una total intrusa. Era una conversación muy íntima, un momento de madre e hijo. Se sintió horrible de estar allí. Porque presenciar aquello... Ver como Tesla miraba a Kai como si fuera capaz de darlo todo por él, y como él —a pesar de lo capullo que se había mostrado— la miraba como si quisiera hacerle un altar...
Todo aquello le hizo preguntarse si se hubiera sentido igual de sola si hubiera conocido a su madre. Si aquella mujer a la que su padre había llorado tanto, hubiera protegido a Wen de todos aquellos que le hicieron miserable la vida en muchos momentos por no verse del todo como una humana
Porque el mundo no era bueno con las máquinas. El ser humano... o lo que quedaba de él, no era amable con nada que no pudiera comprender. Y la excluían. Lo hacían ignorando completamente sus emociones, sus ganas de ser aceptada.
Ignorando que, aunque fuera de acero, ella también tenía corazón.
Ella se mordió el interior de la mejilla y clavó los ojos en la pared. Dio un salto al sentir el calor en su espalda. Al voltear, los raros ojos de Kai la miraban con una determinación asfixiante.
—Lo... —Carraspeó—Lo siento.
Ella tragó saliva.
—Ya.
Ante esa respuesta, el hombre levantó una ceja.
—¿No te vas a disculpar tú también?
—¿Yo? —Se puso la mano humana en el pecho—. ¿Por qué me disculparía?
Kai abrió la boca, parecía ofendido, nuevamente.
—Tal vez, no sé…, ¿¡porque me mandaste contra una pared de acero volando por los aires de una patada!?
Ella lo miró con un aburrimiento que tenía muy divertida a Tesla al otro lado de la sala.
—No.
—¿No?
—No hice nada que no te merecieras.
—¡Pero...!
—Ya está bien —intervino la madre del joven—. Ahora hay cosas más importantes que discutir.
—¿Cómo qué? —cuestionó Kai de mala gana. Los ojos de Tesla brillaron con emociones contenidas cuando respondió:
—De que es lo más cerca en más de un siglo que el Sistema Solar ha estado de que se desarrolle una Tercera Guerra de las Naves, por ejemplo, Kaishian.
Al oír aquellas palabras, la cyborg sintió que su corazón se detenía por un segundo. Su padre... Si su padre moría... Sacudió la cabeza. No quería pensar eso. Su padre era el alcalde de Ashmak, tenía un equipo de seguridad que seguro lo ayudarían a evacuar. Pero, ¿una guerra? ¿De nuevo?
¿Cómo se recuperaría el universo de una Tercera Guerra de las Naves cuando la Segunda acabó con la mitad de la población humana?
¿Era cosa de Saturno o era inevitable que la Tierra, con habitantes tan sedientos de poder, volviera a caer en guerra? Aunque en el fondo sabía la respuesta, prefirió guardarla para sí. No estaba lista para que su interior la gritara.
—¿Qué ha querido decir? —Wen la miró con intensidad—. ¿Qué está pasando ahí fuera? —Al ver el silencio de la mujer, la chica añadió en un hilo de voz—: Dígamelo, por favor.
Tesla miró a Kai por encima del hombro de Wen y él se encogió de hombros.
—Te... —Se aclaró la garganta—. Te voy a mostrar, pequeña cyborg... —Levantó el dedo índice y afiló los rasgos—. Pero con una condición.
—¿Cuál?
—No importa lo que... —Tensó la mandíbula—No importa lo que veas ahí fuera, da igual lo que esté pasando. Cuando tu curiosidad quede satisfecha te irás con nosotros.
—¿A Saturno? —palideció. Kai negó.
—Al laboratorio, tenemos que hacerte muchas pruebas. Sí o sí. Esto es muy importante, pequeña cyborg. Muchísimo. No nos quedan más opciones.
Ella apartó la mirada otra vez. Esa situación era tan surrealista... ¿En qué momento pasó todo de una escapada inocente a ver un posible eclipse a una posible guerra interplanetaria?
Se pasó las manos por el regazo y, abrumada, se miró las palmas. Una tan humana, tan caliente, tan suave... y una tan metálica, tan fría. Las apretó ambas, perdida en sus pensamientos. Dio un respingo al sentir una mano en su hombro y se encontró con el compasivo rostro de Tesla.
—Yo... Has dicho que no tengo más opciones, ¿no?
Kai movió la cabeza en señal de negación.
—No las tienes —aseguró con severidad.
—Sé que no soy quien para decir esto. —La mujer más adulta la miró con la misma determinación que su hijo—. Pero, en mi opinión, esto es lo correcto.
