📖 Capítulo 2 – La Despedida que Duele
La noche llega demasiado rápido.
El sol se esconde como si tuviera miedo de mirar lo que va a pasar mañana. Las calles se van vaciando, las luces de las casas parpadean una a una y Valdaria parece contener la respiración, como si todo el reino supiera que algunos ya no verán otro amanecer.
Yo soy una de ellos.
Y aun así, sigo respirando.
Sigo aquí.
Sigo viva.
Por ahora.
La casa huele a pan recién hecho. Mi tía hornea cuando está nerviosa. Amasa con fuerza, golpea la masa contra la mesa como si quisiera romper algo… y al mismo tiempo se aferra a ese gesto cotidiano como si eso pudiera sostener su mundo en pie.
Como si pudiera sostenerme a mí.
—Tienes que comer —dice, y su voz intenta ser firme, pero se quiebra en el borde—. Necesitas fuerzas.
Fuerzas para morir.
Eso es lo que no dice.
—No tengo hambre —respondo suavemente.
Es mentira. Tengo un nudo en el estómago que no sé si es hambre, miedo o desesperación. Pero la comida ahora me parece una burla cruel. ¿Para qué alimentar un cuerpo que ya tiene fecha de caducidad?
Ella deja el pan a un lado. Respira hondo. Me mira.
No como la niña que crió.
No como su sobrina.
Me mira como si ya fuera una despedida.
—Lyria… —mi nombre sale roto de su boca—. Yo… yo debería decirte que es un honor. Que Valdaria te necesita. Que tu sacrificio es algo noble.
Sus manos tiemblan.
—Pero no puedo.
Mi pecho arde. Mi garganta se encoge. Me acerco y la abrazo antes de que se derrumbe… o tal vez soy yo la que se derrumba en ella. No sé quién sostiene a quién. Solo sé que sus lágrimas caen sobre mi hombro, calientes, desesperadas.
—No es justo —susurra una y otra vez—. No es justo, no es justo, no es justo…
No lo es.
Yo también quiero gritarlo. Golpear paredes. Arrancar la marca que quema en mi pecho. Preguntarle al Imperio por qué yo. Por qué ahora. Por qué alguien tiene que morir para que otros puedan seguir viviendo.
Pero no lo hago.
Porque si empiezo… no voy a poder parar.
—Estoy aquí —le digo, como si eso sirviera de algo—. Todavía estoy aquí.
Ella me aprieta más fuerte. Como si eso pudiera convencer al mundo de dejarme.
La puerta se abre. Mi primo menor entra corriendo y se detiene en seco cuando me ve. Sus ojos se llenan de agua al instante. Él nunca llora. Nunca. Y ahora lo hace por mí.
Me duele.
—No quiero que te vayas —dice, con la voz infantil rota.
—No quiero irme —respondo con sinceridad.
No quiero morir. No quiero ser “honor”, ni “bendición”, ni “ofrenda”. Quiero vivir. Quiero reír. Quiero amar. Quiero equivocarme. Quiero existir sin que un Imperio decida cuándo se me acaba la vida.
Pero mis deseos nunca importaron.
Nos sentamos los tres alrededor de la mesa. Nadie come. Nadie habla de mañana. Nadie menciona el Templo. Nadie dice la palabra muerte.
Pero está ahí.
Entre nosotros.
Respirando con nosotros.
Esperándome.
Mi tía toma mi mano. Su pulgar acaricia mi piel como cuando era pequeña y tenía miedo de las tormentas.
—Perdóname —dice.
La miro, confundida.
—¿Por qué?
Sus ojos se llenan otra vez.
—Porque no pude darte una vida diferente. Porque no puedo protegerte. Porque no puedo salvarte.
Me duele más que la marca en el pecho.
—No tienes que salvarme —susurro—. No es tu culpa.
Es del Imperio.
Del sistema.
De este mundo que normaliza la muerte mientras la llama sacrificio.
Pero no puedo decirlo en voz alta. Aquí adentro, las paredes escuchan. Y el Imperio castiga.
Nos quedamos en silencio. Afuera, el viento golpea las ventanas. Una campana suena a lo lejos, no la del Templo, sino la de una casa vecina.
Otra despedida.
Otra familia rota.
No soy la única condenada.
Pero eso no me consuela.
Me levanto lentamente. Mi tía me observa.
—Necesito… aire —murmuro.
Ella asiente. Me deja ir. No sin antes rozar mi mejilla, como si necesitara asegurarse de que sigo caliente, viva, real.
Salgo a la pequeña terraza. La noche está tranquila. Demasiado tranquila. Valdaria luce hermosa bajo las estrellas. Las luces, los tejados, el murmullo lejano del río… todo parece tan normal. Como cualquier otra noche.
La ironía duele.
Apoyo una mano sobre mi pecho. La marca palpita con cada latido. Siento el miedo allí. La rabia. La injusticia.
¿Por qué yo?
¿Por qué cualquiera?
Cierro los ojos.
Y entonces lo pienso con claridad, como si algo dentro de mí se encendiera por primera vez.
No quiero aceptarlo.
No quiero resignarme.
No quiero caminar dócilmente al altar como una oveja al matadero.
Tal vez el Imperio ya escribió mi nombre.
Tal vez mi destino ya está decidido.
Tal vez todos esperan que yo obedezca.
Pero este es mi corazón.
Late dentro de mí.
Me pertenece.
Y si existe, aunque sea una mínima posibilidad de vivir…
voy a tomarla.
Aunque me llamen egoísta.
Aunque tenga que desafiar al Imperio.
Aunque tenga que enfrentar lo que venga.
No sé cómo.
No sé cuándo.
No sé si podré.
Pero no voy a rendirme.
No todavía.
Porque esta noche duele.
Pero aún estoy viva.
Y mientras mi corazón siga latiendo…
todavía puedo luchar.
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Editado: 08.01.2026