Corazón de ceniza

Capitulo 1

📖 Capítulo 1 – La Lista del Último Latido

Dicen que en Valdaria nadie muere porque quiera.
Morimos porque el Imperio decide a quién le toca morir.

Eso nos enseñan desde niños. Eso repiten en la escuela, en los templos, en cada discurso de la Reina y en cada plegaria de los sacerdotes. El Imperio vive, porque algunos dejan de vivir. Y todos debemos estar “agradecidos”.

Yo nunca lo estuve.

La mañana en que la campana del Templo del Corazón sonó, el cielo estaba demasiado azul para un día de muerte. El sol brillaba con una calma cruel, como si se burlara de aquellos que estaban a punto de perderlo todo. Las calles estaban llenas, pero nadie caminaba con normalidad: los pasos eran tensos, los susurros nerviosos, las miradas estaban clavadas en la torre blanca del templo.

Porque todos sabíamos qué significaba esa campana.

Una vez.
Dos veces.
Tres.

El último latido había sido convocado.

Mis manos sudaban. Sentía el corazón latiendo con una fuerza irregular dentro de mi pecho, como si quisiera escapar. Como si ya supiera que ese día iba a ser condenado.

—Lyria… —murmuró mi tía, que estaba a mi lado—. Pase lo que pase, no te sueltes de mí, ¿sí?

Asentí, aunque mi garganta estaba cerrada. Ella no me soltaba desde que salimos de casa, como si temiera que el Imperio pudiera arrebatarme antes de tiempo. Como si sostenerme fuera suficiente para protegerme. Pero en Valdaria nadie puede protegerte de la Lista del Último Latido.

La plaza estaba llena. Hombres, mujeres, ancianos, niños… todos reunidos frente al templo, ese edificio tan hermoso como cruel. Blanco como la pureza que fingen tener. Dorado como el poder que aman demasiado. Sus puertas se abrieron lentamente, dejando ver a las Sacerdotisas del Corazón, vestidas de blanco, cubiertas con collares de cristales rojos que brillaban como gotas de sangre congelada.

Todas parecían tranquilas. Yo odiaba esa tranquilidad.

La Sacerdotisa Mayor se adelantó. Alta, imponente, con un rostro que parecía no conocer la compasión. Sostenía entre sus manos un pergamino enrollado. La gente contuvo el aliento. Era el momento que nadie quería, pero que todos estaban obligados a presenciar.

—Ciudadanos de Valdaria —su voz resonó fuerte y clara, como si no estuviera a punto de destruir vidas—, hoy anunciamos los nombres de aquellos elegidos para honrar al Imperio con el don más grande que existe: su corazón.

Un murmullo recorrió la multitud. Nadie creía que fuera un honor. Nadie quería ser elegido.

Pero nadie lo decía en voz alta.

Porque en Valdaria la magia nace del corazón. No es conjuro ni palabra ni objeto. Es latido. Es vida. Cada corazón guarda un tipo de magia: fuego, agua, aire, sombra… todo depende de quién eres por dentro. Y para sostener la muralla mágica que protege al reino, alguien debe entregar el suyo.

Entero.
Definitivamente.
Para siempre.

Porque sin corazón, no hay vida.
Y sin vida, hay sacrificio.

La Sacerdotisa desenrolló el pergamino. El sonido del papel quebrando el silencio fue peor que cualquier grito.

—Ariel Darnet.

Un llanto estalló al fondo. Su madre cayó de rodillas.

Otro nombre.
Otra vida rota.

Yo sentía mis piernas temblar. El aire ya no quería entrar en mis pulmones.

“Que no sea yo.
Que no sea yo.
Por favor, que no sea yo.”

Mis rezos sonaban cobardes incluso en mi mente. Porque parte de mí sabía que si no era yo… sería otra persona. Que alguien iba a morir de cualquier forma.

Pero aun así recé.

—Mara Helven.

—No… no, no… —la voz quebrada de un hombre me atravesó el pecho.

Yo apreté los dientes. Sentía los dedos de mi tía clavados en mi brazo. Las personas a nuestro alrededor lloraban en silencio, como si les hubieran arrancado la voz junto con la esperanza.

Y entonces…

Lyria Arévalo.

Mi nombre.

Mi mundo.

Mi final.

El silencio fue absoluto, como si el universo mismo hubiera exhalado y decidido no volver a respirar. Sentí primero frío. Luego fuego. La piel de mi pecho ardió, justo sobre el corazón, como si me marcaran desde dentro. Miré hacia abajo y vi cómo un símbolo luminoso se dibujaba bajo mi piel: líneas rojas que se expandían como raíces, como cadenas, como sentencia.

La marca del sacrificio.

Mi tía gritó. Yo no.

Yo no pude.

Sentí cómo todo a mi alrededor se alejaba. Voces lejanas. Miradas que me atravesaban. Gente murmurando mi nombre como si ya estuviera muerta.

—Qué pena…
—Era tan joven…
—Pero Valdaria necesita su corazón…

¿Mi vida valía tan poco para ellos?

—Que Valdaria bendiga tu sacrificio —dijo la Sacerdotisa, mirándome con la misma expresión que usaría para bendecir a una estatua. Nada humano. Nada real.

No vi bendición en sus ojos.
Solo costumbre.
Costumbre de ver morir.

Mis manos se cerraron en puños. Sentí rabia. Sentí dolor. Sentí miedo.

Quería gritar que no.
Quería correr.
Quería decir que no era justo.

Pero si lloraba… me rompería.
Y si me rompía… el Imperio no tendría problema en recoger mis pedazos, ponerlos sobre un altar y agradecerme por morir correctamente.

Así que respiré.
Tragué lágrimas que quemaban como ácido.
Levanté la cabeza.

Si el Imperio ya había decidido mi muerte, al menos yo no iba a regalarles mi debilidad.

Tal vez estaba destinada a morir.
Tal vez mi corazón ya no me pertenecía.

Pero dentro de mí, una voz ardió como fuego:

Si existe una oportunidad de vivir… voy a tomarla.
Aunque tenga que desafiar al Imperio.
Aunque tenga que desafiar al destino.
Aunque tenga que enfrentar a la muerte misma.

Lo que aún no sabía era que mi corazón no estaba destinado a apagarse…
sino a encontrarse con otro que jamás debió latir junto al mío.
Y ese encuentro no iba a salvarme.
Iba a cambiarlo todo.




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