—¿Y eso según quién? —preguntó ella con rudeza—. Porque lo hacen por justicia, dicen—se le habían cristalizado los ojos para aquel entonces—. Pero están masacrando a personas que ni siquiera habían nacido aquella vez que invadieron Saturno... ¿Qué tiene eso de justo? ¿Quién decide lo que es justo, siquiera? No tenemos el derecho de hacerlo. Ninguno de nosotros. Todos somos víctimas en nuestras propias historias.
Wen se sorprendió cuando la señora, en lugar de actuar con la cabezonería que decían que caracterizaba a los suyos, pareció meditar sus palabras. Finalmente, levantó sus ojos llenos de experiencia hacia ella con una tenue sonrisa.
—No lo dice nadie. Ni siquiera sé quién lo decide. Pero, si hay algo que tengo claro, es que debes luchar por aquello que tú crees justo.
—¿Sin importar el precio?
—Sin importar el precio.
—¡Pero son inocentes! —rebatió—Acabo de decirlo, ¡no estaban vivos en aquella invasión hace más de un siglo!
—Eso es lo que hace de la guerra un mal tan ponzoñoso, cielo... —la voz de Tesla fue realmente cargada de tristeza—. En la guerra, el mayor precio a pagar son las vidas inocentes. Unos muchos pagan por los conflictos de unos pocos. Pero, si hay algo que el hombre ha hecho, ha sido provocar guerra a lo largo de los milenios. Si después de tanta guerra, aún no ha tomado de conciencia de lo que sufren los inocentes, ¿por qué debemos hacerlo nosotros?
—¡Porque alguien debe dar el primer paso! —Se estaba pasando, lo sabía. Aquella mujer era Capitana, una soldado de alto rango que podría hacerle papilla. Y aun así, le estaba dejando levantarle la voz. Wen estaba segura de que era por lástima—. ¡Los grandes cambios requieren grandes voluntades! Si lo intentamos, seguro que podemos detener la guerra, seguro...
Una fuerte explosión sacudió la nave. Los tres se agacharon con las manos en la cabeza por el ruido. Kai fue el primero en levantarse con la mano en su dispositivo auditivo.
—Aquí el Comandante Ershalorde, ¿qué ha pasado? —Escuchó por unos segundos y luego hizo una mueca—. Mierda. No. Sí, sí. Muevan la Nave GRZ 3 al otro extremo con el pelotón correspondiente. Ajá. Sí. Avísenme cualquier acontecimiento. Gracias... —Lo apagó y miró a Tesla—. El Ejército de Ashmak ha llegado.
Ella asintió. Su papel de madre se vio camuflado bajo la fiereza de una implacable soldado.
—Tendré que ir. —Se levantó y se sacudió las rodillas del traje—. No voy a dejar a mi pelotón solo, ¿no?
Él abrió los ojos de par en par un segundo y al otro disimuló.
—Pero, Madre...
—Recuerda, mi vida. —Se acercó y lo tomó de las mejillas mirándolo a los ojos—: Un buen líder no deja solo a su equipo. Un buen líder pone el pecho por los suyos en el frente. No lo olvides nunca.
—Es peligroso... —murmuró mirando a su madre con una súplica casi dolorosa en los ojos. Wen sintió un dolor horrible en el pecho, a veces era un tormento tener tanta empatía.
—El mundo es peligroso, Kaishian. —Le pasó la mano por la mejilla con cariño—. Este y todos. Desde la Tierra hasta Saturno. Pero cuando estás vivo, solo te queda hacer algo: luchar. De eso se trata la vida, de dar lo mejor de ti en cada batalla, ¿no?
Él pareció querer decir algo más, pero se contuvo apretando los labios y tensando la mandíbula. Miró a su madre a los ojos y soltó un suspiro agonizante cuando la mujer se puso de puntillas para darle un beso en la frente aún con las manos en sus pómulos.
—Madre... —murmuró.
—Le encargo a Wen, Comandante. —Ella se puso firme frente a él. La cyborg notó que ambos tenían los ojos a punto de dejar escapar cascadas de lágrimas—. No me decepcione.
—Descuide, Capitana. —Hizo un saludo militar—. Será un honor acatar sus órdenes.
Kai se vio obligado a abandonar la formalidad cuando la máscara de Tesla volvió a quebrarse y lo envolvió en un fuerte abrazo.
—Ese es mi hijo...
Ante aquellas palabras, Kai dejó escapar dos lágrimas gruesas y correspondió al abrazo de su madre. Wen, a pocos metros, se puso las manos en las mejillas mojadas al notar que se había emocionado con la escena. Tesla le dio un último apretón en el hombro a su hijo y se acercó a la pared. Apretó un botón y se abrió una gran hendidura en la ventana del tamaño de una puerta doble.
Wen lo entendió todo. Entendió la voz triste de Tesla, la tensión de Kai al hablar por el comunicador y la emotiva escena similar a una despedida.
Ahí fuera había una guerra. Una de verdad.




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